miércoles, 24 de abril de 2024

Un Luis para armar

 


(*) vía Pinterest


Imaginó cómo lo contaría en el colegio. Lo de la poesía y los chocolates. Se imaginó que empezaría por decir algo sobre los teléfonos. O a lo mejor no lo contaba. Imaginó que se cruzaba con todos los posibles Luises en cada chico  que subía al  colectivo que ella había tomado para ir  a su encuentro por primera vez.   A algunos los veía a la distancia mientras extendían un brazo para que el colectivo se detuviera en la parada. Cada uno que subía y se detenía para sacar el boleto, podía ser él. Ella los estudiaba en el espejo  del chofer. Miraba los gestos, qué cara tenían, la voz, si era posible. Eso era fundamental porque a Luis  solo lo conocía por teléfono.   Cada uno era él por un instante efímero. El que veía desde la ventanilla caminando en el mismo sentido en el que ella iba, o uno que estaba solo ahí haciendo nada, mirando una vidriera con las manos en los bolsillos o esperando el semáforo para  cruzar;  tal vez con el rostro vuelto hacia la dirección esperada. Podía ser solo por ese simple detalle, el de tener, por un instante,  la mirada puesta en esa misma dirección, como un gallo de veleta esperando el viento.  Ella lo traducía en señales, en indicios que el destino iluminaba, un escenario de pequeñas pistas. Ese es.  Lo pensó por cada uno. Por momentos los sintió como una intuición, otras los percibió con  certezas que se esfumaban cuando el chico que sí era finalmente bajaba en alguna de las paradas del trayecto.  Entonces se enderezaba en su asiento. Se acomodaba el vestido, una de sus manos recorría su flequillo,  lo acomodaba hacia el costado de siempre,  un mechón detrás de una oreja para volver a soltarlo casi de inmediato.  Su atención se centraba en un nuevo Luis. Su mirada estudiaba la nueva cara. La forma más o menos oval, el pelo, las ligeras ondas, a veces  un aroma a jabón,  una mirada lánguida. En un rato había reunido una colección de Luises. Bocas de masticar chocolate.  Cejas gruesas, cejas finas, pecosos. Sin pecas, serios. sonrientes,  hoscos, dulces. Indiferentes. En algunos parecía ser posible que el chocolate les gustara.   La lente de su mirada escudriñaba con precisión como una lupa. Si alguno iba preocupado, si llevaba un libro, si lograba sentir que ella lo observaba  y se  volvía para mirarla. Si esto último ocurría, aunque fuera algo casual, para ella también era una señal; leve  pero una especie de indicio. Si la mirada era sostenida era como si se anunciara, Soy Luis. Se preguntó lo mismo varias veces, por cada uno.  ¿Será, será él? Después se dijo que mejor dejar de pensar, que si tenía que ser sería, que a veces las cosas eran consecuencias de la pura casualidad, como el día que se ligaron sus teléfonos que se habían ligado una vez, y parecía que para siempre, por esa pura casualidad.  
El colectivo era el mismo con el que iba todas las mañanas a la secundaria, sin embargo, el feriado escolar hizo de ese hecho cotidiano algo distinto, como si nunca hubiera ocurrido. El horario, el sol alto,   las baldosas de las veredas  mojadas,  recién baldeadas, las persianas levantadas de las casas y de los negocios de la avenida, la verdulería con los cajones de frutas afuera, ordenados, repletos de colores,   los vecinos andando por la avenida, algunos con  bolsas de las compras, algunos  en conversaciones al paso, la cuadra donde  a veces había feria con  feria, todos los puestos sobre la calle, los bares con el aroma a café y a medialunas tibias, la gente dando vueltas. Todo era distinto, dinámico, luminoso; casi alegre. 
