Es un concierto de chicharras afuera, la tarde de calor aplasta y estoy sentada con apenas una luz amarillenta entre libros pero encuentro el sobre de papel madera con las fotos. Otra vez las fotos. Ni las tiro ni las guardo con las demás. Las otras tampoco están todas en un mismo lugar. Hay álbumes, sobres con fotos y negativos dispersos por todos lados. Cajas con fotos mezcladas. Otras seleccionadas que alguna vez pensé que enmarcaría ordenadas en un sobre blanco, grande, ya no tan blanco, con manchitas como de óxido, de cuando trabajaba en el consultorio. Fotos sueltas, algunas rotas, con personas arrancadas de las que solo queda el rastro de un brazo, el borde de un saco azul, o el recuerdo de saber que estaban ahí en una de esas sonriendo también, alguna vez, hace mucho. Algunas viejas navidades, gente que allí estaba y que ya no está en este mundo.
Fotografías en blanco y negro que encuentro ordenando la biblioteca, entre medio de los libros mientras intento poner cierto orden en este caos de libros; nunca lo logro. Al final siempre me distraigo y termino ordenando un poco pero después se me pasa el tiempo viendo fotos que guardo para no perder el tiempo en verlas mil veces y que después vuelvo a encontrar. Así siempre. Por qué no las tiro. Las del sobre de papel madera no son mías. Me las había dado una compañera de trabajo, me pidió que se las guardara. Nunca le pregunté por qué. No era asunto mío. Me las dio esa tarde en una confitería. Después se fue. Después me fui del trabajo, después ella se jubiló, me mudé a Córdoba, fuimos perdiendo el contacto y ya no nos vimos ni supimos de la otra. Hace casi cuarenta años que no la veo. Debería tener como noventa años, ella. El sobre sigue ahí, supongo que son fotos, nunca supe. Hay álbumes que separo, pero siempre terminan volviendo a alguno de los estantes. Yo no sé cómo. Agrupo libros, ordeno, al menos intento. Quito el polvo a las superficies de las hojas con un cepillo. Separo y apilo títulos en cajas, paso un trapo al estante con un lustramuebles, cierto que la madera podía relucir así. Aparto libros para donar. Me hundo en el sillón desvencijado que un día me va a tragar, sé que terminará ocurriendo, que a nadie engañe haciéndome la sorprendida, porque lo sé. Me hundiré en ese sillón. Abro un pequeño álbum azul, ya sé que hay. Fotografías pequeñas, tan viejas, fotos con mi papá, en blanco y negro, con los bordes dentados. Tomadas en una playa. En el Italpark. En el Tigre. De la playa algo me acuerdo, un cangrejal sobre un puente. Me quedo viendo las fotos con una lupa enorme. Me quedo horas. Cae la tarde. Me pierdo en detalles. Cada foto me lleva un rato tan largo. Cuando las vuelvo a guardar en algún estante ya es de noche. Vuelvo a la realidad como desde otro lugar y otro tiempo. Repleta de pasado, con apenas un poco más de orden.
Katy Herendi (2024)