lunes, 31 de octubre de 2022

Quizás escribe palomas

Hay semanas en las que desaparece y después vuelve. La encuentro en la plaza, casi todas las veces escribiendo. El cuaderno gastado. Su espalda encorvada sobre el cuaderno gastado. Ajado de tiempo, de sus manos, también de lluvia.  A veces, según de dónde viene, el viento trae su voz, un murmullo como de alguien  que reza, de alguien que está confesándose y no se detiene. Murmura, escribe. Se queda viendo algo, algo que solo ven sus ojos, algo que aletea fugaz entre las plantas. Se queda largo rato así: suspendida, ajena. Cuando eso pasa, cuando la veo absorta y ausente, me quedo viéndola. Ella no quiere dejarse ver. Nunca supe el color de sus ojos, no podría describir su cara. No realmente.  Puedo decir que sus mejillas en general son coloradas, pero debajo de la gorra a cuadros, escocesa, roja y azul, grande para su cabeza, mucho no se ve. En la nuca asoman algunos mechones no del todo blancos todavía. No sé calcular su edad. Dicen que es joven, que ronda los cuarenta. Tal vez. 
Casi todas sus acciones las va repitiendo un día y otro. Tiene arranques de furia. Batalla con algo. La vi tirar el cuaderno, gritarle, después casi enseguida arroparlo contra su pecho. Su cuerpo se balancea y lo mece. Cuando eso pasa pienso en   cuánto dolor habrá escrito en su cuaderno, qué será lo que precisa manifestar en ese gesto del abrazo.  Siempre está su murmullo. Nunca se detiene.  Su cuaderno debe haberse mojado más de una vez. Las hojas quedan justo así, con esa ondulación. A la distancia así parecen rígidas,  quebradizas. Me pregunto si las historias escritas seguirán ahí. O si siempre las reescribe  porque la lluvia se las borra. La encuentro escribiendo tantas veces,  abstraída,  con la mirada fija en un punto invisible. Después, de pronto recuerda o algo se revela y retoma la escritura. Escribe y escribe. Cómo puede escribir tanto. No le da tregua a las manos. Todo ese movimiento  que mana de su cabeza como una lava, que fluye por  sus dedos, que es expulsado a través de la punta de su lápiz:  el runrún de su letanía. Eso continuo. Todo junto. Como una gran colmena que produce.  Su cabeza sumergida por un rato largo. Toda ella. Un rato muy largo.  Hasta que me ve.  Entonces mete el cuaderno en una de sus  bolsas, pronto, como si le quemara en las manos, y mirándome, sin moverse de su lugar, empieza a balancear las piernas hacia atrás y hacia adelante, atrás adelante,  con tanta fuerza como si quisiera que el banco se moviera, como un bote contra la corriente al que hay que empujar, y con una rabia tal, que  mientras sus ojos me miran por el rabillo, la barbilla casi le toca el pecho, se limpia los mocos con un puño  cerrado y  los nudillos se le ponen blancos. Pura rabia toda ella. Creo que si pudiera matarme con su mirada lo haría. Muchas veces. Me asustan sus reacciones. Estamos un poco lejos una de la otra pero me putea igual. Como si yo le hubiese robado, o algo. Me da vergüenza que haga eso. No lo hace en forma directa, no en mi cara, pero es hacia mí, lo sé.  De golpe, su furia merma, se calma de a poco, sola, se queda enfurruñada, más tranquila, un poco más calma. Se queda diciendo cosas que, para variar, no alcanzo a oír. Es como un ruido de lluvia constante.  Hubo días en los que me fui de la plaza porque le tuve miedo. Y volvía porque me olvido y por costumbre. Me gusta sentarme a leer al sol en una hora en la que no hay mucha gente. Las primeras veces que la ví quise hablarle, saludarla, al menos eso, pero fracasé todas las veces, hasta que desistí.  Me gustaría ayudarla de algún modo.    Quería que sintiera que no la estaba fisgoneando, que no era mi intención molestarla. Pero es imposible: ella levanta un muro entre las dos. Cuando me ve le salen dardos de los ojos. Su boca mastica sentencias repletas de furia. Porque no es enojo, no. Es una rabia espantosa la que parezco provocarle. No sé por qué me detesta. No alcanzo a entender las palabras que usa contra mí, pero sí me llega la fuerza de ellas, de los insultos que no alcanzo a dilucidar. Ella sola es como una multitud,  un  murmullo de rezos.  