Ella sale todos los días al mismo tiempo que  la mamá, cuando todavía sigue siendo noche. Cada una espera su colectivo en la parada de la esquina, en diagonales opuestas. La madre va  a su trabajo, ella va al segundo año del nacional.  Los colectivos, la misma línea de un lado y del otro, llegan a la parada y ellas que ya se despidieron antes con un beso distraído, se saludan de enfrente agitando las manos, trepan a sus respectivos colectivos y  cada  una se aleja, en dirección contraria. Al colectivo de ella se van sumando otros chicos y chicas también de su escuela, más grandes, más chicos, a los que mayormente conoce solo de haberlos visto allí mismo, en el colectivo. Ve a algunas maestras de la primaria, algunos  profesores de la secundaria. Al llegar a la parada de  la escuela el colectivo queda  desinflado y desierto  mientras  la mayoría de los pasajeros bajan juntos y  como  una hilera de hormigas  se desperdigan por los  recovecos del colegio. Por qué piensa en eso ahora. Las imágenes se  cruzan ante sus ojos en un segundo plano. Viaja con la cara vuelta hacia la ventanilla, atenta como una turista, como quien mira un paisaje urbano a la espera de  descubrir algo que nadie vio antes,  algo extraordinario y solapado, sin embargo si alguien le hubiera preguntado dónde se encontraban en ese momento no hubiera podido responder de inmediato. Pronto llegaría al encuentro.   Llegaría más o menos puntual.  Y qué tenía que decir. Cómo tenía que actuar. Cómo presentarse, cómo empezar a conversar. Ensayó saludos casuales en su cabeza. Solo faltaban tres o cuatro paradas.  Tres o cuatro nada más, tan cerca estaba. 
Su cara y sus hombros iluminados por el sol se reflejaron brevemente en la ventanilla. Como un espejo fugaz. Se pasa las manos abiertas sobre las diminutas flores celestes del estampado de su vestido.  Piensa,  cómo me  verá. Vuelve a  dudar sobre si ese vestido era el adecuado, si no es un poco infantil. Se pregunta si lo va a encontrar, si él irá. Y ahora piensa que ojalá que no. O que ojalá no la vea. Ojalá que él no se dé cuenta de que es a ella  a quien espera. Un escalofrío la recorre. Cierra la ventanilla. ¿Serán capaces de reconocerse? ¿Será capaz de  adivinar que él es él?  ¿Tendrá su cara  algo que ver con su voz?  No le había inventado una cara. No le preguntó cómo era. Ni siquiera cuando él sí le preguntó cómo era ella. Mucho menos imaginó una persona completa, alguien con cosas que hacer, aparte de hablar con ella por teléfono, alguien con una vida,  con padres, un perro con el que salir a caminar. Alguien que escuchaba los discos que decía escuchar. Él dijo que estudiaba arquitectura pero no lo imaginaba haciendo cosas de ninguna índole.  No lo imaginó de ningún modo. Nada. Ni le otorgó un nombre hasta que él quiso saber el suyo.   Ella le había dicho que se llamaba Maribel. Entonces él dijo que adivinara cómo se llamaba él, a  ella se le ocurrió  Luis y él dijo que sí, que había adivinado, que se llamaba Luis;  ella iba a decir más nombres, unos cuantos más; iba a decirle Beto también, como le había puesto a su gato, pero le dió no sé qué que se llamara igual que su mascota.   No  le creyó que se llamaba Luis, pero no  lo dijo. Igual nunca lo nombraba. Ninguno nombraba al otro después del Hola. Después del ruido de la horquilla que era como se llamaban. Ella tampoco era Maribel después de todo.  Por qué no se había tomado el trabajo de imaginarlo.  Alto o mediano, gordo o flaco, o de alguna manera. Seguro que cualquiera de sus amigas del colegio hubiera preguntado cómo era, cuántos años tenía, si tenía coche, pero no ella. Ella no le preguntó ninguna de esas cosas. Solo conocía su voz, su risa y sus silencios. Resopló. La señora sentada a su lado levantó las cejas. Se abanicó con las manos, dijo,  Calor, ¿no, nena? Ella levantó los hombros y los bajó, asintió con la cabeza. Sonrió apenas. Volteó la cara hacia la ventanilla,  pensó si la señora no le estaba queriendo decir que abriera la ventanilla, miró afuera, de costado, la barrera  baja desde hacía un rato. Ninguna cara tenía él  para ella. Era solo la voz del teléfono; como un ente en sí mismo. Una voz dentro de la nada. Una voz un poco metálica en un cuarto. La barrera seguía baja,   el colectivo esperaba. Una voz en un cuarto sin muebles salvo el teléfono negro y la espera. Por qué había pensado eso. O por qué no había pensado en eso. Recién ahora se preguntaba todo a la vez mientras iba a su encuentro. Por qué nunca se le había ocurrido que se iban a conocer. A veces cuando no sabía de qué hablar  inventaba algunas cosas para contarle. Pavadas. Después le inventó un montón de mentiras, total.   