miércoles, 27 de diciembre de 2023

Tres deseos


a Silvana Fuego


Ya estaban por cantar el feliz cumpleaños  pero nadie dejaba de mirar la pantalla   sin volumen pero encendida por si  mostraban algo.  Pedí tres deseos, pedí tres deseos, insistía Martincito que no paraba de dar saltos agarrado a la mesa con el bonete tirado para atrás. Parecía que le salía un pico metalizado de la nuca. Ya estamos todos, dijo  mamá, ¿prendemos las velitas?  Pero todos era solo una forma de decir. A Vero y a Teté no las habían dejado venir, por lo mismo que  mis primas no iban a venir:  por lo del alunizaje.  Las tías le dijeron a mamá que pasarían  otro día a saludar. Que no todos los días un ser humano llega a la luna. Pasar a saludar otro día quería decir que el regalo me lo iban a traer otro día o quizás nunca. Era un cumpleaños armado en pedacitos, como un rompecabezas.  Eran muchas primas, todas nenas que iban a pasar con sus mamás después de los colegios. Una el martes, dos el jueves, la otra capaz que el viernes. ¿Y qué, mi mamá iba a hacer otra torta para cada vez? ¿Y yo tenía que estar igual de contenta como si de verdad cumpliera años de nuevo en un montón de días distintos? ¿Para qué me habían festejado mi cumpleaños ese día de la luna? O mejor dicho, para qué se les ocurrió a esos ir a la luna justo en mi cumpleaños. Había un montón de días más para poder ir. Al menos vinieron los tíos Pepo y China, vivían en el mismo ph, en el primero, no les costaba nada dijeron. El tío Pepo y la tía China ya se habían acomodado en el sillón grande desde que llegaron. Mamá decía que le dejaran libre el almohadón a la abuela, que así se sentaba a ver ella también. La abuela decía, no importa, quedense tranquilos.  Y se quedaron tranquilos.   No se levantaron más.  Mamá decía, no sean así che, dejen lugar. Entonces  ellos movían el trasero y se desplazaban un poco o para un lado o para el otro, según si se acercaba  la abuela o mamá. Mientras tanto iban comiendo los sandwiches de miga, saladitos y empanadas que mi mamá iba dejando por tandas en los platitos. El tío Pepo explicaba  cosas que tenían que ver con la luna; detalles en los que  de pronto se había vuelto un  experto. Hablaba de la luna como si fuera el mismo patio de su casa. Era como un  especialista en cohetes, y la tía China sabía todo sobre la vida de los astronautas y sus esposas. 