Si se siente descubierta, se levanta  ofendida, junta sus  cosas  y con todo eso,  un cúmulo de bolsas, parece dispuesta a irse al tiempo que su voz se hace más fuerte  gritando cosas horrendas. Pero no se va. A veces llega hasta el borde de la plaza, a la vereda, al borde de la calle y se queda mirando. Largo tiempo. Es triste verla así, parece perdida en un lugar que ella conoce. O rumbea unos pasos más,  hasta la estación del tren, se sienta en un banco y después regresa. A veces lo que hace es  juntar todas sus cosas, acercarse hasta la fuente grande, la del centro de la plaza,  apoyar todo en el borde, mirar adentro. Siempre se detiene a mirar adentro a ver qué hay.  Podría jurar que da siempre los mismos pasos sobre las mismas baldosas. Un ritual. Se asoma con un gesto infantil, inocente, como si fuera la primera vez que se asoma a la fuente, y allí descubre de nuevo que es una fuente seca. Que alguna tuvo agua y ya no. La fuente nunca tiene agua.  Ella actúa sorpresa como hacen los mimos. Abre grandes los brazos, pone las palmas de sus manos contra la cara, su boca es una gran O. Sonrío cada vez que lo hace pero ni me mira. Después levanta las bolsas otra vez, todas, revisa el suelo. Que no quede ninguna. Camina alrededor  pensando quién sabe en qué. La rodea entera a la fuente,  pasos cortos, cortitos, mira los árboles alto, muy alto, los ojos quedan prendidos viendo el cielo.  Con todo lo que tiene en las manos, el cuerpo inclinado hacia atrás,  mira el cielo.  De lejos, podría parecer una inmigrante recién bajada de un barco. De otra época.   Da unos pasos para allá, o de nuevo para acá, y finalmente se decide por el mismo banco en el que había estado antes, pero se sienta  hacia el lado contrario,  con la vista puesta hacia la estación. Eso le trae calma. No verme. No ver a nadie. Entonces, casi de inmediato abre sus muchas bolsas de plástico, muchísimas, las abre un poco a todas, busca. Las cierra; pero hay una en especial que deja para el final. La deja para lo último a propósito. Hace tiempo, la va desplazando y después finalmente “la encuentra”. Hace como ese juego. Crea una expectativa.  Ella sabe que apenas abra esa bolsa la plaza cambiará. Es algo que provoca cierta magia. El contenido de esa bolsa atrae a las palomas. Y cómo saben. Basta con que la mujer se acomode en ese banco,  orientada hacia la estación, y comience a hurgar entre sus cosas, para que las palomas vayan apareciendo. De a poco.  Caminan un poco más cerca, un poco más confianzudas. Ella saca su bolsa de plástico y de red y el aire se llena de palomas. Ella abre la bolsa, y en un tiempo que no se puede calcular de tan breve, aparecen volando todas las palomas del mundo. Es una invasión de palomas. De todos los colores. De todos los tamaños.   Desde todos los árboles, desde todos los rincones,  las terrazas de los edificios,  detrás de la estación, de entre los autos esperando la luz verde, de los bordes de las veredas, de las cabezas de las estatuas. Las palomas la rodean, le caminan sobre la falda, sobre su cabeza, se posan en ramas  cercanas, en el banco, en sus hombros y comen de sus manos, de la bolsa abierta,  o de los montoncitos que la mujer deja caer en el suelo. Ella tiene panes y galletitas para las palomas, todos los días.  Y todos los días la plaza se llena de plumas, de revoloteos en el suelo, de esa especie de gorgoteo de sus gargantas. Ella les habla. Las llama con dos o tres nombres que repite, o que de pronto cambia. A una le dice Sara, le dice Pepa, le dice Popi.   Y cuando ya no hay más mendrugos para compartir, las echa; con un enojo tremendo: salí mugrosa, fuera asquerosa, fuera, fuera, fu-fu…, y sacude sus manos y se sacude la ropa. Se acomoda la boina. Vuelve a murmurar como ofendida. Se cambia de banco:  traslada todo su mundo como un pequeño caracol hasta otro banco, enfrente;  a escasos metros del anterior, debajo de los gomeros centenarios, detrás de la calesita. Espía si alguien merodea por ahí. Ella sabe que sí, que hay gente, pero para el  lado de la gente ella no mira. Saca una botella de uno de sus bolsillos grandes. Todos los días tiene algo para las palomas, algo para comer ella,  algo para beber. Alguien me contó que hay un grupo de personas que siempre le dan una mano, comida y abrigo,  pero  no todas las veces ella acepta. Hay días en que no quiere nada. Y si le insisten desaparece por semanas y eso es peor.  A la noche duerme en una parte abandonada  de la estación, por la tarde una siesta en la plaza.  Todo su cuerpo recogido sobre el banco, la bolsa de red debajo  de su cabeza. Los pequeños pies juntos.  Nadie la molesta aquí. Quizás sueña con  palomas. O con historias para escribir.  Quizás esté soñando con irse otra vez. 


