viernes, 31 de marzo de 2023
Amigo calle abajo, por Katy Herendi
jueves, 30 de marzo de 2023
30 de marzo de 2023
Hay toda una promesa de verdes alrededor para desprenderse de las ramas y convertirse en oro. Para tapizar las calles, los jardines, las veredas de dorado, un tiempo nuevo de esperanza color cobre. El bello otoño luego del tórrido verano. Un tiempo que ofrece calma. Ojalá.
viernes, 24 de marzo de 2023
Marías
Se llamaban María. Las dos. Se habían conocido en la oficina en pleno fervor futbolístico en la primavera del ´78, en la época en que todos éramos derechos, humanos y muy argentinos en la cancha. Una, tenía diecinueve años, la otra treinta y uno.
María grande era separada, no tenía hijos, era actriz y peronista. María chica era soltera, guardaba unos cuantos amores en su diario íntimo y era cualquier cosa que no tuviera que ver con la política.De esos temas no hablaban.Una por no querer influir sobre la otra y la otra porque no le interesaba en lo absoluto. Desde que sus vidas se habían cruzado entre las cuatro paredes grises de una empresa que siempre parecía a punto de presentarse en quiebra se convirtieron en amigas y confidentes.
María chica admiraba a la grande.Había comenzado un curso de teatro para ser como ella. María grande quería a la otra porque la consideraba una buena piba, compinche, y en ese tiempo tan tumultuoso, era bueno tener a alguien en quien confiar, lejos de la efervescencia política.
Ese día caminaron durante horas por el centro.Una de ellas iba callada y meditabunda, con la mirada triste, mientras la otra revoloteaba a su alrededor como una mariposa moviendo los brazos flacos como si fueran aspas.En casa de María grande tomaron mate como todos los días, hablando de hombres, astrología, las dos tenían el mismo signo en el zodiaco, y de bueyes perdidos. Compraron mucho helado, una botella de champán y, en lugar de Don Pedro, tomaron una mezcla de ambos que bautizaron como Don Jean Pierre. Por la tarde volvieron a deambular sin rumbo fijo. Hablando casi al mismo tiempo, aunque por momentos caían en un mismo silencio abrumador que no querían permitirse. Así que cuando eso ocurría la otra inventaba para quebrar el laconismo algo como ¿Te conté la vez que Serrat me quiso levantar y lo rechacé? Para que la otra le responda: Y las veces que te habrás arrepentido. Las risas disipaban brevemente la melancolía.
En la avenida Corrientes recorrieron librerías viejas hojeando libros usados.Una María le obsequió a la otra una antología de Machado.Y terminaron el día tomando cortados en el café La Paz.
María sabía que María estaba demorando en hablar.pero no preguntó, para no invadirla. La chica miró a la grande con ternura y la grande desvió la mirada húmeda maldiciendo al humo del cigarrillo.Una dijo, Tenemos suerte las dos, ¿no? .Yo nunca tuve una amiga como vos. Ojalá sea para siempre. La otra suspiró. Le preguntó si había memorizado la dirección de España que le había dado, y si no se le había ocurrido la mala idea de anotarla .en algún lugar. La chica dijo que sí y arqueó la boca en un gesto infantil, mientras una lágrima caía dentro de su café. La grande le tomó las manos y la miró en silencio con una sonrisa. Se despidieron con un profundo abrazo, interminable, que significaba más de lo que podían decirse.
María aguardó para siempre que la otra volviera algún día de su largo viaje, o que al menos alguna vez respondiera a una de sus cientos de cartas. La otra, la grande, nunca llegó a salir del país. La misma noche en que se despidieron cuando con una pequeña valija partía rumbo a Ezeiza tres hombres la subieron a un coche y se la llevaron.
Sin embargo en sueños rondó a su pequeña amiga para que nada malo le sucediera, cubriéndola con sus alas hasta el día que pudieran volver a encontrarse.
©Katy Herendi
Concurso A toda Palabra. AlgoQueLeer, 2001
MENCIÓN ESPECIAL CATEGORÍA CUENTO
Publicado en la revista ALGOqueLEER n° 37 - Ediciones AqL
#NuncaMas
viernes, 17 de marzo de 2023
Una casa
Dijimos que hacía rato no veíamos al hombre. Que ya no había luces encendidas. Ni el auto. Ahora hay dos carteles de Venta. Un cartel al frente y un cartel en el costado. Dijeron que el hombre había muerto. La casa está sola otra vez. Nueva. Con el pasto hecho un yuyal.
Texto y fotografía, Katy Herendi
#relatosbreves #escritura #diario #caminatas #mujeresqueescriben
Ciclos
Los ciclos se cumplen a pesar de todo. A pesar de uno. A pesar de que uno no esté presente para acompañarlos ni para verlos, los ciclos se cumplen. Voy a caminar otra vez. Ahora que las temperaturas bajaron algo, que los cuarenta y pico de grados y rondando se calmaron un poco tras la lluvia de anoche. Y salgo muy temprano hoy, son las 7 de la mañana y no hay gente dando vueltas por el barrio, ninguna otra persona caminando, uno o dos autos, una mujer pasea a sus dos perros y yo camino. Camino mientras le dicto esto a mi teléfono. Para decirle lo que veo. Es marzo, pronto empieza el otoño, en cinco días más, comienza el otoño. Y no parece, por las temperaturas torridas que estamos teniendo. Voy a llegar a la plaza y darme vuelta para verla por completo porque es una hermosa plaza. Me sorprenden las copas amarillas, amarillentas y verde claro, la cantidad enorme de hojas que ya están en el suelo. El otoño está próximo aunque la temperatura no acompaña, aunque la temperatura indique que es un verano de una Argentina que se prende fuego. Hay muchas muchas hojas en el suelo, muchísimas. Hay ramas enteras que están todas amarillas y ocres. Más que el otoño parecen quemadas desde la raíz. O es el otoño, no sé. Como sea, hoy me acompañó esa frase, los ciclos se cumplen. En todo.