Él se reía y decía, me estás mintiendo y ella le decía que tal vez sí. Cómo sería. Porque cuando llegara iba a tener que mirar alrededor,  distinguirlo entre gente a la que, lo mismo  que a él, tampoco conocía. O quizás estaría solamente él, nadie más.  O por ahí ni iba. Los pasajeros se arrimaron  a uno que preguntó qué pasaba. La pregunta se repitió. El chofer dijo que no sabía, que en la vuelta anterior la barrera funcionaba. Para colmo quedaron en verse en el feriado escolar. Ni siquiera estaría abierto el kiosco. O por ahí sí. Quién iba a estar en la puerta de un colegio cerrado. Toda la cuadra vacía. Las dos fábricas con las veredas desiertas también. Pensó en bajar del colectivo y volver a su casa.  Para qué le había sugerido encontrarse en esa cuadra donde no tendría dónde escaparse si él era alguien horrible, peligroso. Y él enseguida había dicho que ahí sí. Que era perfecto. ¿Ahí sí? ¿Viviría cerca? Cuando ella eligió el lugar él dijo, ah, sí, el colegio, ahí sí.  Así que lo conocía. No precisó ubicarlo, ni darle una calle. Dijo el Dorrego y fue suficiente.  Y pero dónde iba a decirle si ella no conocía otros lugares. Por qué nunca había pensado en cómo sería él. Antes. Un día pensó que él trabajaba en EnTel y que por eso siempre tenían los teléfonos ligados, le preguntó pero dijo que no. Que nada que ver. Que él tampoco sabía cómo había pasado lo de que se ligaran las líneas. Por la voz parecía ser de la edad que había dicho. Veintiocho dijo, después dijo veintitrés porque ella dijo, ¿veintiocho? Dijo que era un chiste, que veintitrés.  Era bastante igual veintitrés que veintiocho, aunque no tanto. Un policía subió al colectivo y dijo que había que desviarse por un accidente en la vía; que tenían para rato.  Otro  día dijo que tenía veintiuno. Algunas personas bajaron. Ella también bajó. La gente cruzó las vías. Ella también cruzó. Se veía el tren detenido en el andén. Policías. Bomberos. Veintitrés no era tan grande pero era bastante más que la edad de sus amigos.  Ella dijo quince. Él se rió y dijo que no le creía. Y por qué no le creía. Ese día ella se enojó un poco. Qué. ¿Era una chiquilina? Cómo  se había dado cuenta.  Para qué iba si era alguien  en quien ella no pensaba más que cuando necesitaba hablar por teléfono. O cuando el teléfono hacía el cling cling cling de la horquilla y ella sabía que era él.  Eran divertidas las conversaciones. Hablaban de cualquier cosa. De música, de pósters. De mascotas. Ella a veces le contaba si se peleaba con la mamá y él decía qué hacer. Era bueno para dar consejos. O cosas que le pasaban en el colegio. Pero no lo imaginaba. Le dijo que iba a tercero, segundo sonaba demasiado a nena todavía. O si alguna vez pensó en él lo  imaginaba sentado esperando cerca del teléfono para conversar con ella,  desde hacía meses.  Qué tontería. Y después se quedaría allí esperando hasta que ella volviera a levantar el auricular.  Era como tener una radio para conversar. Pero realmente no había pensado nunca en conocerlo. No estaba muy segura de querer. Miró su vestido. Tenía flores chiquitas celestes con hojitas verdes. Era suave. Bastante nuevo. Se había cambiado la ropa dos veces. No tenía mucho más para elegir porque ella no salía. La madre no la dejaba, era chica todavía, le decía. Sos chica, ya vas a tener tiempo. Las otras chicas de su curso sí salían. No todas, algunas. Iban a bailar los domingos a la tarde, a la matiné;   a la noche las buscaba algún padre.  Los lunes aparecían en el instituto con cara de dormidas, de tener secretos nuevos, de haberse divertido un montón, y con tanto rimmel de la noche anterior que se les pegoteaban los ojos. Ella quería pintarse igual. Y practicaba. Tenía un estuche blanco, chiquito, rectangular,  que se había comprado juntando lo que le daban para la merienda y hacía como le habían explicado, un poquito de agua;  sino directamente  un poco de saliva y mojar el cepillito. Le encantaba pintarse así. Con ese rimel que era como un pasticho. Los ojos le quedaban como dos arañas. La madre decía que eso era cualquier cosa. Qué sabía la mamá si no usaba rimel.  