La torta había quedado medio chueca por primera vez. Abajo se quemó,   hubo que rebanar toda la base y tirarla.    Mi mamá dijo que no importaba, que total ni se notaba.  Martincito cuando llegó lo primero que dijo fue, la torta está torcida, qué asco. La tía China le dio un pellizco a Martincito, todos nos dimos cuenta porque él chilló, además  la tía siempre hacía lo mismo cuando Martincito decía lo que no tenía que decir, que en general era casi siempre. Después la tía dijo lo mismo  que mamá, qué importa, total se come igual. Mamá y la abuela habían estado todo el día  con el televisor prendido haciendo guardia a la espera de  que ese hombre estacionara el cohete en la luna y se bajara de una vez. La abuela decía que esperaba que el cohete no se hundiera, porque ella pensaba que a lo mejor el piso no era firme  sino que era como las arenas movedizas de las películas. El mundo completo estaba mirando algún televisor. Justo el día de mi cumpleaños. Yo pensaba que ojalá la abuela tuviera razón. Mamá a cada rato repetía, ¿te das cuenta lo que es eso, todo el mundo viendo lo mismo? El mundo entero esperando que ese cohete de mierda  se bajara en la luna y después qué. Yo esperaba que bajara y se hundiera y  chau pinela, así podíamos festejar mi cumpleaños. Pero de lo que menos se acordaba todo el mundo era de  eso. Yo también miraba la pantalla de vez en cuando, para ver si llegaban de una vez.  Y también de vez en cuando salía al jardín a ver si se veía algo en el cielo, pero no se veía nada. La Apolo había estado dando vueltas y vueltas en el espacio, dando vueltas y más vueltas en la cabeza de mi mamá y de mi abuela,  mientras yo daba vueltas y vueltas en el jardín pensando en si se habían acordado de  los regalos que me habían prometido. Qué cumpleaños más  aburrido. Todo había salido un poco mal. A la mañana habían calculado mal el tiempo,  abrieron la puerta del horno muy pronto, entonces la torta se bajó. No importa, no importa, dijo  mamá y encima muerta de risa la metió en el horno otra vez. Después charlando por teléfono la dejó pasar  hasta que un poco se quemó. Y encima me echaron la culpa, que cómo no me había dado cuenta del olor a quemado. A mí nadie me dijo que cuidara la torta.  Sacaron el bizcochuelo y estaba inclinado, más de un lado que del otro. Otra vez mi mamá dijo, No importa, no importa, y prometió que la iba a dejar hermosa. Dijo, Her-mo-sa.  La decoraron con bolitas plateadas. Odio las bolitas.  Las odio.  La abuela dijo que a una parte no le iban a poner para que no se le rompiera la dentadura postiza.   Después mandaron a Nacho a comprar  más velitas  porque las que habían comprado nadie sabía adonde habían quedado.  Nacho volvió sin las velitas porque se entretuvo jugando un picadito con los chicos y para cuando se acordó la panadería había cerrado. Mamá dijo,  no importa.  Usaron las que quedaron del cumpleaños de Nacho,  celestes y gastadas por la mitad.  Alcanza justo para que soples, dijo mamá después de hacer el gesto con el que acompañaba el “no importa, no importa”, que esta vez no pronunció.   Al final cuando todo estuvo más o menos listo, y los sanguchitos en la mesa se estaban terminando empezaron a cantar el cumpleaños feliz. La abuela estaba nerviosa, decía, ya está bajando, ya está bajando. Pero hacía como una hora que decía lo mismo así que mamá dio la orden: Cantemos ahora.  Todos se pusieron de pie pero cada uno tarareaba el  feliz cumpleaños a su manera, como si nadie conociera la letra.  Todas las caras clavadas en el televisor, el cumpleaños era un completo desastre. Martincito era el único que estaba atento y decía: pedí tres deseos, pedí tres deseos, y cuando estaba por pedir el tercer deseo las velas se apagaron y al hombre se le ocurrió pisar la luna. Todos aplaudieron al astronauta.  Detesté a ese Neil Armstrong.  Quién se pensaba que era ese para quedarse con mi cumpleaños. Y decí que las velas se apagaron enseguida, justo  antes de pedir mi último deseo, así que los astronautas volvieron a la Tierra, sanos y salvos.



Katy Herendi, noviembre 2023





 La revista Literarte digital publicó este cuento en su número de diciembre. 

Te dejo el link y te invito a leerlo: 

 Declarada de Interés Cultural-Secretaría de Cultura-Presidencia de la Nación Argentina : Katy Herendi-Argentina/Diciembre 2023 (revistaliterartedigital.blogspot.com)

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domingo, 3 de diciembre de 2023

Sentada en el domingo repleta de recuerdos

 Estás sentada en el domingo repleta de recuerdos. En el sillón más grande envuelta en una manta desordenada,  con el libro que acabás de cerrar, un dedo marcando la página, el libro sobre tu regazo. Estás ahí  pero pensando en que estás sentada junto a aquella mesa en ese bar  bucólico,  de domingos  lejanos. La mesa del rincón, la  última ventana. El lugar bellamente oscurecido por la tarde,  junto a la estación, las palmeras y el tren que  pasaba. La estación que veías, de paredes blancas, de madera pintada, con  los manchones de humedad como mapas, manchas verdes, que empezaban abajo, cerca del pasto, que trepaban las maderas pintadas de blanco. Bajás un poco el libro para pensar en eso. Recordás en el aire tibio  el olor a té y a las  facturas alemanas horneadas en la cocina del lugar, el calor de una salamandra, el lugar adonde ibas a escribir, o más veces a leer.  Sola. Te gustaba  el silencio  tuyo un poco moteado del murmullo de charlas ajenas, algo lejanas, como campanas de la tarde llamando a  misa, un murmullo a veces interrumpido por  risas, o cucharitas, o una silla. Quisieras estar leyendo ahí, pero ahí es lejos ahora. El último párrafo es triste. La última oración. La frase del libro. Te recordó ese lugar con el olor a té de flores y mermeladas.  Te dan ganas de estar ahí viendo cómo la noche llega, el cielo se oscurece y los faroles de la calle riegan sobre la calle su dorada luz encendiéndose de a poco. ¿Es realmente triste la frase? ¿para quién, para vos, o es triste en general? Por qué todo te da ganas de llorar.   Te pensás como si te vieras desde afuera. Otra vez. Siempre  resultaste un poco rara.  

