Se llamaban María. Las dos. Se habían conocido en la oficina en pleno fervor futbolístico en la primavera del ´78, en la época en que todos éramos derechos, humanos y muy argentinos en la cancha. Una, tenía diecinueve años, la otra treinta y uno.
María grande era separada, no tenía hijos, era actriz y peronista. María chica era soltera, guardaba unos cuantos amores en su diario íntimo y era cualquier cosa que no tuviera que ver con la política.De esos temas no hablaban.Una por no querer influir sobre la otra y la otra porque no le interesaba en lo absoluto. Desde que sus vidas se habían cruzado entre las cuatro paredes grises de una empresa que siempre parecía a punto de presentarse en quiebra se convirtieron en amigas y confidentes.
María chica admiraba a la grande.Había comenzado un curso de teatro para ser como ella. María grande quería a la otra porque la consideraba una buena piba, compinche, y en ese tiempo tan tumultuoso, era bueno tener a alguien en quien confiar, lejos de la efervescencia política.
Ese día caminaron durante horas por el centro.Una de ellas iba callada y meditabunda, con la mirada triste, mientras la otra revoloteaba a su alrededor como una mariposa moviendo los brazos flacos como si fueran aspas.En casa de María grande tomaron mate como todos los días, hablando de hombres, astrología, las dos tenían el mismo signo en el zodiaco, y de bueyes perdidos. Compraron mucho helado, una botella de champán y, en lugar de Don Pedro, tomaron una mezcla de ambos que bautizaron como Don Jean Pierre. Por la tarde volvieron a deambular sin rumbo fijo. Hablando casi al mismo tiempo, aunque por momentos caían en un mismo silencio abrumador que no querían permitirse. Así que cuando eso ocurría la otra inventaba para quebrar el laconismo algo como ¿Te conté la vez que Serrat me quiso levantar y lo rechacé? Para que la otra le responda: Y las veces que te habrás arrepentido. Las risas disipaban brevemente la melancolía.
En la avenida Corrientes recorrieron librerías viejas hojeando libros usados.Una María le obsequió a la otra una antología de Machado.Y terminaron el día tomando cortados en el café La Paz.
María sabía que María estaba demorando en hablar.pero no preguntó, para no invadirla. La chica miró a la grande con ternura y la grande desvió la mirada húmeda maldiciendo al humo del cigarrillo.Una dijo, Tenemos suerte las dos, ¿no? .Yo nunca tuve una amiga como vos. Ojalá sea para siempre. La otra suspiró. Le preguntó si había memorizado la dirección de España que le había dado, y si no se le había ocurrido la mala idea de anotarla .en algún lugar. La chica dijo que sí y arqueó la boca en un gesto infantil, mientras una lágrima caía dentro de su café. La grande le tomó las manos y la miró en silencio con una sonrisa. Se despidieron con un profundo abrazo, interminable, que significaba más de lo que podían decirse.
María aguardó para siempre que la otra volviera algún día de su largo viaje, o que al menos alguna vez respondiera a una de sus cientos de cartas. La otra, la grande, nunca llegó a salir del país. La misma noche en que se despidieron cuando con una pequeña valija partía rumbo a Ezeiza tres hombres la subieron a un coche y se la llevaron.
Sin embargo en sueños rondó a su pequeña amiga para que nada malo le sucediera, cubriéndola con sus alas hasta el día que pudieran volver a encontrarse.
©Katy Herendi
Concurso A toda Palabra. AlgoQueLeer, 2001
MENCIÓN ESPECIAL CATEGORÍA CUENTO
Publicado en la revista ALGOqueLEER n° 37 - Ediciones AqL
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