Y de qué iban a hablar. Ella había planeado que si bajaba antes y llegaba caminando como si fuera otra  y lo veía primero de lejos antes de hablarle, o hacía como que ella no era ella… También pensó que  mejor directamente volvía a su casa. Y la cosa es que después qué iba a decir, ¿que se había perdido? , qué clase de excusa podía dar.  Seguro que iba a preguntarle en el teléfono. Por qué no fuiste. Y ella, porque me quedé en mi casa estudiando. O, no me dejaron ir.  Le iba a decir que se había quedado estudiando. Era lo mejor. Que tenía que levantar la  nota de matemáticas. O mejor, que la mamá no había ido a trabajar porque tenía fiebre y entonces tampoco había podido avisar. De lejos se escuchaba una sirena, en la esquina vio pasar una ambulancia. Un martes de lluvia él le leyó una poesía. Era una tarde que se fue oscureciendo,  ella no encendió luces, la lluvia caía con fuerza, qué poesía era, el agua se estrellaba en los vidrios, sacudía las orejas de elefante del jardín.  Ella se quedó inmóvil viendo la lluvia chorreando en la ventana,  la casa se oscureció un poco más. Cuál era la poesía. La voz llenó todo los espacios, se desplegó lenta, con tibieza. Nunca había escuchado a alguien leer poesía. Cortaron la comunicación sin decir nada más. Ella se quedó llorando sin saber por qué. No le contó.  Un viernes ella sí le contó sobre una familia de gatos que pasaba por la medianera, de noche. Ella los veía a contraluz sin molestarlos. Después se sintió una tarada por contar lo de los gatos.  Ya no sabía cómo hablarle. Un lunes quedaron en comer juntos un chocolate con almendras. El ruido del papel al abrirse, las almendras masticadas crujiendo a cada lado de la línea.  Las risas. El miércoles él preguntó por qué no se conocían. Si tenía ganas. Y ella recién ahí pensó en él como una persona completa. Un ser humano entero y eso la sorprendió. Cómo nunca lo había imaginado. Hasta entonces era una voz, como si se tratara de sus pensamientos, no una persona con detalles sino como una cosa a la que había que armar y se asustó. De lejos seguían oyéndose unas  sirenas. Apenas, atenuadas. Entró a comprar dos chocolates en el kiosco. La mujer del kiosco hablaba con un cliente, decían algo sobre un accidente pero ella no prestó mucha atención. Había un chocolate con almendras. Que el tren.., dijo la mujer. Dos de estos, dijo ella.  La mujer la miró como si ella hubiera hablado en otro idioma.  Pagó,   tomó los chocolates y se quedó viéndolos como si tuvieran un mensaje para descifrar.  Los guardó en el bolsillo del vestido,  salió. Pensó que ya no volvería a su casa así que caminó la cuadra que restaba sin prisa. Antes de llegar tuvo miedo por si él no estaba. O porque él no le gustara. Caminó por la vereda de enfrente, se detuvo a ver. Miró toda la calle vacía, ahora más vacía por la barrera todavía sin levantar. La entrada de la escuela, a mitad de cuadra, cerrada, todas las persianas bajas, todo distinto. No había nadie en la vereda. No había nadie en ningún lado. Decidió que no iba a contar nada en la escuela. Se preguntó cómo sería su cara. Se preguntó cómo la hubiera visto él desde la vereda de enfrente, llegando con su vestido de viyela. Nunca había visto la calle tan vacía, tan vacía y quieta, tan triste. Decidió volver a su casa. Pensó que él después de todo no iba a ir, no iba a querer conocer a una chiquilina como ella. Seguro no se ligarían más los teléfonos. Mientras la barrera estaba repleta de curiosos,  policías,  un camión del noticiero y ambulancias se preguntó si con el tiempo recordaría su voz tal como era. Qué poesía era. 



