miércoles, 24 de septiembre de 2025

Un hombre gentil

Se detiene un momento de espaldas a la clase, mira durante un segundo imperceptible el pizarrón después enseguida hacia el salón. Sus ojos sobrevuelan al manojo de alumnos  como si precisara constatar que ese es el salón que le toca ahora. Cuando la información está validada  en su interior deposita sus libros sobre el escritorio robusto y tan antiguo como la escuela misma.  A sus espaldas el dibujo del pizarrón le desea ¡Feliz primavera, profe Bungaleri!  pero él mantiene la mirada en la pared del fondo de la clase y nunca se da por enterado del dibujo que algunas manos  dejaron ahí. El profesor Bungaleri carraspea una, dos veces. Voltea la mirada hacia los ventanales abiertos.  Sus ojos ven el día en general, un poco gris y tibio. Enseguida se detienen en las variadas capas de verdes de los árboles del parque, achica los ojos como si fueran lentes de una cámara que precisa de un zoom, algo mucho más preciso, un acercamiento selectivo para descubrir y recorrer  detalles y contornos, concavidades y relieves. Los grises del cielo resaltan los verdes. Sostiene ese pensamiento; como toda aquella mañana en cada una de las aulas.  ¿Qué pasa con que sea primavera? ¿A quién le impacta tanto verde, tanta cosa, tanta algarabía?  Y cómo justifican el gasto excesivo de  papel crepe en los pasillos. Con qué necesidad las ventanas son tan altas. Se acerca por detrás de su escritorio y mira el parque desde otro ángulo, el campo de deportes, el estacionamiento, mucho más allá la ruta y atrás los cultivos. Recuerda cuando a veces la miraba dormir. La boca entreabierta y desubicada. Una aureola húmeda en la almohada, debajo de la boca. La recorría sin tocarla, mientras dormía, para saber si en sueños ella podía sentir su calor, la energía que emanaba de su mirada, de la ternura que se instalaba en la habitación. Recuerda lo mucho que le costó decir lo que sentía hasta que en la almohada quedó el hueco sin ella. Afuera todo es puro brote como si el mundo de pronto hubiese descubierto el milagro de la reproducción y lo hubiera derramado en la naturaleza: a puro colorido, el exceso natural desarrollándose espontáneamente segundo a segundo. Flores por todas partes, olor a tilo y a jazmines.  Nadie mendiga otoño en primavera, piensa.  Y de inmediato: ¿Que nadie mendiga qué cosa? Abandona su posición velada tras el escritorio, nadie debe descubrirlo así, en puntas de pie.  Gira sobre sus talones de pronto,  poniéndole punto final a su disgresión. Se abre el primer botón de la camisa, afloja el nudo de la corbata, se quita las gafas pequeñas y redondas. Con el pañuelo de tela inmaculada que extrae de su bolsillo  limpia  uno de los cristales, luego recuerda la efectividad de empañarlo con el vapor del aliento;  vuelve a limpiar el mismo cristal. El otro lo limpia sin su aliento  para probar la diferencia y además porque ya no quiere hacerlo igual. Se aburre pronto el profesor Bungaleri. Se pregunta si la primavera no tiene demasiada publicidad.  Se pregunta si él podría hacer otras cosas de un modo distinto. 

El profesor Eduardo Bungaleri  acomoda los lentes sobre su pequeña nariz. Las mejillas delgadas, ligeramente atezadas, consecuencia de las caminatas diarias al parque con Theo,  enmarcan los labios finos, siempre unidos pero que sin embargo de pronto hacen esos pequeños movimientos como olas para deletrear en silencio algo que lee; o sino repite para sí las últimas frases de su interlocutor como si tuviera que memorizar todo lo que escucha. En todos los otros momentos sus labios están unidos con firmeza; casi forzados. Viste  pantalones de franela negra, brillosa, sin una arruga;  hasta muy avanzada la primavera ni siquiera se quita su grueso abrigo. De todos modos, es  elegante de un modo natural, es esa la impresión que causa, se distingue como alguien educado con buenos modos. Un  hombre gentil, dicen todos, pero tan solitario. Él sabe que las personas dicen estas cosas. Él también se siente un buen hombre, de hecho lo es. Toma sus libros, los mismos que acababa de dejar en el escritorio,  y ya está por salir cuando alguien del salón mueve una silla. El profesor Bungaleri abre los ojos con desmesura al registrar que está frente a la clase que por algún misterio divino ha permanecido silenciosa; y algo debe decir. Se queda observando,  sus alumnos allí, sentados con esa actitud de complicidad que acostumbran a tener entre ellos. La  chica de la primera fila, es terrible el profesor para recordar los apellidos,  no le quita la mirada;  levanta las  cejas y con un gesto de la cara, casi utilizando la nariz como puntero, le señala algo en el escritorio; aunque podría ser la ventana la pared el cielo el sillón. El profesor Bungaleri mira todo a la vez  buscando encontrar no sabe qué, y en el instante en que se vuelve  para retornar al punto de partida, mirar a la chica,  sus ojos lo barren todo en el regreso y las registra. Sobre la mesa de madera, en un pequeño vaso de vidrio del buffet ha regresado el ramito de fresias, esta vez son rojas. El profesor Eduardo Bungaleri aprieta con fuerza los puños para sostenerse y no salir corriendo un piso más abajo y un edificio más atrás, al parque florecido, a gritar loco de alegría, mira el suelo cierra los ojos, sonríe con la ternura aprendida no hace tanto y enfrenta a sus alumnos. Mira los ventanales que esta vez le parecen más bajos, y levantando la barbilla vuelve la mirada al alumnado. Dice, Feliz Primavera,  y comienza la clase. 



Katy Herendi

(2025)



 

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