#KatyHerendi #KatyHerendiEscritora

sábado, 29 de octubre de 2022

Aquí conmigo

Conversamos. O nada más te hablo, ya no sé con qué voz recordarte. Te encuentro en mis pensamientos. Un lugar que es como una casa repleta de cosas en común, o una isla de madrugada. En mis pensamientos te conservo casi intacto. Te pongo palabras, te rodeo de hechos inventados para rescatarte de la muerte, del olvido. 

 


Katy Herendi 

domingo, 23 de octubre de 2022

Paisajes en la oscuridad

 Que lo leyera dos veces. No importaba qué, siempre le pedía lo mismo. Todas las noches.   Entonces su voz volvía a iluminar fragmentos de paisajes en la oscuridad sin límites del cuarto.  La voz de Greta, exacta y generosa, de miel.
 Redonda.  
 Morosa.
 Su voz que todo lo envolvía con un halo de Verdad. Donde su voz decía la palabra árbol era verdad el árbol; añoso, presente, tan vivo. El tronco de arrugas profundas como senderos, con memorias de antiguas lluvias. Un árbol verdadero creciendo inmenso en el cuarto, Greta, igual que su voz única, en la oscuridad inmensa. Y cuando lo que pronunciaba era durazno, en nuestro cuarto nacía el verano y el aroma dulce del durazno aterciopelado brotaba de nuestras manos que se volvían de pronto pegajosas.

viernes, 21 de octubre de 2022

Niña de aire, por Katy Herendi


Su mirada es líquida como una lluvia suave, o el rocío. Al principio me pareció que tenía los ojos celestes, pero era el cielo. En un bosque se vuelven verdes, todos los tonos de verdes, se funden en su mirada que siempre se está diluyendo. Sus ojos toman el color de lo que ella mira. Puede ser el pasto, una piedra o una mariposa. Al atardecer son rosados. Naranjas. Violetas. 

Cada día se vuelve un poco más transparente. ¿Es triste acá? La voz de la niña es un susurro que se confunde a veces con el sonido del aire entre las casuarinas, o con el canto perdido de pájaros que no alcanzamos a ver. Su mano busca la mía extendida, abierta para ella; siempre necesito sentirla de verdad, carnosa y tibia, como antes sería tibia; ahora no. Ahora sostengo su mano como sostengo un rayo de luna, sin poder sentirla. Mi mano se hace cuenco para la suya que sin reparos se acomoda dentro. Espero sus preguntas pero algo siempre la distrae. Sus ojos se asombran de las cosas que ya antes la habían asombrado una vez. Las hojas secas, una mariposa que pasa y se va, las piñas que explotan allá arriba, una telaraña a contraluz, las semillas que caen como hélices diminutas y se dispersan y se clavan en la tierra para sembrarse. 

Había enunciado únicamente aquella pregunta; frente a la cabaña que yo había alquilado por el fin de semana. El lugar que ella había elegido en el viejo mapa. La cabaña de madera añeja, robusta, construída en un claro rodeado de pinos, de casuarinas que cantaban con el viento, de liquidámbares rojizos apenas asomado el otoño. Lejos de todo. Intuyo que ella conoce este lugar. Que lo conoció. Caminamos sobre la hojarasca que cruje bajo mis pies; solo bajo los míos. Pienso en su pregunta. No sé qué responderle. ¿Habrá sido triste para ella este lugar? Respiro ruidosamente con el afán de que ella me imite, como un juego, pero la niña dice que estaría bien que yo coma algo, que me vaya a caminar. Me acerco a los troncos centenarios y perfumados donde ella está de pie viendo algo. Canta. No logro entender qué dice. Nunca responde mis preguntas. El sol filtrado entre las ramas forma rayas perfectas y delineadas, una parte del bosque se ilumina con un resplandor casi celestial. Las dos miramos ese instante. Nos dejamos deslumbrar por la belleza que irradia el bosque. ¿Puedo tocar la luz? No espera respuesta, va. Al contraluz ella desaparece. 

Un día sucederá; se va a esfumar y ya no la veré. Mientras tanto, juega. Simula que soy su madre. Sabe que no la conozco, y sabe que ella, ya hace mucho, es un fantasma.

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#cuentobreve  #relato #mujeresqueescriben  

#katyherendi






jueves, 20 de octubre de 2022

Sobre recuerdos, por Katy Herendi

 Esta mañana tiene un olor cítrico. Hay olor a azahares, a budín de limón. A tostadas.  Salgo a caminar temprano hoy. El cielo está gris plomizo, parejo,  y en el contraste los árboles intensifican sus verdes. Hay un aire  tibio y dulzón, sin embargo, el viento que por momentos se levanta es fresco.   Los pájaros revolotean en bandadas el cielo de la mañana.  Hay oleadas que traen olor a leña cortada, a maderas húmedas, a troncos podridos. Un olor verde a resina.  Empieza a lloviznar.


Mientras tanto ayer leí Desarticulaciones, el libro de Sylvia Molloy.   La desarticulación de la memoria. Me dejó pensando algunas cosas.  Algunas tienen que ver con esa lectura, otras no.
Dónde quedan los recuerdos que compartimos con otro cuando ese otro todavía está pero ya no recuerda. O no nos recuerda. Qué solo se va quedando uno cuando no se pueden compartir recuerdos con alguien porque la mente de esa otra persona se va llenando como de agujeros, de agujeros negros que se van tragando la memoria. Qué enfermedad horrible la que se traga tus recuerdos, hasta que un día no sabés quién sos.

