lunes, 31 de octubre de 2022
Quizás escribe palomas
sábado, 29 de octubre de 2022
Aquí conmigo
Conversamos. O nada más te hablo, ya no sé con qué voz recordarte. Te encuentro en mis pensamientos. Un lugar que es como una casa repleta de cosas en común, o una isla de madrugada. En mis pensamientos te conservo casi intacto. Te pongo palabras, te rodeo de hechos inventados para rescatarte de la muerte, del olvido.
Katy Herendi
domingo, 23 de octubre de 2022
Paisajes en la oscuridad
Redonda.
Morosa.
Su voz que todo lo envolvía con un halo de Verdad. Donde su voz decía la palabra árbol era verdad el árbol; añoso, presente, tan vivo. El tronco de arrugas profundas como senderos, con memorias de antiguas lluvias. Un árbol verdadero creciendo inmenso en el cuarto, Greta, igual que su voz única, en la oscuridad inmensa. Y cuando lo que pronunciaba era durazno, en nuestro cuarto nacía el verano y el aroma dulce del durazno aterciopelado brotaba de nuestras manos que se volvían de pronto pegajosas.
viernes, 21 de octubre de 2022
Niña de aire, por Katy Herendi
Su mirada es líquida como una lluvia suave, o el rocío. Al principio me pareció que tenía los ojos celestes, pero era el cielo. En un bosque se vuelven verdes, todos los tonos de verdes, se funden en su mirada que siempre se está diluyendo. Sus ojos toman el color de lo que ella mira. Puede ser el pasto, una piedra o una mariposa. Al atardecer son rosados. Naranjas. Violetas.
Cada día se vuelve un poco más transparente. ¿Es triste acá? La voz de la niña es un susurro que se confunde a veces con el sonido del aire entre las casuarinas, o con el canto perdido de pájaros que no alcanzamos a ver. Su mano busca la mía extendida, abierta para ella; siempre necesito sentirla de verdad, carnosa y tibia, como antes sería tibia; ahora no. Ahora sostengo su mano como sostengo un rayo de luna, sin poder sentirla. Mi mano se hace cuenco para la suya que sin reparos se acomoda dentro. Espero sus preguntas pero algo siempre la distrae. Sus ojos se asombran de las cosas que ya antes la habían asombrado una vez. Las hojas secas, una mariposa que pasa y se va, las piñas que explotan allá arriba, una telaraña a contraluz, las semillas que caen como hélices diminutas y se dispersan y se clavan en la tierra para sembrarse.
Había enunciado únicamente aquella pregunta; frente a la cabaña que yo había alquilado por el fin de semana. El lugar que ella había elegido en el viejo mapa. La cabaña de madera añeja, robusta, construída en un claro rodeado de pinos, de casuarinas que cantaban con el viento, de liquidámbares rojizos apenas asomado el otoño. Lejos de todo. Intuyo que ella conoce este lugar. Que lo conoció. Caminamos sobre la hojarasca que cruje bajo mis pies; solo bajo los míos. Pienso en su pregunta. No sé qué responderle. ¿Habrá sido triste para ella este lugar? Respiro ruidosamente con el afán de que ella me imite, como un juego, pero la niña dice que estaría bien que yo coma algo, que me vaya a caminar. Me acerco a los troncos centenarios y perfumados donde ella está de pie viendo algo. Canta. No logro entender qué dice. Nunca responde mis preguntas. El sol filtrado entre las ramas forma rayas perfectas y delineadas, una parte del bosque se ilumina con un resplandor casi celestial. Las dos miramos ese instante. Nos dejamos deslumbrar por la belleza que irradia el bosque. ¿Puedo tocar la luz? No espera respuesta, va. Al contraluz ella desaparece.
Un día sucederá; se va a esfumar y ya no la veré. Mientras tanto, juega. Simula que soy su madre. Sabe que no la conozco, y sabe que ella, ya hace mucho, es un fantasma.
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#cuentobreve #relato #mujeresqueescriben
#katyherendi
jueves, 20 de octubre de 2022
Sobre recuerdos, por Katy Herendi
Mientras tanto ayer leí Desarticulaciones, el libro de Sylvia Molloy. La desarticulación de la memoria. Me dejó pensando algunas cosas. Algunas tienen que ver con esa lectura, otras no.
