lunes, 25 de marzo de 2024

Contar un dolor

 Cómo se va instalando un dolor. Cómo se mide el dolor. Primero me tengo que ordenar para no decir solo lo que siento sino  qué es. Quiero desgranar una definición. Qué es una desgracia. De eso quiero hablar.  “Una desgracia es la situación de quien sufre un suceso doloroso. Un suceso que produce dolor o pena”, (dice el diccionario).  Hay miles de formas. Lo sé. Entonces bien, cómo se va instalando un dolor. Una limitación.  Una desgracia. Depende de qué, de cuál, de la circunstancia. Solo puedo hablar entonces de mi circunstancia y de mi dolor. 

Empiezo otra vez. 

Cómo se instala un dolor en un cuerpo. Un dolor que va y viene pero que nunca se va del todo. 

De a poco. Como una llovizna  silenciosa. De a gotas, sonoras.  No siempre es igual. Gota tras gota hasta que dejamos de escuchar ese tic tic tic tic tic tic perpetuo  porque es perpetuo, porque es rítmico.   Dejamos de escucharlo porque  nos acostumbramos,  el oído lo saltea, se vuelve insensible, se nos adormece ese sentido y después dejamos de escucharlo como si no ocurriera. Salvo cuando nos detenemos un segundo a prestar atención.  Puntual.  Porque algo nos recuerda que esa gota existe y decimos, sí es cierto, y está; todavía está pero enseguida después se vuelve a perder la sensibilidad a la advertencia, al ruido, al pequeño latido de dolor que nos recuerda y nos advierte y nos pone sobre aviso,  se pierde en medio de la vorágine de otros ruidos que inevitablemente nos circundan. De otros dolores, de otras urgencias. Hasta que un día la gota es más contundente, mucho más, y salpica los bordes,  nos nubla la cabeza, enchastra las paredes, nos deja las manos huecas,  crispadas. Nos instala un gruñido en la garganta. 

Sigo aquí, dice el dolor. 

Y está. Está envuelto en fuego y escupe la lava que fue rumiando mientras estábamos distraídos.  Ha vuelto dice; y ha dejado marcas, como cuando el agua inunda y el barro deja marcada su altura en  las paredes, en los muebles, en las calles, en las casas,  en el alma de las personas.  Marcas difíciles de quitar. Como el sarro. Esas marquitas como de restos de caracoles, como grumos de piedritas, como una hilera de hormigón. Pero nos acostumbramos al sarro también. A las salpicaduras contundentes como lunares y después ya las vemos poco y después nada, o hacemos como que nos las vemos porque ya probamos todo, la cosa no sale. Es la desgracia que está ahí. La vemos de nuevo cuando otros de afuera la señalan y ahí la cosa olvidada adquiere presencia y nos preguntamos una vez más qué podemos hacer. Pero. 

Las formas de la desgracias son a veces lentas y difusas. Se levantan como olas muchas veces, olitas, movimientos ligeros que al final sacuden con una violencia que parece no tener final y luego


luego todo se calma. 

Los pájaros sobrevuelan en cámara lenta, nos dejamos maravillar con sus colores, nuestra vida parece una isla llena de mariposas y vamos nadando hasta bordear la orilla. Nos cercioramos de que en efecto hacemos pie, no es muy seguro pero podemos caminar, estamos en la orilla, el mar en calma sin agitaciones y hasta nos tocamos la cara cuando notamos que ese movimiento muscular es una sonrisa que un poco forzada surgió pero ahí está. Y parece que el dolor ya es algo lejano y hasta la ponemos en duda. ¿Fue para tanto? Cuántas veces pasa. Y queda atrás. 

El tiempo transcurre con otras cosas, vaivenes de los días, sin novedad. 

Luego algo se agita. 

La desgracia se despereza siniestra, como un animal al acecho, y algo  se desliza y cae, como una gota. Unas gotitas.  

Cómo se detiene esa desgracia. Cómo se comparte con alguien el desahogo de tener una desgracia. Quién podría entender sin juzgar.  A quién contarle. Cómo se cuenta un dolor. Cómo se mide el dolor de otro. Con qué vara. 

Un día la gotera se lleva todo por delante y después hay que volver a juntar los pedazos. Ver qué queda entero de  nosotros. Y vivir con eso. Como si nada. 