Pensaba que la memoria es como una casa o un cuarto que se comparte.  La memoria es esa casa. O un recuerdo es esa casa.   Mientras uno la habita,  se vive. Sucede. O sucedió. Incluso cuando uno ya es un recuerdo. Ahí adentro está todo y se está vivo. Cada pared tiene un punto de vista. Si cae una pared se cae una parte del recuerdo y se pierde parte de la historia. Primero está incompleta, quedan menos puntos de vista. Con el tiempo se perderán todas las partes, todos los que sostuvieron esa memoria y que hicieron de ese recuerdo un hecho verdadero.
Se desvirtúa primero porque está incompleta, finalmente se pierde en el agujero negro.
Es tan amplio el tema de la memoria, de los recuerdos compartidos. Compartidos. Esa es la palabra clave de estos recuerdos en los que yo estaba pensando hoy.

viernes, 14 de octubre de 2022

Brevedades, por Katy Herendi

 Contaba los días. Todas las mañanas pensaba: hace un día, hace dos días, hace. 


O tocaba su ropa como si fuera a romperse. Conservaba el olor de su ternura. 


O miraba algún mueble para recordarlo ahí, y miraba las sillas del jardín. Recordaba su perfil; se recortaba contra la pared de la medianera. 


O le hablaba empezando frases que dejaba sin   

O colocaba cubiertos demás; los quitaba enseguida como si los estuviera robando. 



K. H. 

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#textosliterarios #pequeñostextos #MujeresQueEscribimos 

miércoles, 12 de octubre de 2022

Te veo me veo

 Me miro en el espejo de tu casa. En el espejo del living. Ya sabés. El espejo grande. En el espejo me veo insertada en la casa y veo lo que hay detrás de mí a través del espejo. Te puedo imaginar mirándote en el mismo espejo, viendo las mismas cosas que ahora hay detrás de mí porque yo no toqué nada. No moví ni una sola cosa de tu geografía. Todo está en su justo lugar. Incluso tu chalina marrón tejida a crochet por tus manos está en el respaldo de la silla donde vos la dejaste, hace meses. No me animo a tocar nada, por si volvés. Ya sé que no es posible. Me miro en el espejo y me es fácil encontrar tu imagen. Somos tan parecidas. Cada día te veo más a vos y menos a mi. A veces para buscarme miro tu imagen, mi imagen, el reflejo que me devuelve el espejo. A veces te encuentro, a veces me veo. De quién son esos ojos. De cuál de las dos. Me confundo un poco. Te veo más que a mí. 

martes, 11 de octubre de 2022

Lluvia sobre los adoquines


Bajás del tren, puntual, como todos los días. Hola, hombre triste. Por qué ese gesto. Te ví un millón de veces, no me digas que no estás triste. No hagas así, no niegues con la cabeza como si esto que te digo fuese un mal pensamiento. No soy mosca para que me espantes con las manos Te conozco bastante, mirá si no: Bajás del tren, mirás a los dos costados ni bien pisás el andén, después el cielo. Enseguida hay una cara que te sale, una máscara que es la de preguntar: cómo es que llueve, cómo puede ser que te hagan eso a vos. Tenés esa fijación con el pronóstico. Pero la verdad es que te encanta que llueva. Vamos. A lo mejor porque en tu barrio las calles tienen adoquines, y ya sabemos que la lluvia sobre los adoquines es tan porteña, bien tanguera. Las luces de los faroles rebotan en ese barniz, el calor del suelo evapora levemente el agüita que la va mojando. Forma como un aliento que va envolviendo todo desde abajo. Se te escapa un tarareo, “ella aquieta mi herida, todo todo se olvida…” Te hacés el extrañado porque llueve; si viniste viendo la lluvia por la ventanilla desde que subiste al tren en Retiro. Además, ya sabés que en Buenos Aires últimamente llueve dos por tres. Ahora faroleás ese malhumor que no es creíble. No te queda. Lo que te queda muy bien es el pelo así, un poco mojado. Parece gomina. El paraguas se rehúsa a abrirse. Pucha. Le echás de reojo una mirada resignada al cielo gris que se alza sobre tus hombros y ponés a andar tus zapatos; las pisadas dibujan fugazmente el recorrido de tus huellas sobre los adoquines lustrosos, el agua te va salpicando un poco el borde del pantalón.
Y vas.
La única llave dentro de tus bolsillos cancherea con esas dos o tres moneditas que le ponen música al trayecto de tu andar cansino, tan agotado. En tu cabecita va sonando un susurro de bandoneones. Tan de Buenos Aires. El silbido de tus labios repite un compás todas las tardes, casi por su cuenta, casi sin que lo adviertas; y ni te importa que sea el mismo compás siempre, no te cansa, y capaz que hasta ni existe, pero no pensás en eso. Es lo que te sale solo. Tus zapatos te llevan hasta el bar de la esquina, y se te ocurre pensar: por qué los bares siempre son los de la esquina, y olvidada la pregunta entrás. Te sentás —a no ponerlo en duda—, en la mesa de siempre donde el mozo de siempre te trae el cafecito de siempre. La mirada se te licúa en la lluvia de la tarde que parece noche. Las manos te aflojan el nudo de la corbata. Mirás alrededor, saludás con un cabeceo a los parroquianos que solés encontrar y que no conocés. Hay un televisor encendido sin volumen. Hay olor a café. Un taco golpea una bola de billar, entra en la tronera. Mirás la lluvia. Un recuerdo se le escapa a la punta de tu dedo índice, de la mano diestra, porque forma un nombre en el vidrio empañado. Uno cualquiera; a veces los dedos son así. Y justo hoy que tu tristeza se vuelve tango, o fango, tus pensamientos ruedan y ruedan con una voz que es como un rumor. Lejano. No sabés qué. 
Las líneas del vidrio pringoso, el nombre que tus dedos inventaron, se deforman en gotones lentos. No querés agregar más melancolía a tu noche temprana; pero la verdad es que ni una mujer inventada te dura, che: se te derrite. Se deshace a la vista de todos. El dorso de tu palma borra lo que queda en el vidrio como si fuese algo vergonzoso. Y es que sí te da vergüenza, mirá si el mozo se apiola de que se te da por escribir nombrecitos en el vidrio, andá… Suspirás en ese adiós nuevo.
No sabés qué hacer. Nadie te espera, nadie te extraña, nadie preguntará por vos. 
La cuenta, mozo. 