Dónde quedan los recuerdos que compartimos con otro cuando ese otro todavía está pero ya no recuerda. O no nos recuerda. Qué solo se va quedando uno cuando no se pueden compartir recuerdos con alguien porque la mente de esa otra persona se va llenando como de agujeros, de agujeros negros que se van tragando la memoria. Qué enfermedad horrible la que se traga tus recuerdos, hasta que un día no sabés quién sos.
Pensaba que la memoria es como una casa o un cuarto que se comparte. La memoria es esa casa. O un recuerdo es esa casa. Mientras uno la habita, se vive. Sucede. O sucedió. Incluso cuando uno ya es un recuerdo. Ahí adentro está todo y se está vivo. Cada pared tiene un punto de vista. Si cae una pared se cae una parte del recuerdo y se pierde parte de la historia. Primero está incompleta, quedan menos puntos de vista. Con el tiempo se perderán todas las partes, todos los que sostuvieron esa memoria y que hicieron de ese recuerdo un hecho verdadero.
Se desvirtúa primero porque está incompleta, finalmente se pierde en el agujero negro.
Es tan amplio el tema de la memoria, de los recuerdos compartidos. Compartidos. Esa es la palabra clave de estos recuerdos en los que yo estaba pensando hoy.
viernes, 14 de octubre de 2022
Brevedades, por Katy Herendi
Contaba los días. Todas las mañanas pensaba: hace un día, hace dos días, hace.
O tocaba su ropa como si fuera a romperse. Conservaba el olor de su ternura.
O miraba algún mueble para recordarlo ahí, y miraba las sillas del jardín. Recordaba su perfil; se recortaba contra la pared de la medianera.
O le hablaba empezando frases que dejaba sin
O colocaba cubiertos demás; los quitaba enseguida como si los estuviera robando.
K. H.
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miércoles, 12 de octubre de 2022
Te veo me veo
martes, 11 de octubre de 2022
Lluvia sobre los adoquines
sábado, 8 de octubre de 2022
Otra de la luna llena
Yo no sé qué le da a la luna por andar paseándose por nuestros techos teniendo todo el espacio exterior a su disposición; no es la primera vez que la veo. A veces está como distraída, orbitando por ahí, como corresponde a una luna, y otras veces se pone pesada como anoche, para colmo con ese viento qué había, y va que se cae en el jardín. Y el hueco que hizo.
Igual es lindo verla, siempre. Cuando ilumina como un faro, así como ayer que nos iluminó todo el jardín es muy bonito, pero eso de que dos por tres ande cayéndose de acá para allá, francamente, yo no sé. Un día va a caerse y no va a haber nadie para levantarla. Ahí te quiero ver.
Luna llena
La Luna llena, llenísima, cargada de tanto polvo estelar que no da más, se posó, esponjosa y confianzuda, sobre el techo de la casa de al lado.
Se pone tan al borde… Estoy viendo que no sea cosa que se caiga. Qué desastre. Qué diría mañana la Nasa. Qué vergüenza. Se queda ahí un buen rato, quieta, resolviendo un equilibrio ingrávido. Fosforece. Encima eso, fosforece. Con todos sus cráteres y hendiduras. Para mí que se ya se dio cada golpazo… Gira. Apenas. Se va estirando con morosidad gatuna como si tuviera todo el tiempo por delante. Rueda, gira. Y rueda un poco más, y un poco más, hasta que creo que va a caer en el patio, pero no; se queda en el aire; flota en el charco quieto del cielo. Se suspende dispuesta a pasearse toda la noche como un globo enganchado, entre las telarañas de vapor que las estrellas tejen a su alrededor. Y al final se oculta despacio en el horizonte que forma el techo del otro vecino y lo único que queda es el resplandor. Después, nada.
Katy Herendi
viernes, 7 de octubre de 2022
Alguien tira montoncitos de Navidad
Hay quien tira la Navidad en septiembre. Hay que organizarse con tiempo.