Katy Herendi, 2024





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lunes, 11 de marzo de 2024

Tres ingredientes


Las últimas ciruelas de la temporada. Las frutas del verano son las que mejor se nos ofrecen. Se abren jugosas y perfumadas, la mesada de la cocina huele a dulces melones, duraznos y peras. Invaden todos los sentidos posibles. Miro mi jardín recién llovido con todo el verde exuberante saciado de agua. La negrura de los mirlos parece un detalle intencional entre los fucsias y naranjas de las zinnias. Escucho a mi nueva vecina, aprendo su voz, todavía no la conozco. Parece mayor, pero uno se puede engañar con la musicalidad de ciertas voces. El agua del mate está lista para el termo. El aroma inconfundible que se eleva de la yerba humeante se entremezcla con el de las frutas.  No enciendo la radio, no quiero noticias esta mañana sino el silencio que los pájaros crean entre la pausa de su intercambio de trinos. Sin embargo, de pronto escucho a mi vecina. 
Mandarina, dice. 
Merengue, dice.
Chocolate. 
Ya no la oigo. No hay sorpresa ya. Repite eso muchas veces en el día. Es  lo único que le escucho decir, al menos cuando está sola. No le prestaba ninguna  atención salvo cuando su voz saltaba nuestra medianera de jazmines y  la oía decía esas tres cosas. Desde hace unos días se me hizo una manía saber qué hace,  aunque no la escuche quiero saber qué hace y porqué dice lo que dice.  Me gustaría saber si llama a una mascota, o si habla sola y las dice para fingir que no está sola, o si las dice solo le gusta cómo suenan esas palabras.  A mí me gusta decir terciopelo o me gusta decir plumeti, aunque no las digo en voz alta. Yo tenía una gata que se llamaba Canela porque me gusta la suavidad que se siente cuando uno pronuncia la palabra canela. Otra se llamaba Peshú. Están en el jardín debajo de las hortensias. Pobrecitas. 
Mandarina, merengue, chocolate.  Chocolate, merengue, mandarina. De mañana,  de tarde.  De noche también. Si la escucho desde mi cuarto me escondo detrás de las cortinas y algunas veces alcanzo a verla  en su jardín mirando entre las plantas. Siempre la veo de espaldas o solo una parte de su cuerpo. No sé qué aspecto tiene. Tiene dos enanos de jardín. O  la veo asomar medio cuerpo a la ventana de su cocina mientras seca los platos con un repasador o bate algo en un cuenco.  Tiene malvones por todas partes; también en las ventanas. De vez en cuando se asoma  con el mate en una mano y la pava en la otra. Entre un mate y otro, los ingredientes. Mandarina… y mira como esperando que pase un tren, no sé.  Pero el limonero no me deja verla bien. A la tarde recoge limones en su delantal; está ese limonero que es una fiesta; una mano para los limones, enormes, seguro que fragantes, la otra para cuidar que no se le caigan del montón. La propietaria anterior me regalaba bolsas. Doña Ñeca. Un lujo. Y también me regalaba quinotos. Yo le regalaba tomates y rúcula. Pero, la pobre, bueno.  Y a esta la escucho,  ¡chocolate!, y a veces se ríe.  A la noche merodea cerca de su garaje,  ya ni me asusta, al principio la escuchaba chancletear y me daba cosa  pero me acostumbré que era ella, lo sé porque aunque no la veía escuchaba sus pasos, su voz,  más lejos más cerca, detrás de la medianera. Chocolate…, merengue...  Qué manía. Muchas veces no gritaba, solo decía, como recordando. Mandarina, y esperaba un momento. Chocolate. Y esperaba otro momento. Merengue, y lo mismo. Una pausa entre ingrediente e ingrediente. Pensé tantas cosas sobre esa mujer a la que no conocía. La imaginé dedicada en algún tiempo lejano a la repostería, la maestra pastelera al frente de una confitería, una casa de té vaya a saber. Una confitería alemana como la que había cerca de mi casa hace muchos años. Una maestra repostera añorando viejos tiempos. Por qué no decir también cereza, marrón glasé,  crème brûlée, mazapán.  Decidí que había sido cocinera, una cocinera jubilada porque, qué la puede llevar a una a andar por su casa gritando ingredientes a distintas horas. Si al menos hubiera vociferado una receta completa hubiera podido tomar nota y ante cualquier duda consultarla, pero no es lo que pasó.  Después de la mudanza fue la primera cosa particular y rutinaria a la que me acostumbré. A esa vecina. Esperaba que un día su grito fuera: ¡Dulce leche! o ¡Crema pastelera!, no sé. A las semanas agregó bizcochito. Para bizcochito tenía reservada una musicalidad en el tono. Algo como una canción infantil. 
Bizcuchitu
¿Bizcuchitu? Sentía vergüenza ajena.   Pensé que la mujer estaba fuera de sus cabales hasta que un día, por casualidad, la conocí, nos cruzamos en la puerta cada una con su bolsa de residuos, cerrando nuestros portones al mismo tiempo, dejando en nuestros canastos de basura la basura, cerrando las tapas a la vez, casi como ensayado.  Nos saludamos y ya me estaba escabullendo a mi casa cuando se presentó. Me llamo Ángela, dijo y su sonrisa iluminó su delantal floreado, las manos fuertes de horas amasado, la sonrisa de una abuela. Enseguida aparecieron sus gatos. Uno naranja, uno blanco, uno negro. Dijo, Mandarina, Merengue y ahí viene el señor Chocolate. Enseguida se acercó Bizcochito; una mezcla de los otros tres.  Me reí de mí misma y pensé que casi le debía una disculpa pero que ya no era necesaria. Me invitó a tomar el té al día siguiente.  Le regalé mis últimas ciruelas. Y sí, es una maestra de la repostería.   


Katy Herendi (2024)
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Sabiduría ancestral

  Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...