A veces, cuando uno está cerca de dormirse, sucede. Una imagen, alguna cadena de imágenes comienza a perfilarse en la oscuridad, detrás de nuestros párpados. En el fondo de la retina. Incluso con la luz mínima como la que le es necesaria a un gato para moverse en la noche. Cuando está uno dejándose vencer por la morbidez placentera del sueño, ese dejarse ir sin ofrecer resistencia, solo esperando dormir un buen par de horas hasta la mañana siguiente; en ese lugar, en ese preciso instante se hace presente la cadena de imágenes, la frase-ovillo, la palabra justa. Esa. Pobre de uno cuando hay la promesa firme de recordarla por la mañana; la seguridad. Repetirla y decirse, de esto no me voy a olvidar, cómo podría. A la mañana siguiente con un poco de suerte recordaremos el momento de iluminación y sin ninguna otra cosa más que la resignación, aceptaremos con humildad que la idea se habrá perdido. Se esfumó. Habrá ido a engrosar esa burbuja de ideas dilapidadas en espera de que otro las rescate. Hay un cúmulo de buenas ideas que forman un islote invisible arriba, muy alto.
Otras veces, las ideas se presentan todas enredadas, en una madeja tan confusa que.
Pero hay que tomarse el tiempo debido. Desmenuzarlo como quien busca espinas. Separar los hilos, buscar con paciencia casi ancestral la punta del ovillo.
Hasta que aparece. Una. Como si siempre hubiera estado ahí. A la espera. Y lento, con pausas, amorosamente se trabaja. Se dan vuelta los hilos con cuidado, con tiempo, sin apuros; se aparta lo desenmarañado, vemos adónde nos conduce y el enredo se define; se ve con claridad el camino de los nudos, cómo traducir lo que siempre estuvo esperando.
©Katy Herendi
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