Katy Herendi
miércoles, 5 de octubre de 2022
La idea ovillada
A veces, cuando uno está cerca de dormirse, sucede. Una imagen, alguna cadena de imágenes comienza a perfilarse en la oscuridad, detrás de nuestros párpados. En el fondo de la retina. Incluso con la luz mínima como la que le es necesaria a un gato para moverse en la noche. Cuando está uno dejándose vencer por la morbidez placentera del sueño, ese dejarse ir sin ofrecer resistencia, solo esperando dormir un buen par de horas hasta la mañana siguiente; en ese lugar, en ese preciso instante se hace presente la cadena de imágenes, la frase-ovillo, la palabra justa. Esa. Pobre de uno cuando hay la promesa firme de recordarla por la mañana; la seguridad. Repetirla y decirse, de esto no me voy a olvidar, cómo podría. A la mañana siguiente con un poco de suerte recordaremos el momento de iluminación y sin ninguna otra cosa más que la resignación, aceptaremos con humildad que la idea se habrá perdido. Se esfumó. Habrá ido a engrosar esa burbuja de ideas dilapidadas en espera de que otro las rescate. Hay un cúmulo de buenas ideas que forman un islote invisible arriba, muy alto.
Otras veces, las ideas se presentan todas enredadas, en una madeja tan confusa que.
Pero hay que tomarse el tiempo debido. Desmenuzarlo como quien busca espinas. Separar los hilos, buscar con paciencia casi ancestral la punta del ovillo.
Hasta que aparece. Una. Como si siempre hubiera estado ahí. A la espera. Y lento, con pausas, amorosamente se trabaja. Se dan vuelta los hilos con cuidado, con tiempo, sin apuros; se aparta lo desenmarañado, vemos adónde nos conduce y el enredo se define; se ve con claridad el camino de los nudos, cómo traducir lo que siempre estuvo esperando.
©Katy Herendi
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martes, 4 de octubre de 2022
Saludos
Ya de lejos, lo ví levantar los brazos con entusiasmo. No encontraba mis lentes, pero saludé al viejito que vive junto a mi casa de la costa; hacía tanto tiempo que no lo veía. Le hice señas para ir, pero él hizo otro gesto que pareció decir más tarde, entonces hice un gesto nuevo, como de antón pirulero, para hacerle saber que más tarde iba. Él siguió de lo más contento, sus brazos una fiesta. Me puso de buen humor saludarlo, intuir lo bien que estaba a juzgar por lo dinámico de su saludo. Pensé no dejar pasar la tarde para llevar las manzanas que había recolectado para él y la bufanda que le tejí en el invierno. Lo saludé varias veces. Todas las veces, en realidad. En todas las idas y vueltas. Cada vez que fui del auto a la casa desempacando, o después, al ir de la casa a la tienda de provisiones para comprar algo de comida y una escoba nueva. Incluso lo saludé por la tarde cuando barría las hojas acumuladas alrededor de mi casa el otoño pasado. El seguía allí moviéndose y levantando los brazos. Daba algunas vueltas. Pensé con alegría que estaba contento de volver a verme. El movimiento de sus brazos, tan efusivo. Qué bien me recibía. Horas más tarde, empecé a preguntarme si ese hombre pensaba detenerse en algún momento. O si a lo mejor necesitaba ayuda. Pensé en llamar a la policía por si acaso. Después, por fin, encontré mis lentes. Me di cuenta de que estaba saludando una de sus camisetas que colgaba de una percha que colgaba de una rama, y que el viento sacudía sin parar.
©Katy Herendi
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lunes, 3 de octubre de 2022
Plic
Dijo:
Debe ser fácil ser cruel conmigo.
Después.
Dos lágrimas,
tardaron en salir,
demoraron en caer,
se estrellaron sobre la mesa.
Una.
Pude oír cuando tocó el mantel.
Plic
Otra. A destiempo. Algo demorada.
Plic.
Me quedé viendo los redondeles oscurecidos en el mantel.
Se hicieron enormes. Rebalsaron la mesa.
Salpicaron a todos.
Desbordaron el bar.
Nadie se dió cuenta.