Afuera, en la vereda, el viento sacude el agua de lluvia del toldo y te moja la cara. Mientras tu pañuelo seca tu frente una mujer dobla en la esquina y pasa cerca de vos, muy cerquita, para evitar el cordón; apenas si te roza con su paraguas, pero se deshace en disculpas. Tus ojos recorren su cabello ondulado, la forma en la que sus mejillas se redondean cuando sonríe y se sigue excusando, las manos, la forma en la que sostiene el paraguas sobre la cabeza de los dos, innecesariamente, hay un toldo, pero lo mismo. Tus ojos la miran con intriga, qué linda es, antes de que lo pienses tu boca pregunta, ¿un café?, y para tu sorpresa, ella mira el suelo un momento y dice que sí, que te agradece, que tiene frío. Que tiene tiempo. Tu mano empuja la puerta del bar otra vez, y al mismo tiempo en el que ella pasa ungiéndote con su perfume, el mozo de siempre te guiña un ojo. En su cara se dibuja un gesto inesperado, algo parecido al de ese gol del último segundo. Trae dos cafés. Afuera diluvia. Y a vos te encanta que llueva así. 




© Katy Herendi 

sábado, 8 de octubre de 2022

Otra de la luna llena

 Anoche la luna llena se cayó desde el techo de mi vecino. Había un viento horrible. Nos costó un montón volver a ponerla en su lugar. Hubo que traer una escalera bastante bastante larga que nadie tenía. Mi vecino, que se llama Paco, estaba despotricando; sobre todo porque la esposa se puso histérica, la luna le había aplastado el ficus y no sé qué otra cosa más dijo. Y se la agarró con él. Dice que esto pasa porque él le da demasiada confianza, y entonces la luna, ya vemos: se toma de la mano y del codo y del brazo. 
Yo no sé qué le da a la luna por andar paseándose por nuestros techos teniendo todo el espacio exterior a su disposición; no es la primera vez que la veo. A veces está como distraída, orbitando por ahí, como corresponde a una luna, y otras veces se pone pesada como anoche, para colmo con ese viento qué había, y va que se cae en el jardín. Y el hueco que hizo. 
Igual es lindo verla, siempre. Cuando ilumina como un faro, así como ayer que nos iluminó todo el jardín es muy bonito, pero eso de que dos por tres ande cayéndose de acá para allá, francamente, yo no sé. Un día va a caerse y no va a haber nadie para levantarla. Ahí te quiero ver. 

Luna llena



La Luna llena, llenísima, cargada de tanto polvo estelar que no da más, se posó,  esponjosa y confianzuda, sobre el techo de la casa de al lado. 

Se pone tan al borde… Estoy viendo que no sea cosa que se caiga.  Qué desastre.  Qué diría mañana la Nasa. Qué vergüenza. Se queda ahí un buen rato,  quieta, resolviendo un equilibrio ingrávido. Fosforece. Encima eso, fosforece.  Con todos sus cráteres y hendiduras. Para mí que se ya se dio cada golpazo… Gira. Apenas. Se va estirando con morosidad gatuna como si tuviera todo el tiempo por delante. Rueda, gira. Y rueda un  poco más, y un poco más, hasta que creo que va a caer en el patio, pero no; se queda en el aire; flota en el charco quieto del cielo. Se suspende dispuesta a pasearse toda la noche como un globo enganchado, entre las telarañas de vapor que las estrellas tejen a su alrededor.  Y al final se oculta despacio en el horizonte que forma el techo del otro vecino y lo único que queda es el resplandor. Después, nada. 


