viernes, 25 de noviembre de 2022

Pequeños textos

 Dispongo las cosas para sentarme a escribir. Todo está colocado a mi merced: el cuaderno, un lápiz, el mate, las tres rosas rojas en el vaso alto, pero no empiezo. Hay demasiado que desvía mi atención.  Los pájaros anidando en el follaje nuevo del liquidámbar. Están las mariposas en las zinnias. Son muchas. Las cuento. Todos los días paso largo tiempo contando la cantidad de  mariposas que revolotean las flores. Ocho, nueve, cuatro, quince. Siete. Me distraen las mariposas. Van, vienen, se posan, se juntan de a pares. Una sale a perseguir a otra y enseguida vuelan ensambladas formando una espiral. En loop giran, vuelan como flores, avanzan  juntas sobre el ligustro. Las pierdo y regresan tres. Me acerco a las flores con lentitud,  no se van  las mariposas. Una me rodea con su vuelo. Se aleja. Otra  se queda  cerca, tan pero tan cerca, quieta, como mirándome también. Exploro el dibujo de sus alas, dos láminas delgadas que la sustentan.  Redondeles negros, bordes oscuros algo azules, polvillo anaranjado;  del revés una capa fina de ceniza lunar. Pliega y despliega las alas y luego también va.  De una flor a otra, de las rojas a las fucsias, de las fucsias a mis hombros, de mis hombros a las flores, en un movimiento inagotable. 


Anoche, él trajo rosas. Tan contenta su cara de esas tres rosas rojas. Le dije que eran muy hermosas pero pensé que  hoy estarían deshojadas sobre la mesa; tan abiertas están. Pero no. Ahora están en un vaso alto en mi escritorio. Busco mi lupa para mirarlas en detalle. Una tiene, ahí, una araña. Verde la araña, o tal vez amarilla. Diminuta. Nunca vi arañas del color verde de una manzana. Detesto las arañas aunque se presenten en colores. De todos modos  acerco mi cara detrás de la lupa enorme, a pesar del asco que me produce esa pequeña araña verde y a pesar de que ella levante sus dos patitas delanteras, desafiante. Ahora camina por los pétalos, por el borde. Cómo será el paisaje que ella tan pequeñita ve como horizonte aterciopelado. Qué se siente cuando uno recorre el borde de un pétalo de rosa; una orografía suave con esa ligera ondulación. Algo, terso, hecho de capas superpuestas de texturas delicadas. Quién merece pasear por el paisaje de una rosa. 


El jardín así, en quietud, sin viento,  apenas acariciado por una brisa ingenua, es una lámina desplegada en todas las direcciones. Detenida la imagen. El sol evapora el rocío, la última gota titila: una gema en el pasto;  las mariposas dibujan surcos transparentes en el aire. Doce sobre las zinnias. Todo el movimiento del jardín, las mariposas. 


Hay ruido de agua en la pileta vecina. Un murmullo de cascada diáfana. Las chicharras hablan sobre el calor; hay  trinos.  El jacarandá esparció sobre el pasto un manojo lila que ilumina el fondo del jardín. 


Quizás ya no pueda sentarme a escribir, hay demasiada belleza alrededor.


lunes, 21 de noviembre de 2022

Tres apuntes acerca de ella

 MUCHÍSIMO ANTES

En su cuarto sonaba el despertador; ella enseguida lo apagaba. No lo dejaba  más que unos  segundos como si  hubiese estado  esperando, pero aquel sonido  era suficiente para que me despertara también. La llama  del encendedor iluminaba el ángulo abierto de su puerta, de una manera tenue y fugaz,  el olor a su primer Jockey del día. Recién después se levantaba iba a la cocina,  hacía café. Otro cigarrillo,  el  aroma al café recién hecho. Se sentaba a tomarlo en el banquito azul, al lado de la ventana. Entonces amanecía. Después se duchaba y se iba a trabajar. Quedaba su perfume. El espejo empañado en el baño. El persistente aroma del café.  No la veía hasta la noche. A veces me dormía antes de que volviera. Trabajaba muchas horas, incluso doble turno. Era muy joven. Era hermosa.   Todo el mundo me dijo eso siempre. Qué mujer hermosa tu mamá. 