©Katy Herendi
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domingo, 2 de octubre de 2022
Casi una postal
Todas las tardes una bandada de palomas revolotea en círculos. Todos los días, siempre igual. Cuento unas diez. Tal vez sean dos o tres más. No lo sé. Sus siluetas se recortan nítidas, igual que pegatinas negras puestas a contraluz del cielo puro; tan celeste hoy. Las alas abiertas, inmóviles, extendidas con generosidad, como si quisieran calcular la medida del espacio aéreo que ocupan. La tarde es un agobio. Las paredes hierven, los gatos se derriten desparramados a la sombra de los árboles. Las chicharras aturden al unísono desde la espesura verde alrededor. Y de pronto callan. El silencio se hace enorme.
Giran las palomas. Lento.
Dan vueltas y vueltas en el mismo lugar.
Tan lento.
Con el letargo de un rito ancestral. Parecen buitres.
Solo el movimiento de los pájaros aleteando el aire quiebra la quietud de esta tarde. Serena como una postal. El sol se desborda en el horizonte naranja. Rojo. Con los ojos cerrados es simple imaginar África.
Una postal de África. Uno puede sentir el aleteo de los buitres que sobrevuelan allá arriba por una presa moribunda. Se deleitan. El movimiento de sus alas desplegadas deja surcos en el aire denso de esta tarde. Huelen la presa. Quizás un antílope. Una cebra. La ves ahí. Una cebra joven. El paisaje alrededor es un páramo salvaje. Hay un claro, ahí, donde la cebra yace. Está malherida. Uno se acerca al animal. Despacio. Las moscas incesantes la arremeten. El hedor es brutal. La mirada de la cebra es de tal belleza. En el silencio vasto se oye cómo resopla; cómo hace el esfuerzo de respirar sus últimos aires. El lomo sube y baja con espasmos violentos, desacompasados. Sube y baja; hace espacio en su pecho para que el aire no la abandone. No sabe qué le cuesta más: si soportar el dolor, si estar atenta a los buitres que en minutos desgarrarán su vientre abierto. Si pudiera moverse un poco para espantar la horda de moscas. Pero no puede. Los pulmones deciden por ella. Respira. Huele el hedor de su propia sangre secándose al sol. Los ojos desorbitados se abren un poco más. Los buitres, tan cerca. Unas horas antes la cebra galopaba con otras cebras hacia la salida de un nuevo sol. Galopaba en grupo, formando la coreografía polvorienta con sus iguales; sus hermanas. Y un instante confuso, turbulento: rápido, un momento sin medida, ni comienzo ni final, las fauces de una leona, o dos, o quizás mil, se cerraron sobre sus patas. Una dentellada y otra, y el dolor del infierno y otra vez los dientes, la sangre eclosionando, extendiéndose derramada sobre la hierba como una alfombra infinita, imparable, caliente como lava, brillante, roja como la tarde que se acaba. Gruñidos, zarpazos. Mordidas. Confusión. La mente nublada. Su cuerpo derribado. Y la pequeña cebra que no atinaba a entender. Qué era ese suplicio interminable, polvoriento, esas sacudidas que la hundían, la dividían en pedazos y la arrastraban hasta dejarla un paso antes de la nada. Qué era eso que sentía. Qué era. Ya no había hermanas cebras, solo una manada que se alejaba, un manojo bicolor, anónimo. Algo tan remoto. Una polvareda como de tornado en la sabana eterna. Después, silencio. Y después la inmensidad. El pastizal amarillento infinito. El sol rodando por el cielo ancho.
La mece el silencio. Algún graznido que sus ojos buscan en vano identificar, lejos. La sangre escurrida, un mazacote pastoso, algo de lo que ha dejado la devastación felina.
Tiene la idea del agua del pantano. Ah, qué bien le vendría hundirse en el agua fresca ahora. Quedarse sumergida. Quieta. Todavía tiene la sensación de haberse sumergido en ese líquido. Le vendría bien eso. Su garganta replica la mecánica de la deglución. Siente dolor; algo adentro que no tiene ningún nombre. La recorre un escalofrío. Se desvanece.