Katy Herendi 


viernes, 7 de octubre de 2022

Alguien tira montoncitos de Navidad

 Camino, algo brilla lejos. Camino todos los días. Encuentro cosas que la gente tira o se le cae. Desde lejos estoy viendo algo que brilla.  Algo que se mueve con esta brisa de nada. Brilla mucho, refulge, como si desde la tierra estuviera soltándose una tira hecha de diamantes. Otra de esas lametas. Hace días que alguien tira montoncitos de  tiras plateadas y brillantes que se deshacen en colores que destellan al sol. En septiembre alguien está tirando la Navidad. Todos los días. Empieza por las lametas. Hay tiras por toda la plaza. Enredadas en los arbustos, flameando en algunas ramas, enganchadas en el pasto. Alguien se deshace de la Navidad. Pronto habrá vitel toné, garrapiñadas usadas, turrones mordisqueados, una sidra sin burbujas, esa tía. Habrá bolsitas con deshechos de conversaciones, ciertos comentarios. Pedacitos pedacitos de Navidad. Cintas como metálicas que brillan un poco rojas, un poco verdes azules resplandecientes al sol. El viento un poquito las mueve pasa una mariposa blanca. En un montón hay palomas que se abren paso cuando me acerco y vuelven a juntarse.  Picotean ese pedacito de Navidad. Qué quedó para las mesas. Alguien traerá matambre la ensalada rusa el pan dulce repondrá la sidra se repetirán idénticas esas mesas donde las tías se esfuerzan en llenarte la boca hasta que estés a un segundo de explotar, no me comes nada de lo que hice, la tía Jacinta la tía Pepa que se hablan filosas la tía Joselina ese rodete negro cara tan blanca una pelota. Qué linda sos.  
Hay quien tira la Navidad en septiembre. Hay que organizarse con tiempo. 

Katy Herendi

miércoles, 5 de octubre de 2022

La idea ovillada


Apenas se tiene el germen de una idea, una frase, algo que flota sin forma aún, en la nebulosa, una imagen vaga, pareciera ser que es de tal fragilidad que cualquier distracción por mínima que fuera la desvanece en el aire. Desaparece, sin dejar rastros de cómo y dónde rescatarla. Dónde volver a recoger la punta del ovillo que todavía se desconoce.  


A veces, cuando uno está cerca de dormirse, sucede. Una imagen, alguna cadena de imágenes comienza a perfilarse en la oscuridad, detrás de nuestros párpados. En el fondo de la retina. Incluso con la luz mínima como la que le es necesaria a un gato para moverse en la noche. Cuando está uno dejándose vencer por la morbidez placentera del sueño, ese dejarse ir sin ofrecer resistencia, solo esperando dormir un buen par de horas hasta la mañana siguiente; en ese lugar, en ese preciso instante se hace presente la cadena de imágenes, la frase-ovillo, la palabra justa. Esa. Pobre de uno cuando hay la promesa firme de recordarla por la mañana; la seguridad. Repetirla y decirse, de esto no me voy a olvidar, cómo podría. A la mañana siguiente con un poco de suerte recordaremos el momento de iluminación y sin ninguna otra cosa más que la resignación, aceptaremos con humildad que la idea se habrá perdido. Se esfumó. Habrá ido a engrosar esa burbuja de ideas dilapidadas en espera de que otro las rescate. Hay un cúmulo de buenas ideas que forman un islote invisible arriba, muy alto. 

Otras veces, las ideas se presentan todas enredadas, en una madeja tan confusa que. 

Pero hay que tomarse el tiempo debido. Desmenuzarlo como quien busca espinas. Separar los hilos, buscar con paciencia casi ancestral la punta del ovillo. 

Hasta que aparece. Una. Como si siempre hubiera estado ahí. A la espera. Y lento, con pausas, amorosamente se trabaja. Se dan vuelta los hilos con cuidado, con tiempo, sin apuros; se aparta lo desenmarañado, vemos adónde nos conduce y el enredo se define; se ve con claridad el camino de los nudos, cómo traducir lo que siempre estuvo esperando. 



©Katy Herendi

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#creatividad #textosliterarios #reflexiones #literatura #mujeresqueescriben #katyherendiescritora #escribir 