Me acuerdo no sé por qué ahora. De eso hace un montón de años. 


DESPUÉS

Firmamos unos papeles. Entregamos su documento.   El hombre dice que tenemos que elegir un ataúd, pero no se levanta de la silla después de decirlo, como si nos diera tiempo para algo, para que nos caiga la ficha de lo que nos toca hacer ahora. Mi hermana y yo nos miramos. Después sí, se levanta y nosotras también.  Seguimos  al hombre por un pasillo en L. Nadie habla. El hombre se detiene ante una puerta pintada del mismo amarillo  de las paredes. Un color pálido que me recuerda una puerta de mi infancia. Nuestra vecina tenía una puerta así, de ese color amarillo, apenas amarillo. Una puerta sólida. El hombre la abre apenas, se detiene,  nos mira.   Inclina la cabeza.  Dice, ¿vamos? por decir algo, supongo, para romper el silencio.  La puerta de la que yo hablaba daba a la cocina.  Esta no.  Pienso en lo que estamos haciendo. Un cajón para mamá. No puedo creer que  esté ocurriendo. Me doy cuenta de que estoy tomando distancia. Mi  mente  toma distancia, como si armara un escudo entre la realidad y yo. Soy consciente. Puedo sentir eso. Lo que hace mi cabeza como arma. Pero yo quiero ver y quiero recordar. Por qué no estoy llorando. A pesar de todo mi cerebro se anestesia. Por qué no puedo dejar de pensar.  El hombre abre la puerta, del todo. En un segundo se ve el salón. No es enorme. Está repleto.  Nos movemos con cuidado entre las hileras de cajones.   Algunos están inclinados, otros apoyados contra la pared, como de pie.  O casi. Todos abiertos para que se vea el interior. 

La lista de precios está en una carpeta gastada colocada en el ángulo de un ataúd de color roble, laqueado. El interior tiene una tela blanca que parece seda, trabajada como un acolchado  matelaseado. Hay un plástico encima. Me quedo viéndolo un momento. Es  para preservarla del polvo dice el hombre.  Su mamá va a cremación, dice como si yo no supiera.  Me señala dos indicados para ese fin.     Pregunto cuándo  van a ir a buscarla. Me dice que cuando nos vayamos. 



UN POCO ANTES

Una casa no es la madre. La casa tiene su perfume, no el perfume que ella usaba sino un perfume que está impregnado en todos sus objetos y que le era propio.  Natural.  En los muebles, en los placares, en la alfombra, en los papeles que guardaba. En su ropa. La casa está intacta, preparada, como si ella, en cualquier momento,  pudiera aparecer saliendo  de la cocina con su taza de té y se sentara a leer el diario. El ACV pasó entre la noche del viernes y el sábado a la mañana. Lo sé porque el diario del sábado y el del domingo estaban en la puerta sobre el felpudo,  sin levantar.  Los recogí ese lunes después de que quedara internada y necesité ir a su casa para ver no sé qué. Para ver qué había hecho ella antes. Como si ahora importara. No estaba pero estaba, en todo. En la heladera estaba su pan negro. Y la mermelada.  En la cama revuelta un cuaderno y un libro. En el suelo, debajo de la cama, sus pantuflas, el recorte del diario sobre  la visita del premio Nobel africano que había estado en la feria del libro. Ella me llamó por teléfono el jueves a la noche. Yo había salido al jardín para hablar, así podía fumar;  hablamos del escritor. Se sorprendió de que lo conociera. Me sorprendí de que me preguntara.  Le dije que había leído "Desgracia", hacía mucho.  Se sorprendió más. Fue una conversación repleta de sorpresas. Unas noches  atrás. Apenas. Una noche tan fresca. Linda. Calma. No solía pasarnos.




Katy Herendi

noviembre 2014


lunes, 14 de noviembre de 2022

Usted no olvidará

 

Usted nunca olvidará lo que hizo. Manotea el interruptor en la oscuridad. Ese maldito sueño  lo va a enloquecer. Lo sabe. Lo va a enloquecer. Un sorbo de agua. Cierra los ojos pero la escena vuelve a repetirse igual. Todo es idéntico. La secuencia no tiene fin. Alguien tiene el comando de su cerebro. Usted nunca olvidará lo que hizo. El sueño lo vence, usted tiembla. No quiere dormir  más. Le toca temblar. Se duerme. Sueña. 