Katy Herendi, 16 de marzo de 2023
#otoño #verano #ciclos #textosbreves #diarios #observaciones
viernes, 10 de marzo de 2023
Nunca nadie en el mundo
El pie derecho apoyado con decisión en el ángulo en V entre las dos ramas gruesas. Las manos aferradas y firmes para empujar el cuerpo hacia lo alto, Trepa. El árbol florecido, el árbol que en verdad es un arbusto, el laurel de jardín. Trepa el muro que está cubierto de hiedras, no la escalera, los peldaños metálicos se asoman, sobresalen. Sube al techo de la casa. Así avanza, con la presteza de los gatos hasta un lateral de la chimenea, que le sigue pareciendo enorme, y se sienta a observar el jardín, los jardines vecinos, las copas de los árboles ahora casi a la par en altura que sus ojos. Si la abuela la viera ahora seguramente le gritaría aterrada que se baje de allí, que se va a romper la crisma. Paula no tiene idea de lo que significa esa palabra, le suena como una cosa de cristal, algo quebradizo del cuerpo. Pero la abuelita ya se fue con Dios y no le grita más. La casa está en un completo abandono y nadie en el mundo sabe que ella tomó las llaves del cofrecito que su madre guarda celosamente en un cajón de la cómoda del dormitorio. El tercero de la derecha.
Desde esa posición tan elevada, quizás la más alta que la niña haya alcanzado alguna vez, el mundo, el cielo, el paisaje de los jardines amplios diseñados con meticulosidad, se le revelan de modo singular. La simetría de las plantas, la repetición de algunas especies en cierto cantero, la gracia de las piedras redondas y el agua que las recorre inalterable, y quizás eternamente, como una cascada natural, la nutren del deseo ineludible de entrometerse en aquel parque; un páramo provocador que parece dispuesto a recibir su presencia.
Los ojos de la niña recorren con maestría el sendero hecho de troncos cortados que se pierde entre unos pinos. Todo lo mira. Todo lo estudia. Sus ojos son como lentes de binoculares, ávidos como los ojos de un águila. Paula de doce años decide que sí, que pronto comenzará a entrometerse en aquellos parques y quizás alguien se sorprenda al verla con el traje de tules verdes y lilas, que casi le queda chico ya, quizás alguien la confunda con una flor, o un hada, o un sueño, pero ella tiene un plan. Volará si es necesario. Irá de rama en rama como los picaflores y las abejas: tan de flor en flor. Simulará no escuchar lo que las personas dicen, como los picaflores y las abejas que también simulan no oír cuando se les habla. Y entonces sí, su madre podrá seguir repitiendo que lo que pasa es que su hija no entiende. Que es estúpida. A todo el mundo le dice.
La niña cierra los ojos acostada sobre las tejas Los abre con lentitud, los abre para ver qué le regalará la naturaleza esta vez, y lo único que alcanza a mirar así, en esa posición de privilegio, es lo azul profundo del cielo. Ese azul un poco lavado con que se prepara para transformarse en noche. La primera estrella. La niña sonríe. Piensa: cómo será el cuaderno donde Dios dibuja las cosas del mundo así tan brillantes y tan perfectas. El aire le alcanza aromas sutiles de brotes nuevos. Una crema suave se esparce en lo azul. Le recuerda los copos de algodón azucarado estirados por sus dedos, deshaciéndose en su boca con un dulzor embriagador. ¡Otra vez esos dedos manchados! ¿No ves que te ensucias toda?
A ella no le importaba eso ahora. Cada intervención de su madre en su memoria es desechada del mismo modo: Paula imagina una bolsa de papel bastante grande donde atrapa y guarda cada palabrita, o frase desechable, para luego de cerrada, arrojarla hacia la nada. La nada misma. Y así liberada de esas palabras continúa deslizándose en el ensueño de esa magia verdadera entre las tejas y el cielo. Los últimos rayos de sol todavía le obsequian de lilas, rosas y naranjas que encienden las lentejuelas plateadas de su vestido. Linternitas de colores parecen y ahí se quedan hasta que el sol desaparece. Y la niña, igual que los gatos, decide abandonar su refugio de tejas. Se pone de pie sin apuro, sus pies encajan justo entre las hileras de color ladrillo. Pero a pesar de eso la zapatilla izquierda lo mismo se atasca. Se queda ahí trabada, inamovible. Paula se vuelve a sentar. Piensa en todo lo mucho que le dirá su madre cuando regrese por la noche y de pronto una luz amarillenta ilumina las tejas. La luna llena recién salida. Una galletita crocante, inmensa, algo que puede alcanzarse de tan cerca. Se estira un poco y un poco más y cuando se resigna a que nunca la podrá tocar su pie se desliza fuera de la zapatilla. Da unos pasos en el muro, desciende con la gracia de un hada por los troncos, y entra a su casa, con la cara inflamada de sol y una zapatilla menos. Va a su dormitorio a calzarse otro par. Devuelve las llaves al tercer cajón de la derecha. Y nunca nadie se entera; como es habitual.
Katy Herendi
(2016)
Ilustración: Ida Rentoul
Sabiduría ancestral
Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...
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Se detiene un momento de espaldas a la clase, mira durante un segundo imperceptible el pizarrón después enseguida hacia el salón. Sus ojos s...



