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#naturaleza #dietes #madrenatura #naturalezaperfecta
(imagen de la web sin mención de autoría)
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#naturaleza #dietes #madrenatura #naturalezaperfecta
(imagen de la web sin mención de autoría)
Se levanta a tomar agua por segunda vez. No enciende luces. Abre la heladera porque sí, la misma cantidad de veces que se levanta a tomar agua. Mira los anaqueles como si existiera la posibilidad de encontrar allí algo que antes no había guardado. Camina por ese sendero aprendido en la cotidianidad, los espacios libres entre los muebles, con la luz ínfima que se filtra de afuera. Da vueltas, se queda viendo el jardín, la lluvia, las ramas que apenas se mueven, a veces hay algún gato, no esta noche. Se va a leer al otro cuarto. Enciende el pequeño velador. Son las 4:20. No hace té, la desvelaría más, pero le gustaría tomar un té, sentir el aroma envolvente de las hebras, el calor de la taza entre las manos. Hace horas que no logra dormir, pasa con frecuencia, entonces lee, lee mucho, todo el tiempo; en lugar de dar miles de vueltas en la cama hasta darse cuenta entre las ranuras de la persiana que empieza a clarear. Se levanta antes de que eso pase. Lee, relee algunas páginas, muchas veces al azar, de cualquier libro de la biblioteca; a esa hora, con sueño, no logrará mayor concentración. A veces se detiene para escribir, escribe algo en el cuaderno, en papeles que después pierde; a veces solo escribe la frase que subrayó, otras algo que se le ocurre en ese momento, pocas palabras. Unas líneas, una sensación, un sabor. Un frío. Cierta textura. Una luz. Barre el escritorio de un vistazo, algo se mueve. Centra su atención en la pared. En la penumbra distingue una línea sinuosa, desde el techo hasta el suelo, una hilera de hormigas coloradas sube y baja; una hilera gruesa, vigorosa y enseguida otra. Poco menos de un metro hacia la izquierda las mismas hormigas van y vienen, la otra hilera igual, se mueve para volver a meterse en donde empiezan las maderas del techo. Hacen un circuito incesante. Entran y salen. Bajan por la pared, desfilan un metro por el zócalo, suben, bordean el techo, bajan, caminan por el zócalo y así. Avanzan en doble mano, mezcladas, encolumnadas, de vez en cuando chocan, y parece como si se detuvieran a decirse algo y siguen. Tan inteligentes las hormigas para algunas cosas. Qué pérdida de tiempo, ese desvío. Bueno, qué otra cosa pueden hacer a esta hora las hormigas para pasar el tiempo. Para ellas es la aventura de la vida. Qué otra cosa pueden hacer sino caminar en hileras interminables y ondulantes, sin sentido, subiendo y bajando para ir de un punto a otro, quizás cercano. Bastó con que lo hiciera una. El resto la siguió sin cuestionar. Quizás tampoco pueden dormir y caminan por las paredes; ellas pueden hacerlo literalmente.