Sueña.

    Usted la mira. Allí donde duerme, la sábana ha tomado el movimiento involuntario y sinuoso que, en el sueño, el cuerpo ha dibujado. Su cuerpo en el relieve de las sombras. La voz de la mujer desconocida aún vaga en los arcanos túneles de su mente.

    ¿Se ha enamorado alguna vez?

    Es como un hilo de bruma su voz. Lo rodea. ¿Se ha enamorado alguna vez? A usted se le repite la pregunta, la voz de ella, una vez y otra. La voz insiste. En el sueño vuelve su mirada al mar, a lo que apenas ve del mar a estas horas.

    ¿Se ha enamorado alguna vez?

    La oscuridad, el sonido de las olas que se repliega entre las cosas dispersas del cuarto, la bruma que se levanta sobre el agua, todo,  se quiebra por la pregunta que se repite. Y usted quiere hacerle daño, que su voz no vuelva a hacer la maldita pregunta; morderle la boca para que su silencio sangre. 

    ¿Se ha enamorado alguna vez?

    Imagina empujarla allí, al balcón, y luego sin más que se esfume en el aire, que se la lleve el viento, que desaparezca con una oscilación ligera en la profundidad del mar. Imagina que ella toca el agua al caer, que quizás lo salpique el sonido tenue y húmedo de la pregunta impertinente; las palabras que ha unido para soltarlas juntas en el hueco seco que usted tiene en lugar de corazón.

Se despierta. Alguien tiene el comando de su cerebro. Ese maldito sueño. Un sorbo de agua. Manotea el interruptor en la oscuridad. Ve que está solo.  Cierra los ojos. La escena está pegada a su retina. Todo idéntico. El cuarto es blanco. El cuarto sin ventanas.  La secuencia de escenas. Alguien tiene el comando de su cerebro. Usted nunca olvidará lo que hizo. El sueño lo vence, usted tiembla. Le toca temblar. Sueña. Alguien tiene el comando de su cerebro. Usted nunca olvidará lo que hizo. 

Usted nunca olvidará lo que hizo. 

Usted nunca olvidará lo que hizo.



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Katy Herendi 

(Este texto lo escribí recordando un fragmento de un cuento de Marguerite Durás que leí hace tantísimo tiempo)

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jueves, 10 de noviembre de 2022

Otra vez noviembre

NOTAS

 


Encuentro estas  notas:


. Sigue igual en la misma posición inmóvil de ayer. Y así va a estar mañana.


. ACV, una pared que se levanta de pronto entre una vida y lo que resta de ella. 


. Definitiva. Eso dijeron, definitiva.


. Ella se quedó con tantas respuestas. Algunas preguntas no las hice. 


. La vida es así, dice la médica de guardia del piso y la veo mientras se va dentro de su guardapolvo con estetoscopio por el pasillo. Mi mamá almidonaba sus guardapolvos con  Colman. Por qué pienso en eso ahora.  Quedaba rígido el guardapolvo. Los fines de semana usaba Azul y almidón Colman. 


***


Un día voy a hacerlo. Tengo que juntar  lo que escribí mientras mi mamá estuvo internada.  Esos días escribí muchísimo,  todo el tiempo. No podía dejar de registrar, de desahogarme, de hacerme preguntas, pero sobre todo quería recordar. Escribía  en cualquier superficie, en papelitos que metía en los libros y que después olvidaba.  Llevaba conmigo un par de libros porque las esperas eran largas a veces, pero el viaje era largo todos los días. Solía olvidar mi cuaderno, no siempre pero casi, sin embargo tenía la cartera repleta de biromes y lápices. Escribía en cualquier parte. En lo que tuviera a mano. Pensamientos sueltos, cosas importantes para mí. Recordatorios, imágenes fugaces,  instantáneas. Todo servía para anotar. Servilletas,   volantes, facturas de compras, las hojas en blanco de los libros,  los márgenes. En un celular que después perdí.  Donde fuera posible anotar. Encuentro textos hojeando viejos libros. Salen a la luz muchas veces. Papelitos olvidados. 

