Ya de lejos, lo ví levantar los brazos con entusiasmo. No encontraba mis lentes, pero saludé al viejito que vive junto a mi casa de la costa; hacía tanto tiempo que no lo veía. Le hice señas para ir, pero él hizo otro gesto que pareció decir más tarde, entonces hice un gesto nuevo, como de antón pirulero, para hacerle saber que más tarde iba. Él siguió de lo más contento, sus brazos una fiesta. Me puso de buen humor saludarlo, intuir lo bien que estaba a juzgar por lo dinámico de su saludo. Pensé no dejar pasar la tarde para llevar las manzanas que había recolectado para él y la bufanda que le tejí en el invierno. Lo saludé varias veces. Todas las veces, en realidad. En todas las idas y vueltas. Cada vez que fui del auto a la casa desempacando, o después, al ir de la casa a la tienda de provisiones para comprar algo de comida y una escoba nueva. Incluso lo saludé por la tarde cuando barría las hojas acumuladas alrededor de mi casa el otoño pasado. El seguía allí moviéndose y levantando los brazos. Daba algunas vueltas. Pensé con alegría que estaba contento de volver a verme. El movimiento de sus brazos, tan efusivo. Qué bien me recibía. Horas más tarde, empecé a preguntarme si ese hombre pensaba detenerse en algún momento. O si a lo mejor necesitaba ayuda. Pensé en llamar a la policía por si acaso. Después, por fin, encontré mis lentes. Me di cuenta de que estaba saludando una de sus camisetas que colgaba de una percha que colgaba de una rama, y que el viento sacudía sin parar.
©Katy Herendi
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