Katy Herendi, 2024
Fotografía vía Pinterest s/mención de autoría
#borradores #unpardeborradores #BorradoresDomingueros #textos # KatyHerendi #insomnio
Cuando no estoy en el mar pero pienso en el mar lo primero que viene a mi cabeza es un campamento al que fuí cuando era muy chiquita. Lo recuerdo muchas veces, sin querer. Casi siempre son las mismas imágenes. Otra cosa en la que pienso es en la luminosidad del mar, después el olor. Siempre que voy al mar, la primera sensación, antes de acercarme al agua, es la luz intensa, el reflejo de la luz en el agua y en la arena. Tengo fotofobia desde pequeña, quizás consecuencia más de cierta medicación que del hecho de tener los ojos muy claros. A otras personas de ojos claros no necesariamente les pasa, por eso se lo atribuyo a los corticoides. La luz del sol me ciega a veces, me hace lagrimear, doler los ojos, incluso cuando está nublado. Por eso uso lentes de sol la mayor parte del tiempo. Pero hablaba del mar. Después de la luz está el olor del mar que respiro profundamente como para llevarlo conmigo. Me gusta ese olor al agua salada, a los caracoles, al viento, a la espuma, a algo que no sé definir. A qué huele el mar. A sol, a niebla, a algas, a pescado. A barcos viejos. No sé. A yodo, dicen. Después está el sonido de las olas, el estruendo lejano de las olas rompiéndose contra las rocas, el viento que brama desde dónde. Pienso en lo vasto, lo inabarcable del mar cuando uno lo descubre por primera vez, la mirada no alcanza. Cómo se abarca lo que parece sinfín, la pequeñez que se siente, la soledad de eso tan inmenso. La conmoción. El movimiento incesante. El agua va y viene sobre los pies que un poco se hunden cuando el agua se retira con fuerza para volver. Se enciende el miedo que me provoca el mar, recuerdo a alguien buscándome de una playita que era un banco de arena que mientras bajaba el sol fue quedando más abajo y desapareciendo bajo el agua; el grupo de niñas que jugábamos distraídas hasta que no hubo piso y hubo olas que cada vez eran más altas. El cura nos rescató de a una en sus hombros para que no tuviéramos miedo. Él era altísimo y no quiso que nadie lo ayudara porque no quería sacar más personas del agua, escuché después. Estaba enojado. Quedé al final porque al principio del campamento cuando preguntaron dije que sabía nadar y no. Cuando terminó de buscarnos a todas el agua me llegaba a las caderas. Pensé que iba a morir pero tampoco dije nada. No volví a entrar al mar sola, nunca, salvo la orilla. Tanto me fascina como me abruma. Bello y misterioso. Cálido y amenazante. Deseado siempre, en cualquier momento, sin dudas. Violento, imprevisible. De chica juntaba caracoles y los dejaba en montañitas en la arena. Ahora a veces junto y los traigo conmigo, no siempre, a veces simplemente los dejo. Hasta hace unos años juntaba y llenaba frascos grandes en mi casa. Dicen que trae mala suerte tenerlos. No creo que si los devuelvo al mar me vaya mejor, no por tener caracoles. De chica buscábamos almejas. Ahí donde veíamos la playa agujereada estaban las almejas y nuestras manos ávidas excavaban en la arena para sacarlos. Los dejábamos ir para que volvieran a hundirse en la arena. Todas las tardes buscábamos ramas y troncos y los dejábamos en un montón para la fogata a la noche. Siempre se hacía la fogata en la playa. Las más grandes hacían escenas cortas y cómicas que inventaban y preparaban durante la tarde. Después cantábamos. Era divertido. A veces se acercaban toninas; las mirábamos desde la playa fantaseando con que eran tiburones. Estaba prohibido meterse en el agua cuando no había mayores mirando, ni cuando bajaba el sol, ni cuando llovía. Pero siempre estábamos en la playa. Todo el tiempo. La casa que nos albergaba estaba sobre la playa. Nos dormíamos oyendo el mar.
2024
#mar #recuerdo #meacuerdo #textosbreves
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| Dibujos en piedra Svetlana |
Lo arrancarán brutalmente de su tierra como se arranca la maleza; sin piedad y de raíz. Cruzará el vasto océano sin ver el cielo un solo día. Sin ver la costa que se aleja hasta el punto infinito en el que se disuelve en el aire y que queda como una incógnita en la nada brumosa. Irá encadenado a otra alma, y esa a otra, y otra, hasta formar eslabones humanos de idéntico destino incierto. Respirarán mil veces el mismo aire hasta gastarlo y volverlo espeso, hediondo, irrespirable. Remará. Noche y día repetirá el mismo movimiento entre la humedad de sus excrementos, la costra sanguinolenta de los heridos, la putrefacción de los moribundos, los ayes vanos perdidos en la oscuridad. Lo disminuirán a la mínima expresión humana. Avanzará sin saber adónde, sin descanso, sin un solo instante para preguntar, ni para pensar, ni para recuperar el aliento. Irá rumbo a una nueva tierra para forjar un porvenir tan promisorio como ajeno.
