Cerré el portón, tenía los auriculares, un sol casi de verano puesto arriba y algo de viento. Si hubiera hecho una lista de necesidades, eso era todo lo que necesitaba esa mañana. Pero a los pocos pasos, un perro blanquito y lanudo, con cara de trapo, me saltó alrededor como si nos conociéramos. Pura fiesta. Apareció de la nada, así nomás, como si hubiera estado esperando en el hueco junto al garaje de al lado. Un ladrido bravo de una fauce incongruente por lo pequeña. No paraba de ladrar, a la vez que me saltaba alrededor. Tenía miedo de darle un pisotón. Intenté esquivarlo, dejarlo atrás, pero a cada paso que daba volvía a entrecruzarse entre mis pies. Daba unos pasos y repetía la misma cosa. No me molestaba para nada, solo me preocupé porque lo creí perdido.
A veces me pasa que cuando interactúo con perros, pienso que tengo esa deuda conmigo. Ese deseo que nunca concreté, por distintas razones que fueron cambiando con el tiempo. De chica me hubiera gustado tanto tener un perro (cosa a la que mi madre siempre se opuso con tenacidad), que muchas veces, en la calle, imaginaba que iba con mi perro. Le hablaba, le daba órdenes y hacía el gesto de acariciarlo. Primero era un collie, por Lassie. Después fue un ovejero alemán como Rin tin tin. Mis modelos de perros fueron cambiando. También soñé con tener caballos, pero eso es otra historia. Finalmente tuve cuatro gatos. Y si sumo aquellas breves semanas en que dejaron dos gatitos abandonados en el jardín de mi casa, bueno, ya podría hablar de seis gatos. Pero perros no. Siempre me quedó esa deuda, tener un perro, y que nos entendiéramos con esa comunicación que dan la confianza mutua y el amor. Eso es algo que veo a menudo entre las personas que tienen como mascota a un perro.Lo bien que se llevan y lo bien que se entienden. Hay una magia en ese entendimiento mutuo que es muy bello de observar.
Pasado un rato me di cuenta de que el perrito en cuestión no me iba a dejar ir. Y entonces pensé de quién podía ser. Recordaba haber visto dos, similares a este, al otro lado de la medianera, en el jardín de mi vecino, hace dos veranos. Creo que dos. Fue cuando tuve que subir a una escalera para cortar una vara de la santa rita violeta que se había trepado a mi zingueria, y que estaba impidiendo que escurriera el agua cada vez que llovía. Cosa que provocaba una catarata delante de la puerta. Ese día ví que al otro lado de la medianera había dos perritos jugando en el jardín, muy parecidos a este que me tenía acorralada. Quizás era uno de los de mi vecino. Pero no estaba muy segura. Mi vecino es un hombre muy viejito ahora. Tal vez sin querer se le había escapado a la persona que lo acompaña a diario. O al jardinero. O a su hijo. O a alguien más. A veces escucho los ladridos de sus perros cuando a mis gatos se les da por ser pendencieros y suben a tomar sol en la medianera. Desde acá los veo. Se quedan mirando al lado con esa pasividad provocadora que enloquece a los perritos. Los gatos disfrutan de hacer esas cosas. Entonces, llegué hasta la esquina, toqué el timbre de la casa y esperé. También el perro. Ese ratito me distraje mirando cosas que hacía mucho que no veía, y me encontré con viejos recuerdos. Las piedras de la columna de la entrada, la hilera de helechos, los cerámicos rojos del suelo, el farol antiguo y el cartel con la numeración, esas cosas que habían sido elegidas por mi madre. Se me despertaron una sucesión de recuerdos, porque esa casa, antes de que mi vecino y su esposa la compraran, había sido de mis padres. Ellos la levantaron, hacía ya mucho, quizás cerca de cuarenta años atrás. Adoraba ese rinconcito de la casa, en la esquina, esa otra puerta que ellos nunca usaron, salvo al principio cuando la casa recién estuvo lista. Entonces sí, la prefirieron para recibir las visitas porque era la puerta principal. Pero después ya no. Para ellos, que siempre usaban la tranquera, por el auto, la entrada era esa. La tranquera. Está en otra parte del terreno, donde después hicieron un tinglado como garaje. Entonces lógicamente bajaban del auto y entraban por la puerta de la cocina, por donde al final entrábamos todos.
Así que mientras esperaba me perdí observando la puerta de madera, el cuadrado de bronce con el pomo también cuadrado, recordé cómo se veía la calle, donde yo estaba, desde esa puerta. Cómo era detrás, donde antes estaba el espejo, la arcada, los sillones, las navidades. Me estaba por ir cuando escuché las llaves. Después, Ángel salió con su bastón a recibirme.
Ángel es un hombre tan gentil que siempre me sorprende. Siempre tiene algo más. No lo veo muy seguido y entonces me olvido de eso. Es un don. Es muy gentil, de verdad. Amorosamente. No hay mucha gente así ahora. Siempre me invita a pasar, me pregunta qué necesito, en qué me puede ayudar. Él, que tiene muchos años, que apenas puede caminar, que debe extrañar a su esposa, que era tan divina como él, me pregunta si yo preciso alguna cosa. Que se la pida.
Cuando se vendió la casa yo estaba muy triste. No nos conocíamos. Ni con él ni con nadie de su familia. Mis padres habían muerto y me había llevado mucho tiempo vaciar la casa por completo. Regalar cosa por cosa. Que quien se llevara los objetos que habían conformado el paisaje cotidiano de mis padres, las cosas conocidas, las que siempre estaban ahí, llegaran a manos nuevas, que las recibieran con amor. Honrar las cosas porque tienen una historia, no solo porque son cosas. Y al final la casa quedó vacía, limpia, como cuando recién se hizo, de nuevo. Dejarla impecable para que otras personas la llenaran con sus voces, sus costumbres y el olor de sus tostadas. Que la llenaran de canciones de cumpleaños, y la colmaran de luces en Navidad. Que plantaran nuevas flores, y dejaran correr la brisa perfumada por las ventanas que ahora eran les pertenecían.
Hasta incluso vacía la casa estaba repleta, había tantos recuerdos. Y estaba Ángel con su esposa, otro ángel, que se dieron cuenta de lo que me pasaba. Entonces él me habló. Me dijo que la casa siempre iba a estar ahí, a disposición, para cuando yo quisiera visitarla. Que íbamos a ser vecinos. Que siempre sería bienvenida. Y que recordara que los mejores recuerdos no estaban en esa casa sino en mi corazón, y que eso no estaba en venta. En ese momento, todavía no conocía sus nombres. Él me preguntó el mío. Me presentó a su esposa, después se presentó él. Ángel, dijo. Y claro, pensé. A la casa de mis padres se había mudado un Ángel.
Ni bien apareció Ángel, el perrito se escabulló entre las rejas. Se acercó a sentarse junto a él. Muy derechito. Se quedaron mirándose un momento. Después al mismo tiempo voltearon a verme. El hombre me dio las gracias por haberlo encontrado. Le dije que no lo había encontrado, que fue al revés, que el perrito me encontró. Ángel apenas puede caminar. Se ayuda con el bastón, pero lo mismo me dice que si necesito algo que no dude en decirle, que para eso está.
Con este regalo voy a caminar: agradecida por este ángel que me llena de ternura. Su amor generoso me dura por muchos días.
Katy Herendi