
Me refiero a la casa renovada en aquella esquina a una cuadra de mi casa. Cuántos años estuvo abandonada, muchísimo tiempo. Más o menos cerca de veinte años. La recuerdo porque murió un hombre ahí mientras cortaba el pasto un día de lluvia; se electrocutó. Desde entonces esa casa, que era muy nueva está abandonada. Con dueño, porque a veces alguien cortaba el pasto afuera en la vereda, y otras se cortaba adentro el parque, cuando todo se volvía un yuyal. Veinte años sola la casa. Por lo menos veinte. Hace dos, justo antes de que empiece la cuarentena, la casa se abrió, hubo un auto estacionado adentro, debajo del tinglado, empezaron a trabajar en ella un equipo de obreros. Mucho movimiento. Pallet con ladrillos en un costado, montañas de arena, de piedritas, bolsas de cemento. Un hombre empezó a vivir en ella sin esperar a que la terminaran de mejorar. Se alargó el frente. Se hizo precioso el jardín. Simple, con unos bancos de madera. Mejor de lo que era conservando su identidad, la arquitectura elegida, la original. Se colocó un cartel de madera tallada con la dirección, un buzón antiguo para la correspondencia, dos faroles para iluminar la entrada. La entrada, un camino sinuoso hecho con adoquines.
Dijimos que hacía rato no veíamos al hombre. Que ya no había luces encendidas. Ni el auto. Ahora hay dos carteles de Venta. Un cartel al frente y un cartel en el costado. Dijeron que el hombre había muerto. La casa está sola otra vez. Nueva. Con el pasto hecho un yuyal.
Texto y fotografía, Katy Herendi
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