Un diario no, pequeñas notas.  Necesitaba recordar. Detalles. Olores. Ciertos rituales. Gente que conocí.  No quería olvidarme de esos días. Transitábamos el final de su vida.  El final de la vida de nuestra mamá. Quería tener recuerdos nítidos, conservarlos lo más certeros posible, para no perderla del todo. 

Cada uno resuelve estas cosas como puede. Son actos inútiles tal vez, pero leyendo algunos registros me digo, ah, cierto… y me acuerdo casi perfecto. Y me agradezco.  


 

Katy Herendi


 

jueves, 3 de noviembre de 2022

Secuencia

Imagino esta secuencia de escenas. Es como mirar a contraluz el rollo de una película, el negativo. Según cómo incide la luz cobra cierta nitidez. Una imagen fija al fondo. Delante pasa un tren a distintas horas.La imagen fija al fondo. Las sombras cambian de lugar, de un extremo al otro del cuadro, desde que amanece hasta la noche. Todo igual. Igual, igual. Paisaje, tren que pasa, paisaje, tren que pasa, así siempre. La imagen al fondo, fija. El sol allá, arriba, allá y atardece. Sombras. Todo igual.  Lo que se modifica es la luz, o que a veces se ve llover o que hay viento. Hojas que vuelan hasta que ya no hay más hojas para volar. Cambian las estaciones. Llega la primavera. Aire tibio, pájaros, hojas. Hojas de nuevo. En su cocina el almanaque no marca los días. Sigue siendo aquel primer día. 
Pasan las semanas y pasan muchos meses, ahora todo es inercia. Inercia para levantarse, para las visitas, para mirar sus ojos.  Para ver si te reconoce, hoy creo que si, hoy seguro que no, no, no  te va a reconocer nunca, sin embargo tal vez. No sabemos. Esa inercia.  Para dar por sentado que todo todo todo siempre seguirá, si no mejor al menos igual. Que el destino está detenido en un punto y ya no cambia. Ni avanza ni retrocede. Todos los días idénticos a uno que un día fue y que después se fue repitiendo igual a ese, que no sabemos cuál fue. Exactos como fotocopias. Como la grabación de un juego de pelota. Va la pelota, la tiro, la devolvés, está todo registrado, no hay sorpresas, no hay riesgos. La pelota tiene ese peso exacto, va y viene, va y vuelve, la distancia es corta, viene y va, no hay expectativas, nos volvemos hábiles en anticipar lo que sigue. Ya sabemos todo. Está grabado así.  Esa pequeña pelota va y va y vuelve y vuelve, no pesa nada. No pasa nada. 
Un día te tiran un adoquín. El vidrio estalla. La pantalla se desperdiga en cristales gordos, el juego acabó. Eso sentí cuando dijeron lo que dijeron. En la habitación del segundo piso la ventana abierta, el suelo  húmedo todavía, la cama hecha. Con sábanas nuevas, sin arrugas y sin ella. 
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Katy Herendi

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martes, 1 de noviembre de 2022