Ese lugar, no el bar, la estación, es un recuerdo de antes también. Mirás algo en el suelo que no está en el suelo ni en el borde de la mesa sino en tu cabeza. Los ojos lejos, en el tiempo que te trajeron anoche envuelto y que te mostraron: tus recuerdos, ¿te acordás de…? Algunas personas, anoche, en una fiesta te dejaron pedacitos de días viejos, muy viejos, tanto, tan difusos, tan pegajosos que se te fueron quedando como arena,  y hoy estás así de triste porque te los vas despegando y aparecen otros días. Una cadena de instantáneas borrosas.  Tantas personas por ahí que tienen pedacitos de días de tu vida que vos ni recordás.  Escuchaste partes, completaste con asombro. ¿Yo era así de verdad? Las personas te trajeron pedacitos de cómo te veían. Hace mucho. Hay fragmentos de nuestra vida esparcidos por todas las mentes que coincidieron con nosotros alguna vez en nuestra historia. Partes diseccionadas de la vida, como recortes de una película. Hay quien recuerda  pedacitos de nosotros que ni siquiera reconocemos.  Alguien me dijo, no puedo creer que no te acuerdes. Y me disculpé. No sé por qué pero me disculpé y  lo mismo no me acuerdo. Dos mujeres más allá, levantaron de la bandeja copas de champagne. Brindaron pero una dijo,  No puedo creer que hayan muerto.  Hacía un momento esas mujeres habían estado sentadas más cerca, dejando anécdotas sobre este lado de la mesa, partes de días que vivimos, cosas que compartimos entonces. Todas pusimos piezas de memoria sobre la mesa,  como si completáramos un rompecabezas en común. Después vimos que faltaban demasiadas piezas. Compartimos un tiempo de adolescencia. Pronto me mudé a otros barrios y a otras escuelas también. Y no supe más nada de nadie. Era demasiado joven. Reponemos recuerdos, días, personas. Hablan de mí como si yo no estuviera y me estuvieran recordando. Algunas con una sonrisa, unas ni saben quién soy, otra me conoce más y sabe más de mí, eso me resulta sorprendente, otra recuerda detalles que al cabo de unos días empiezo a recordar también. Ella sabe cosas concernientes a mí de esa época, mejor que yo que olvidé tanto. En mí hay muchos silencios. Huecos, como agujeros negros donde las cosas se pierden. Siento que lo que tengo que decir es extraño, aunque tal vez no lo sea. Es lo que siento. Siempre un poco extranjera. O rara.  Me mudé tanto, cambié tantas escuelas, conocí tantas personas, se me confunden, no recuerdo casi a nadie. Es una pena no tener esos lazos tan fuertes. Ellas los tienen. Son fuertes, eso las forma y  las conforma, tienen historias en común. Son mujeres adultas que se reúnen y vuelven a ser un poco aquellas adolescentes.  La amistad entre las mujeres es algo mágico,  curativo, cuando sucede. Como si fuésemos un poco nuestras propias madres o hermanas. Ellas poseen eso. Yo fui siempre más solitaria. Desde niña. Una  de ellas vuelve a repetir, no puedo creer que murió, como si fuese algo reciente, algo que alguien le acaba de susurrar al oído, como si le hubieran dejado una nota manuscrita en un bolsillo. La veo transformarse, tomar conciencia. Lo vuelve a hacer. Lo está procesando. Sintonizo con ese sentimiento de incredulidad porque de aquellos que frecuentamos, algunos ya se fueron.  Los que se fueron se llevaron algunos de nuestros gestos, algún secreto, las gélidas mañanas oscuras  del invierno, algunas fragancias tibias de primavera.  A esta altura de la vida eso ocurre. Alguno se llevó un beso fugaz que nunca nadie supo. Me gustaría estar arrebujada en un sillón, en aquel lugar con olor a té en el aire, ver pasar el tren solitario del domingo,  con estos pensamientos. Por ahora tenemos en guarda la parte que nos toca de la historia. Hasta que se vaya perdiendo en el tiempo. 



Katy Herendi, 2023










#relatos



Sabiduría ancestral

  Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...