No volverá a abrazar a su mujer tallada en ébano. No verá los ojitos nuevos del que se forma en el asustado vientre. Esa línea azul que se dibuja en el horizonte dividiendo el cielo del agua será la ruta para su albergue. Ignora adónde lo llevarán, no comprenderá el idioma, lo expondrán en un mercado y entenderá que fue vendido cuando los gritos incomprensibles sean proferidos por otras gargantas. Le cambiarán el nombre, las costumbres y a su Dios. Llorará sin lágrimas y en silencio. A quién le importará lo que siente. Lo que piensa cada noche. Lo que encierra su corazón. No importará su dolor. A nadie le importará.
Dormirá hacinado en un cuadrado, reducido y sin ventanas, repleto de esclavos como él. Uno más entre tantos, perdiendo su individualidad, única e irrepetible. Engrosará un inventario junto con el recuento de telares, los molinos de agua y el ganado. No tendrá patria en esta tierra. La Luna guardará su soledad y en las estrellas tejerá una red de recuerdos donde cobijarse para soportar otra noche. Otro día. Una noche más. Solo una más después de otra. Curtirá su corazón rodeado de una geografía ondulante. Sin embargo, no lograrán exiliar sus raíces. Ellas quedarán aferradas a las entrañas de África con la esperanza de volver algún día a fundirse con los dos pares de brazos que lo esperarán para siempre. Si tan solo le mostraran el mar, volvería a nado.
Él no sabe que esto pasará. Ni siquiera lo imagina mientras inquieto sueña que, a lo lejos, entre la bruma, un barco enorme con todas sus velas al viento se aproxima a la costa.
(2003) Katy Herendi
Publicado en Literarte, revista bimestral de literatura y arte
Declarada de interés cultural por el HCD de Vicente López
Lo veo; me acerco a su portón para preguntarle acerca del árbol que tiene detrás del cerco junto a la entrada. Nunca ví nada igual, digo. Tengo que gritar un poco para que me escuche, el hombre está algo lejos. Mi tono es jovial, intento ser simpática y amable, pero ya estoy arrepentida porque el tipo me mira con desconfianza; me doy cuenta, a pesar de la distancia. Mueve el saca hojas dentro de la pileta, una cuchara enorme revolviendo un té descomunal, eso parece, y después lo deja a un costado sobre el borde de piedras, con calma, con toda la tarde por delante. Se parece a Luis. Se seca las manos frotándose en su malla como si estuviera sacando algo invisible pegado en las caderas. Algo que debe ser arrastrado. Mira el cielo. No se acerca, no decide si soy digna de confianza o si tiene la voluntad mínima que le exige aproximarse. Cuando me estoy por ir me hace un gesto con la cabeza, estira el cuello hacia arriba como hacen los patos cuando tragan. Se queda así y como no vuelvo a hablar señala una de sus orejas con un dedo. Entiendo ese gesto como un ¿Qué? Qué dije. Qué quiero. Hago señas con la mano indicando que no tiene importancia, que sigo caminando. Ya no sé si tengo ganas de repetir toda la frase.
Ahora veo ese árbol casi todos los días, es el único de su especie por acá. Es idéntico al que veía desde la ventana de la casa de mi abuela cuando me quedaba a dormir y me dejaba el cuarto de Luis; estaba igual el cuarto, tenía los libros, la colección Robin Hood, algunos de la colección Billiken. La abuela al principio no quería que los tocara. El árbol es el mismo, estoy segura. Pero no sé qué árbol es. En el último año se ve que creció con desmesura y ahora es impactante. La calle hace una S. Si uno viene caminando de frente y levanta la vista se lo encuentra; es como si los ojos se lo llevaran por delante, estampado contra el cielo, emergiendo desde atrás, entremedio de las dos palmeras y el pino, que está de costado. Antes no se veía desde la calle. No se veía directamente. Ahora sí. A mí me gustaba Luis. Al dueño lo ví poco, supongo que porque solo viene los fines de semana. Si no es porque ahora está en el jardín con actitud de propietario ni sabría quién es. O de qué casa del barrio es. Tampoco viene todos los fines de semana. En las reuniones de acá, por decir algo, yo nunca lo ví. De lejos se parece a