© Katy Herendi

(septiembre 2023-abril 2024)


(*)La imagen publicada es de Pinterest. Derechos de su autor, no estaba mencionado.









#cuento #KatyHerendiEscritora #KatyHerendi


domingo, 7 de abril de 2024

Madárka, madárka


 Después de meses, dijo No. La oí con claridad en el silencio de la habitación. Fue como un chasquido, la tecla de una llave de luz que alguien enciende en algún lugar de la casa  en medio de la noche. Una cosa apenas audible, pero que en el silencio y en la quietud   es todo. En ese momento,  yo  miraba por la ventana, como de costumbre últimamente, para distraerme en algo mientras ella dormía.  Otra vez intentaba ubicar  la bendita calle que se veía al costado, desde el ángulo de la ventana, porque no terminaba de entender. Había hecho el recorrido mental mil veces   para ubicar el edificio en la manzana.  Cómo estaba ubicada. De la calle  ahora  se veía  poco, por los árboles.  Si pasaba un auto no se distinguía cuál, tal vez el color. El color sí. Con la llegada de la primavera, los fresnos se habían llenado de pájaros y de hojas; dos fresnos añosos y altísimos que  impedían ver una casa que me encantaba.  Veía pocos pájaros, pero el bullicio era incesante. ¿Eran fresnos o  plátanos?  La  casa la había estado viendo parte del otoño,  y   el invierno entero. Ahora apenas. A mí me parecía  que eran de 1940, por ahí. La fecha es arbitraria pero para decir que era así de vieja, y tenía el estilo de ese tipo de construcciones. Seguro era de antes de que mis padres llegaran al país. En Vicente López hay muchas así,   todavía.  Sólidas, de paredes anchas. Casas eternas. Con el piso del porche en damero y esas ventilaciones de hierro, bien bonitas, cuadradas, de fundición,  típicas de la época, en la parte baja, cerca del piso. Si estaban esas tapas entonces,  ya se podía deducir  que habría un sótano,  que el piso sería de madera, las pisadas sonarían huecas y   los martes habría olor a cera.    Ese tipo de casa, con malvones y alegrías del hogar. Y casi seguro que jazmines; de los que trepan y de los otros.  De los otros, mi madre ponía pequeños recipientes con uno o dos jazmines por toda la casa, incluso en el baño.  Otra época. Sólida, como eran las cosas antes. Las cosas, las casas. Las personas. Me imaginaba viviendo ahí, en esa casa que ahora la primavera me ocultaba. Cómo sería eso. Vivir así. Pasar las tardes con un libro en el porche,   tomando té con scones tibios. A veces  pensaba en voz alta, no muchas veces, pero sí de vez en cuando.  Ella igual no prestaba atención. 