martes, 4 de octubre de 2022

Saludos

 Ya de lejos, lo ví levantar los brazos con entusiasmo. No encontraba mis lentes, pero saludé al viejito que vive junto a mi casa de la costa; hacía tanto tiempo que no lo veía. Le hice señas para ir, pero él hizo otro gesto que pareció decir más tarde, entonces hice un gesto nuevo, como de antón pirulero, para hacerle saber que más tarde iba. Él siguió de lo más contento, sus brazos una fiesta. Me puso de buen humor saludarlo, intuir lo bien que estaba a juzgar por lo dinámico de su saludo. Pensé no dejar pasar la tarde para llevar las manzanas que había recolectado para él y la bufanda que le tejí en el invierno. Lo saludé varias veces. Todas las veces, en realidad. En todas las idas y vueltas. Cada vez que fui del auto a la casa desempacando, o después, al ir de la casa a la tienda de provisiones para comprar algo de comida y una escoba nueva. Incluso lo saludé por la tarde cuando barría las hojas acumuladas alrededor de mi casa el otoño pasado. El seguía allí moviéndose y levantando los brazos. Daba algunas vueltas. Pensé con alegría que estaba contento de volver a verme. El movimiento de sus brazos, tan efusivo. Qué bien me recibía. Horas más tarde, empecé a preguntarme si ese hombre pensaba detenerse en algún momento. O si a lo mejor necesitaba ayuda. Pensé en llamar a la policía por si acaso. Después, por fin, encontré mis lentes. Me di cuenta de que estaba saludando una de sus camisetas que colgaba de una percha que colgaba de una rama, y que el viento sacudía sin parar.  



©Katy Herendi 





#escritura #literatura #cuento #narrativa #narradorasargentinas #katyherendi #katyherendiescritora 









lunes, 3 de octubre de 2022

Plic

 Dijo:

Debe ser fácil ser cruel conmigo.  

Después.

Dos lágrimas,

tardaron en salir,

demoraron en caer,

se estrellaron sobre la mesa.

Una. 

Pude oír cuando tocó el mantel.  

Plic

Otra. A destiempo. Algo demorada. 

Plic.

Me quedé viendo los redondeles oscurecidos en el mantel. 

Se hicieron enormes. Rebalsaron la mesa. 

Salpicaron a todos. 

Desbordaron el bar. 

Nadie se dió cuenta. 



©Katy Herendi 


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#literatura #historias #instantes #mujeresescritoras  #leer  #escribir #escritura #bares 


domingo, 2 de octubre de 2022

Casi una postal

 

Todas las tardes una bandada de palomas revolotea en círculos. Todos los días, siempre igual. Cuento unas diez. Tal vez sean dos o tres más. No lo sé. Sus siluetas se recortan nítidas, igual que  pegatinas negras puestas a contraluz del cielo puro; tan celeste hoy. Las alas abiertas, inmóviles, extendidas con generosidad, como si quisieran calcular la medida del espacio aéreo que ocupan. La tarde es un agobio. Las paredes hierven, los gatos se derriten desparramados a la sombra de los árboles. Las chicharras aturden al unísono desde la espesura  verde alrededor. Y de pronto callan.  El silencio se hace enorme. 

Giran las palomas. Lento.

Dan vueltas y  vueltas en el mismo lugar. 

Tan lento. 

Con el letargo  de un  rito ancestral.  Parecen buitres. 

Solo el movimiento de los pájaros aleteando el aire quiebra la quietud de esta tarde. Serena como una postal. El sol se desborda en el horizonte naranja. Rojo. Con los ojos cerrados es simple imaginar  África. 

Una postal de  África. Uno puede sentir el aleteo de los buitres que sobrevuelan allá arriba por  una presa moribunda. Se deleitan. El movimiento de sus alas desplegadas deja surcos en el aire denso de esta tarde. Huelen la presa. Quizás un antílope. Una cebra. La ves ahí. Una cebra joven.  El paisaje alrededor es un páramo salvaje. Hay un claro, ahí, donde la cebra yace. Está malherida.  Uno se acerca al animal. Despacio. Las moscas incesantes la arremeten. El hedor es brutal. La mirada de la cebra es de tal belleza. En el silencio vasto se oye cómo resopla; cómo hace el esfuerzo de respirar sus últimos aires. El lomo sube y baja con espasmos violentos, desacompasados. Sube y baja; hace espacio en su pecho para que el aire no la abandone. No sabe qué le cuesta más: si soportar el dolor, si estar atenta a los buitres que en minutos desgarrarán su vientre abierto.  Si pudiera moverse un poco para espantar la horda de moscas. Pero no puede. Los pulmones deciden por ella. Respira.  Huele el hedor de su propia sangre secándose al sol. Los ojos desorbitados se abren un poco más. Los buitres, tan cerca. Unas horas antes la cebra galopaba con otras cebras hacia la salida de un nuevo sol. Galopaba en grupo, formando la coreografía polvorienta con sus iguales; sus hermanas. Y un instante confuso, turbulento: rápido, un momento sin medida, ni comienzo ni final,  las fauces de una leona, o dos, o quizás mil, se cerraron sobre sus patas. Una dentellada y otra, y el dolor del infierno y otra vez los dientes,   la sangre eclosionando, extendiéndose  derramada sobre la hierba como una alfombra infinita, imparable, caliente como lava, brillante, roja como la tarde que se acaba.  Gruñidos, zarpazos. Mordidas. Confusión. La mente nublada. Su cuerpo derribado.  Y la pequeña cebra que no atinaba a entender. Qué era ese suplicio interminable, polvoriento, esas sacudidas que la hundían, la dividían en pedazos y la arrastraban  hasta dejarla un paso antes de la nada. Qué era eso que sentía. Qué era. Ya no había hermanas cebras, solo una manada que se alejaba, un manojo bicolor, anónimo. Algo tan remoto. Una polvareda como de tornado en la sabana eterna. Después, silencio. Y después la inmensidad.  El  pastizal amarillento infinito. El sol rodando por el cielo ancho. 