Ay, la Paca

Que no era acá, que no era allá, ni debajo de aquel pino, sino de aquel  otro, parecido pero no,  tampoco. Que era un pino  más bajo, más gordo, más alto; idéntico. La tía Pepa dijo que quizás, quién sabe, en una de esas, a lo mejor, en el cementerio a la Paca la habían cambiado de ubicación.  Así nomás y sin avisar, como quien dice agua va, de repente y porque sí. La tía Pepa dijo  que no había consideración: somos la familia o qué. Para eso hizo dos montoncitos con los dedos y los agitaba con vehemencia a la altura de sus pómulos. Cómo que no nos avisan a nosotros: SOMOS LA FAMILIA. Y lo dijo así, todo con mayúsculas, para que se entendiera bien la relevancia que ella le daba a ciertos asuntos. Aunque también le gustaba mucho aclararnos que ella era más familia de Paca que ninguno de nosotros, porque era LA HERMANA. Y sí, también lo dijo con mayúscula porque la tía Pepa era de usar mucho la mayúscula, por el énfasis. Y también era mucho de las comillas con los deditos, pero esa vez se le olvidó. Decía que era MÁS FAMILIA por ser LA HERMANA, y además por una cuestión de antigüedad, que nos quedara claro.  Nos llevaban añares de ventaja. Que no nos fuéramos a creer vaya Dios a saber con qué más derechos que ella,  habrase visto. 
La tía Pepa hablaba haciendo gestos; siempre. Ése día más gestos que nunca. Ay, la Paca. Para que todos escucháramos por igual caminaba dando giros. Giraba y seguía buscando a la Paca, con la cara ya alistada para la sorpresa del encuentro. Al hablar movía la boca gesticulando ampliamente para que algunas palabras pudiésemos leérselas en los labios, porque había que tener “en cuenta” entre los nuestros a los que ya no tenían sus oídos “despabilados” como otrora.  (Las comillas son de la tía Pepa).  
A la tía Pepa los ojos se le abrían con desmesura, hasta los límites de lo permitido por la naturaleza humana. A los más chicos eso les daba una risa…, un esfuerzo más, unos milímetros más de apertura exagerada de los ojos, y sus globitos oculares saldrían de sus cuencos y se perderían entre las calles del cementerio sin remedio; caerían como dos  bolitas, dos canicas de vidrio de las grandes y blancas, y rodando, rodando por ahí,  irían a perderse en algún sumidero. Y estaba lo de las cejas también.  Las delgadas líneas de los que supieron ser sendos y frondosos marcos para sus ojos ambarinos, y que ahora estaban dibujadas con lápiz negro, le subían y le bajaban, se unían, se ponían raras, en desniveles imposibles; varias capas diferenciables de asombro. En cuanto a sus brazos apenas regordetes, prevalecía  el movimiento, sin importar si estaba exaltada o a punto de unir sus manos en oración. O dando indicaciones a un tráfico inexistente: iban y venían y de pronto, eran fuuummm un trompo loco. 
La tía Pepa iba al frente de la comitiva para encontrar a Paca pero, la comitiva que formábamos aquel mediodía, había sido originalmente conformada para darle el adiós postrero a otro familiar, que sobre el mediodía ya había sido enterrado, honrado, dejado atrás y relegado porque ahora lo que todos ansiabamos, de una buena vez, era encontrar el sitio de la Paca. Pero, ¿dónde había que buscar a esa mujer? ¿Dónde escondían a la gente de bien en ese cementerio de mala muerte? 
Pasado ya ese mediodía teníamos en el haber de nuestra memoria más de un centenar de nombres de lápidas, y algunos comenzaban a repetirse. Uno de los críos protestó, ¿cuántas tumbas faltan para encontrarla a la tía Paca?, y mordió el alfajor enorme que le habían llevado por las dudas de que la ceremonia se demorara. La tía Pepa se detuvo en medio de la calle empedrada y husmeando el aire dijo, estamos girando en redondo,  así no la vamos a encontrar ni muertos, ni para el día del juicio final. Y, agregó, que encima ninguno traía ni una mísera flor, manga de tacaños,  que a la Paca le agradaban tanto, dijo. Ni cortos, que en la familia son todos altos, ni perezosos, que los había pero no era el momento de traerlo a colación, unos tomaron prestadas flores de algunas tumbas nuevas, previo santiguarse con la promesa vana de regresar con varios ramos para reponer.  Otros dijeron que ni locos que estuvieran, que devuelvan esas flores, que lo de la maldición y eso, y salieron a la puerta a comprar un ramito, y de paso varios ni volvieron. Así estaban las cosas cuando un murmullo creciente terminó convirtiéndose en el griterío habitual de las reuniones, Acá está, acá está, dijeron unos. La encontramos, dijeron otros, ¿Ya podemos irnos a casa, má?, esto último fue dicho con la boca desbordante  de alfajor de chocolate. Otras bocas, libres de gluten, repitieron: La encontramos, la encontramos, ahí está.  Por fin con este calor. Y así fue. Paca estaba justo donde la habíamos dejado, sentadita en el mismo  banco de mármol,  debajo del pino alto, terminándose un helado que solo el Supremo sabe de dónde diablos sacó. Al vernos llegar, todos y cada uno con flores en las manos, y nuestras caras compungidas expresó: Que no he muerto. Y volvimos a las casas tan felices. 


Sabiduría ancestral

  Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...