Cómo se verá la vereda  desde aquel porche, le preguntaba en esas veces y me imaginaba su respuesta, alguna respuesta cualquiera; y la lluvia, y una noche con estrellas,  cómo se verán. Saludar a algún vecino. O al cartero. Ver el mundo con arabescos  desde atrás de las rejas altas,  trabajadas con todo ese arte. ¿Hay carteros para saludar todavía? Ya no hacen rejas así, le dije. Al jardín delantero le vendrían bien  dos canteros llenos de plantas a los costados, dije. Un bebedero para los pájaros. Un jazmín para perfumar la Navidad, dije.  Seguramente había uno ya. No sabía qué calle era. Quizás ya había pasado por ahí montones de veces, en todo este tiempo, y no me daba cuenta. Siempre me ganaba la tristeza a medida que me acercaba a la clínica. Todos los días. Llegaba con el susto de que me dieran una mala noticia, de encontrar la cama vacía de sábanas. Sobre todo vacía de ella. Y cuando al fin empujaba la puerta del cuarto, que siempre estaba entornada, la veía y sentía en el aire su aroma familiar. El mismo que había en su casa  Y no era un perfume, era ella. Ella me miraba lo mismo que se mira a una mosca, a veces. Sin registro. Otras,  se quedaba viendo cómo dejaba mis cosas sobre la silla, o colgaba mi campera en el placard. O le decía algo sobre el clima y le daba un beso. Ahí siempre hacía calor.  Había veces que ella cerraba los ojos un momentito cuando le daba un beso y la miraba. Después sus ojos, enormes, muy abiertos,  volvían al televisor. Había un mundial de fútbol ese año;  siempre estaba sintonizado en un canal de deportes. Yo buscaba el canal  de Disney, musicales, algo alegre, pero al otro día estaban  los deportes.   De repente, ella lloraba. Había muchos días así. Lloraba como una niña, abierta, con toda la cara. Eso me desesperaba porque ni sabía porqué, ni cómo calmarla. Le acariciaba la cara, la cabeza, los brazos, las manos. A veces masajeaba sus pies.  Llorábamos las dos. Otros días no quería ni que la tocara ya desde que llegaba. Muchas veces estaba dormida o se dormía, y yo  miraba por la ventana lo poquito que se alcanzaba a ver.  Aquella casa bonita. Una parte.  Me hacía acordar un poco a nuestra casa, la nuestra mucho más chiquita.  La clínica tenía tantos recovecos y vueltas hasta llegar al ascensor, y después a la habitación, que me resultaba difícil orientarme con respecto a la calle. Había pensado muchas veces en pasar por el frente de esa casa, buscarla, era rodear la cuadra simplemente,  pero era una de esas cosas que decidía hacer y que después, cuando me iba de la clínica, olvidaba por completo. Eso hacía mientras mi madre dormitaba, de a ratos, como solía hacer. Pensar.  Al televisor, que siempre dejaban encendido, le bajaba el volumen así ella podía dormir sin ruidos. Las ventanas cerradas filtraban los sonidos de la calle. Los cuartos de las clínicas siempre parecen pertenecer a un mundo ajeno, como un invernadero, un búnker, algo aparte. En la habitación siempre hacía calor. Esa   tarde me puse a destrabar  una de las hojas de las  ventanas para que corriera un poco de aire natural,a pesar del cartelito de  “No abrir las ventanas”.  Había un intenso perfume a flores en el aire, afuera, en la calle. Quería algo de eso en su cuarto.  Finalmente logré abrir unos centímetros y enseguida una brisa tibia se deslizó y movió las cortinas blancas.  Fue en ese silencio que  ella dijo, No. Mi madre. Su voz. El sonido suave, por completo inesperado, apareció de pronto, como un pequeño fogonazo que  quedó flotando perdido en la habitación,  ahora un poco soleada,  del segundo piso. El sonido nos tomó por sorpresa. A mi madre y a mí.  Ella me miraba perpleja,  como si la palabra hubiera brotado expulsada de su boca como un pequeño géiser.  Me acerqué hasta la cabecera de la cama;  le repetí, ¿No? Sentí que era un milagro. Que quizás se estaría recuperando, si no era una señal, algo bueno tenía que indicar. Había hablado.  Dijo No. Busqué alrededor un testigo,  a ver si alguien más había escuchado eso: una enfermera, un asistente, una kinesióloga, un camillero, una visita. Alguien. Me asomé a la puerta. Solía haber tanta gente dando vueltas siempre por ahí. Pero estábamos solas: mi madre, la señora de la cama de al lado, que también había sufrido un ACV, y que además en ese momento dormía, y yo. Hubiera querido compartir esa alegría repentina, sobre todo inesperada. Mi madre estaba con la vista en la pantalla del televisor, de nuevo. Me quedé mirándola. Esperaba que me devolviera la mirada, un gesto pequeño que tuviera el significado de que habíamos compartido un momento especial. No sé por qué recordé cuando hacía un par de semanas antes había aparecido en la ventana un gorrión. Se había acercado al vidrio, extasiado ante su propia imagen. Su cabecita ladeada se movía con interrupciones, movimientos marcados, como  un robot.  El pequeño pájaro se quedó un rato  viendo su propio reflejo,  a escasos centímetros de la cara de mi madre, tan cerquita.  Ella ni lo miró. No pudo, no registró el hecho.  Después el pájaro desapareció. La tristeza hizo una pelota en mi garganta;  cuánto le hubiera gustado a ella darse cuenta. Pensé que eso  no volvería a suceder. Lo mismo que lo de  la palabra. Ese No, había sido un regalo. Una especie de yapa. Un remanente que salía a la luz. 