Luis. Hoy no es fin de semana, pero hay dos chicos jugando más allá cerca del fondo, hay sillas de plástico, mate y termo y vasitos sobre la mesa de jardín, seguro están de vacaciones. Siempre es él con los chicos nomás. Me arrepiento de haberle preguntado. Sobre las zinnias hay mariposas. Tendría que haber seguido de largo, si de todos modos qué me importa qué árbol es si no lo voy a poner en mi jardín. De puro curiosa, de puro impulsiva. Qué cosa, che. Ahora ya está y estoy parada como si estuviera esperando que me dé algo que a él le sobra. Tampoco me da para irme, pucha. Qué árbol es ese que tiene junto a la entrada. Me pregunto a mi misma. Para que se note mi intención, que la vea sugerida. Miro el árbol. Miro la altura que tiene. Me siento una idiota. Se acerca con desconfianza, ladea la cabeza y avanza, parece el Pulgui de mi vecino cuando le susurro. Pone la cabeza así, igual. Creo que no entendió la pregunta que le hice. Le pregunté porque lo ví. Porque mis hijos siempre me dicen que sea más espontánea, comunicativa, que hable con alguien, que no sea tan tímida. No sé para qué abrí la boca, y este encima me hace esperar para una pregunta tan pava. De pura curiosidad y solamente porque lo vi en el jardín, por eso le pregunté. Si no lo hubiese visto a él cuando me iba, ahí en el parque, quieto y mirando alrededor los iris y los agapantos blancos y lilas, mientras se rascaba la cabeza debajo de su gorro, con cara de estar despegándose de la siesta, hubiese seguido de largo pensando solamente en qué hermoso el árbol aquel. Y ahora cuando estoy regresando lo vuelvo a ver. Al hombre vuelvo a ver. Era como una señal, qué boba, una señal de qué, me agarró como un coraje y le pregunté. Ni sé para qué. Ese tipo antipático que ni siquiera va a querer responderme. Es como una especie de araucaria. Eso creo. No sé si hay muchas clases. No volví a ver un árbol igual. Por ahí ni es. Y cómo la abuela nunca me hablaba de Luis. Tampoco la veía llorar; cuidaba sus cosas como si un día fuera a volver. Me daba tristeza su silencio. Su andar entre las cosas que tenían sus huellas. Me hubiera gustado que habláramos un poco de él de vez en cuando. A lo mejor no lo hacía porque yo todavía era chica, y era su nieta. Y me cuidaba. Y qué se yo, por ahí no quería andar llorando delante de mí. Yo pensaba que ella era una mujer fuerte. Y sí, lo fue. Pero también era una abuela cuidando a su nieta y a lo mejor evitaba hablar conmigo de sus tristezas. Este árbol es igualito a aquel. Ella lo tenía en el medio del jardín, atrás. Yo dormía con la ventana abierta para mirarlo, y a veces entre las ramas que parecían trenzadas se veía la luna también. Las ramas brillaban. En las paredes había un poster de John Lennon que seguía en el mismo lugar, donde él lo había pegado, una foto de Mary Hopkin recortada de una revista, una postal en blanco y negro de la torre de Londres. Luis decía que quería una novia como Mary Hopkin. Todo eso se veía en la penumbra del cuarto. Yo a veces me quedaba viendo el techo de madera pintado de blanco y los estantes embutidos en la pared, sus libros y otras cosas que miraba sin tocar. Autitos, discos. Una foto de Luis con el Fitito. Miraba todo de a poco como me imaginaba que lo miraría él. Miraba por él. Para que él viera sus cosas con mis ojos. Para que no se olvidara de aquello que le gustaba. Yo quería crecer para parecerme a Mary Hopkin. Levanto la vista, el hombre está al otro lado del portón acodado con los brazos sobre las maderas, mirándome. Se ve que hace rato que está ahí sin decir nada. Sonríe. Sonrío. Le miro los ojos y sí, se parece un poco a Luis pero Luis lleva muerto tantos años. Me pregunta qué era lo que precisaba y titubeo sobre el árbol y no sé por qué le hablo de mi abuela y todo. Mientras, abre el portón y me invita a ver el árbol. Lo miramos. Es una araucaria, dice. Me pregunta si quiero tomar algo fresco. Hizo limonada con menta. Acomoda las sillas de plástico cerca de la mesa. Nos sentamos. Es un día caluroso.
Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...