Cuando despierta el cielo es una crema de naranjas y rosados. Ya no siente ni dolor ni lo que fue su cuerpo. Ni lo que de él queda. Solo ve. Mira el horizonte alterado, los árboles otra vez reverdecidos, la sombra, cada vez más cercana del vuelo redondo de los pájaros. El aleteo. Son muchos pájaros. Lento. Flap. Flap flap. Si pudiera, comenzaría a contarlos.
La tarde encendida se escurre en la sabana. Las sanguíneas copas de los árboles, doradas, rojizas; entintadas por un sol pulido que se inserta en el horizonte, como un cospel.
El sonido de los pájaros quiebra lo callado del día. Sereno como una postal.
Los gatos se desperezan. En las sombras se escurren patas. Algo se arrastra. Algo es arrastrado. La bandada de palomas rompe el silencio, estira su graznido sobre el horizonte. Se aleja. Se esfuma. Había una cebra más en el mundo esta mañana. Una franja azul oscuro avanza en el cielo devorando las últimas claridades de la tarde. Avanza. Lo cubre. Ya no hay palomas.
© Katy Herendi
19.septiembre.2011 / 19.09.2022
sábado, 1 de octubre de 2022
Punto rojo todo Marte
Estoy mirando Marte ahora mismo. Todo Marte. Es la hora en la que la vía láctea se estira, se acomoda sobre el techo de mi casa, como un gato. Entre todas las estrellas y planetas níveos, Marte, tan rojo. A veces rosado; casi nunca.
Alguien, allá, podría estar viendo toda la Tierra, ahora mismo, y en la noche marciana, púrpura y luminosa, piensa: Ella, tan celeste. Imagino que sí. Que es casi seguro que ocurra. Y Alguien me imagina, lejos, envuelta en la luz azul del planeta. Estamos quietos, en nuestros pensamientos nocturnos, escuchando la brisa. Se mueven despacio unas ramas del pino. Marte está detrás, entre lo oscuro del follaje, o entre medio, lo pierdo, lo encuentro, me marea un poco. Entre las ramas mentoladas nos miramos a no sé cuántos millones de años luz; un montón de espacio. Con un dedo, nos dibujamos contornos a nuestras bocas en el cielo nocturno. En el medio de la noche hago un hueco con mis manos a los costados de mi boca, rogando que nadie de los que duerme me escuche. y grito un susurro: Te amaría. ¿Te amaría?
Por qué no.
Quizás las ondas del sonido de mi voz lleven mi deseo, mi amor declamado, nocturno y sin sentido, a Alguien de Marte. No puedo saberlo. Mi amor puede tardar en llegar, algunas horas tal vez, o meses; mi voz no es tan fuerte. Para cuando lleguen a destino puede ser que mis palabras lleguen desordenadas. Ojalá se entienda lo que quiero decir, para no estar repitiéndonos frases tontas como ¿Qué me dijiste…?, y malgastar tantos años luz. Porque mi voz carga no sólo con mi deseo y mi amor fugaz, sino con un despilfarro de entendimientos ambarinos, eternos, está repleto de amores imposibles que pongo a salvo allá, a kilómetros de distancia.
Es probable que uno de los dos sufra. No quiero decir quién.
Un avión cruza el cielo; una de sus alas pasa tan pero tan, tan cerca del planeta rojo que por poco..., me quedo muy quieta con la nuca plegada para ver la catástrofe que no ocurre. Marte sigue ahí apacible, metódico, sin ninguna intención de descollar en lo azul, no. Es un rubí, un planeta como un coral. Si lo miro mucho tiempo parece que cambia de posición; algo vivo allá, lejos, juega conmigo. Algo que me sabe rondando la noche cubre de hilos purpúreos y estelares esta soledad tierna de la que emerjo; casi tan roja como Marte.
Y casi sin necesitar ninguna otra cosa más, todo mi amor sigue en viaje, encapsulado.
©Katy Herendi
Sabiduría ancestral
Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...
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Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...
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Se detiene un momento de espaldas a la clase, mira durante un segundo imperceptible el pizarrón después enseguida hacia el salón. Sus ojos s...