La mece el silencio. Algún graznido que sus ojos buscan en vano identificar,  lejos.  La sangre escurrida, un mazacote pastoso, algo de lo que ha dejado la devastación felina.

Tiene la idea del agua del pantano. Ah, qué bien le vendría hundirse en el agua fresca ahora. Quedarse sumergida. Quieta. Todavía tiene la sensación de haberse sumergido en ese líquido. Le vendría bien eso. Su garganta replica la mecánica de la deglución. Siente dolor;  algo adentro que no tiene ningún nombre. La recorre un escalofrío.  Se desvanece. 

Cuando despierta el cielo es una crema de naranjas y rosados. Ya no siente ni dolor ni lo que fue su cuerpo. Ni lo que de él queda. Solo ve. Mira el horizonte alterado, los árboles otra vez reverdecidos, la sombra, cada vez más cercana del vuelo redondo de los pájaros. El aleteo. Son muchos pájaros. Lento. Flap. Flap flap.  Si pudiera, comenzaría a contarlos. 

La tarde encendida se escurre en la sabana. Las sanguíneas copas de los árboles,  doradas,  rojizas;  entintadas por un  sol pulido que se inserta en el horizonte, como un cospel. 

El sonido de los pájaros quiebra lo callado del día. Sereno como una postal. 

Los gatos se desperezan. En las sombras se escurren patas. Algo se arrastra. Algo es arrastrado.  La bandada de palomas  rompe el silencio,  estira su graznido sobre el horizonte. Se aleja. Se esfuma. Había una cebra más en el mundo esta mañana. Una franja azul oscuro avanza en el cielo devorando las últimas claridades de la tarde. Avanza. Lo cubre. Ya no hay palomas. 




© Katy Herendi

19.septiembre.2011 /  19.09.2022

sábado, 1 de octubre de 2022

Punto rojo todo Marte

 

  

Estoy mirando Marte ahora mismo. Todo Marte. Es la hora en la que la vía láctea se estira,   se acomoda sobre el techo de mi casa, como un gato. Entre todas las estrellas y planetas níveos, Marte,  tan rojo. A veces rosado;   casi nunca.

Alguien,  allá, podría estar viendo toda la Tierra, ahora mismo, y  en la noche marciana, púrpura y luminosa, piensa: Ella, tan celeste. Imagino que sí. Que es casi seguro que ocurra. Y Alguien me imagina, lejos, envuelta en la luz azul del planeta. Estamos quietos, en nuestros pensamientos nocturnos,  escuchando la brisa. Se mueven despacio unas ramas del pino. Marte está detrás, entre lo oscuro del follaje, o entre medio, lo pierdo, lo encuentro, me marea un poco. Entre las ramas mentoladas nos miramos a no sé cuántos millones de años luz; un montón de espacio.   Con un dedo,  nos dibujamos contornos a nuestras  bocas en el cielo nocturno. En el medio de la noche hago un hueco con mis manos a los costados de mi boca,  rogando que nadie de los que duerme me escuche. y grito un susurro: Te amaría.  ¿Te amaría? 

Por qué no. 


Quizás las ondas del sonido de mi voz lleven mi deseo,  mi amor declamado, nocturno y sin sentido, a Alguien de Marte. No puedo saberlo.  Mi amor puede tardar en llegar,  algunas horas tal vez, o meses;  mi voz no es tan fuerte. Para cuando lleguen a destino puede ser que mis palabras lleguen desordenadas.  Ojalá se entienda lo que quiero decir,  para no estar repitiéndonos frases tontas como ¿Qué me dijiste…?, y malgastar tantos años luz. Porque mi voz carga no sólo con mi deseo y mi amor fugaz, sino con  un despilfarro de entendimientos ambarinos, eternos, está repleto de amores imposibles que pongo a salvo allá, a kilómetros de distancia.

Es probable que uno de los dos sufra. No quiero decir quién.


Un avión cruza el cielo;  una de sus alas pasa tan pero tan, tan cerca del planeta rojo que por poco...,  me quedo muy quieta con la nuca plegada para ver la catástrofe que no ocurre.   Marte sigue ahí apacible, metódico, sin ninguna intención de descollar en lo azul, no. Es un rubí, un planeta como un coral.  Si lo miro mucho tiempo parece que cambia de posición; algo vivo allá, lejos, juega conmigo. Algo que me sabe rondando la noche cubre de hilos purpúreos y estelares esta soledad tierna de la que emerjo; casi tan roja como Marte. 

Y casi sin necesitar ninguna otra cosa más, todo mi amor sigue en viaje, encapsulado. 



©Katy Herendi

Sabiduría ancestral

  Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...