Ella había dicho No, y ya había pasado el momento, pero la habitación fue distinta con el paso de su voz. Con la aparición de su tono resonando entre esas paredes, y en mí. Miré a mi madre, la quería grabar en mi cabeza, ese día de la voz: no con  los cables, la sonda, el suero, las estampitas, nuestras fotos, ni ese  tablero de luces, el olor inalterable a desinfectante, o comidas, el ruido del carrito que las lleva y las mantiene calientes, desde la cocina, y que  nunca   eran para ella. No con los ruidos de las puertas de los ascensores, no; no eso: ese instante preciso quería grabar,  guardarme  para siempre: la temperatura de la habitación, la tibieza de sus manos, la sorpresa en su mirada, la luz de la tarde, el sonido bajo y continuo de la tele, el olor de la primavera, mi madre. Mi madre, que después de seis largos meses había vuelto  a tener  voz, una vocecita, efímera, fugaz, pero que le pertenecía. Su propia voz. La voz que me era tan familiar, la voz de mi mamá. Ahora parecía una niña después de haber hecho una travesura sin querer; los ojos abiertos tan grandes. Mi madre. Quise creer  que estaría haciendo un gran esfuerzo por coordinar cada uno de los músculos de la mitad de su cara para repetir eso diminuto. Ese sonido  que había nacido en el nido de su boca como un pájaro. Pero no. Ella no hacía el esfuerzo. Miraba la tele sin registro de lo que acababa de pasar.   Hacía meses que no escuchaba su voz. Tantos y tantos días. Su tono, la musicalidad que conocía desde siempre,  concentrada en  dos letras. No. Me dí cuenta de que perdía el registro de su voz.  El sonido me había sorprendido como un recuerdo demasiado lejano. Una nota guardada en un libro de infancia, encontrada por casualidad. El aroma del arroz con leche y canela. La cascarita de limón.   Algo así. Entonces, pensé que era probable que no volviera a escucharla. Y eso pasó, ya no volví a escucharla nunca más. Pero ella todavía estaba, ahí, con toda su tibieza. Con su mirada muchas veces esquiva. Sin ser del todo ella pero conteniendo lo que había sido. Lo bueno y lo otro. No la iba a escuchar más. En ese silencio recordé nuestras peleas, en cómo nos habíamos dicho atrocidades,  con la misma voz de decir te hago un té, con las mismas voces  de desearnos feliz navidad. Hubo un tendal de heridas sin cicatrizar en nuestra relación. Nuestras bocas estaban llenas de espinas. Lástima que nos queríamos tanto. Después salí a la calle y di la vuelta para buscar la ventana de la habitación donde ella estaba. Ahí nomás.  Estaban los fresnos brotados con sus hojas nuevas y brillantes. Apenas se alcanzaba a ver un ángulo de la ventana del segundo piso. Había luz ahí, claro. Pensé que mi madre, si hubiese podido, se hubiera asomado para verme;  su mano estaría agitándose para saludar, como antes, como cuando me iba de su departamento y me saludaba desde su balcón con plantas. La imaginé saludando y saludé también.   Me di cuenta de que detrás de mí, en la vereda de enfrente, estaba esa casa vieja.   Crucé a verla, como si nos conociéramos de antes. Había un jazmín. Una mesita en el porche. Le hubiera gustado la idea de tomar el té ahí. Seguramente. Hubiera bordado mantelitos. De pronto me vino a la memoria su voz. Su voz contándome un cuento o cantando en húngaro para que me durmiera;  esas canciones tan tristes, casi susurradas en la oscuridad. Quizás recordando su tierra. Su voz  se iba haciendo espaciada, apenas musitada. Las letras desaparecían reemplazadas por un sonido con la boca cerrada que seguía solo la música.  Después tampoco la música. Solo silencio.  Yo no decía nada porque me daba cuenta de que lloraba y no la quería molestar. Nos quedábamos calladas en la oscuridad. Sus lágrimas mojaban mi almohada.    Empecé a imaginar, viendo aquel porche, cómo iba a ser el mundo sin ella.




©Katy Herendi 

(noviembre,2014) (junio, 2022)




(*) “Pájaro pequeño, pájaro pequeño”, una vieja canción húngara.


Sabiduría ancestral

  Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...