Sujeta el pañuelo a su cabeza. Aprieta un poco el segundo nudo que hace sin mirar en el espejo, aunque está parada adelante. Se pasa una mano por encima con delicadeza, recorriendo cada centímetro con la palma, se encuentra en el espejo, recuerda los ojos de su madre en su propia mirada por un instante fugaz, no es la primera vez, sigue recorriendo el pañuelo como si la tela que ahora está cubriendo su cabello precisara ser alisada, que no, pero es la costumbre. Ya lo pensó muchas veces. Mira sus zapatos, primero uno, el cordón ajustado, enseguida el otro y de vuelta el primero. Qué otra cosa puede hacer. La única forma que pensó es entrar a la casa. Su casa. Abotona el saco, de arriba hacia abajo, sigue el movimiento de sus manos en el espejo, como si no fuesen sus manos. Ni su saco. No necesita pensar solo mirar; o ni eso, las manos ya saben. Sus movimientos son tan lentos y cuidadosos que si alguien estuviera observándola podría creer que aquellos gastados botones de madera que ella manipula son piezas frágiles, redondeles de cristal. Dice que saldrá por un momento, lo dice en voz alta, no espera respuesta. Repasa mentalmente el itinerario entero, como pequeñas metas. Recuerda juegos de su infancia. Estrategias inocentes sin mayores consecuencias. Ahora, lo primero es llegar hasta la estación. Sale a la calle. La mirada busca alrededor algo que ella conozca, alguna referencia. Todo está roto, humeante, negro, muerto. Acumulado, hundido, mordido, molido, rajado. Huele a humo. Huele a podrido. Una superposición de imágenes la obliga a entrecerrar los ojos; mirar de nuevo. Mirar como a través. La mirada confunde lo que ella esperaba ver y lo que ahora hay. Dos imágenes, una, otra, superpuestas, mezcladas, un collage velado, un negativo malo. Cómo era antes de los tanques. Siente la vida repetirse, una rueda sinfín. La infancia de guerras y soldados. De bombas sibilantes cayendo, cayendo lentamente,
cayendo desde muy alto…
saltando por el aire
todo
todo
casas cosas personas todo el perro personas cortinas puertas todo cristales personas animales vajilla carros todo verduras el cartero la madre los ojos de la madre aquel niño bonito el hombre anciano el pan. El pan nuestro. El de cada día. ¿Dios, estás por ahí? ¿De verdad? Y ahora... ¿Estás? Porque no se nota. La misma locura otra vez. Ese germen que nunca se acaba. Imagina una tiza en sus manos, un pincel, una brocha, una pared. Escribe la pregunta, dibuja las letras: ¿ CÓMO ERA LA VIDA? La vida limpia, la vida muchas veces desordenada, la común. La defenestrada vida común. La de saludarse y la de los horarios ocupados y la de amar la naturaleza. La de discutir y también reír. La de nacer. La de amar. La de desear. La de pasar una hoja del libro que se leía en paz. La de ver frutas en la mesa. La de compartir y discutir. ¿Qué piensa ahora, en frutas? El olor de las ciruelas. En eso piensa. Se le junta saliva en la boca. Iba de visita. Las nenas al verla llegar llenaban todo –esa misma calle que está pisando ahora, Dios mío, la plaza que está viendo y que no está, que de verdad no está, las mañanas perfumadas que se figura con una luz fulgurante–, con sus risas desordenadas y los vestidos blancos, como cisnes recién emplumados. ¡Abuela!¡Abuela! Es difícil reconocer el entorno. No hace tanto... Mira como sin ver, sin buscar el foco en nada puntual, con una forma de ceguera, algo que la anestesia de sentir. El olor. Es imposible el olor. No se domestica. O sí. Recuerda que sí. Igual que el hambre. Domesticar, no. Se adormecen los sentidos. Eso. Eso es. Se anestesian las necesidades. Mientras tanto sus pies avanzan. Tantean los espacios que parecen más seguros, pero de verdad ahora ya nunca puede saberse. Imagina que vuela por el aire. Se siente un artefacto, algo no humano. Siente un ligero orgullo porque logra controlar que los ojos no se le escurran por entre los escombros; es necesario ir sin llamar la atención, sin ver; llevar la mirada vacía de emociones. No revelar sentimientos. Sigue caminando. Una máquina. Soy una vieja, piensa, y eso, cree ella, juega un poco a su favor. Se siente valiente. Fuerte. Llegar a la estación es su primer pequeño triunfo. La primera de las pequeñas metas. Está cerca. Tanto. La cara imperturbable se transfigura carne adentro como la sensación de una enorme sonrisa que nadie puede verle. Es adentro, está guardada. La cara hacia abajo como si se estuviera mirando los zapatos, así nadie descubre la sonrisa huyendo por sus ojos. Haciéndole burla a la realidad. Porque logra llegar a la estación. Sí. El tren llega casi al mismo tiempo, se trepa. Al subir se aferra a las barandillas de las escaleras y recuerda fugazmente una estampita de su infancia. Unas barandillas. En las nubes un ángel, una niña. Las puertas doradas del Cielo. Después se pregunta qué es el Cielo, porque el infierno ya sabe. Durante el viaje casi no mira por las ventanillas. Casi no mira por dentro del vagón tampoco. En silencio va viajando. Son cuatro estaciones. Al llegar piensa que la estación sigue casi intacta. Mira el gran reloj detenido. Cruza la calle. Resta cruzar el bosque, caminar los debidos kilómetros, entrar al jardín por la parte trasera, asegurarse de que no la verán, pegarse a la pared y quedarse muy muy quieta para captar alguna voz, si la hubiera, dentro de la casa, o alrededor; espiar por la ventana para asegurarse de que los soldados ya no estén en la casa. Y si están… No había pensado en eso. Ojalá no estén, se dice. Si no están puede abrir la puerta, rogar que no haya nadie más en la casa que es su casa y ya no pensar, para mantener el miedo a raya. Primero, ir en cuatro patas hasta la despensa, rogar de nuevo, esta vez para que la harina siga en el recoveco detrás de la madera en el que ella lo dejó oculto, y si quedó algo de azúcar tomarlos sin derramar, salir al jardín, volver a atravesar el bosque, llegar a la estación esperar el tren subir para volver adonde están sus nietas pequeñas y su hija. Respirar profundo. Le va a decir de todo la hija. Después cocinar el pan. Es todo lo que quiere hacer, cocinar un pan. Imagina la textura de la masa en las manos. Las nietas aplaudiendo y las pequeñas risas. El olor escurriéndose por la cocina… Pero, hasta el momento, apenas acaba de abandonar la estación, debe cruzar el bosque entero y ya comenzó a avanzar la noche.
©Katy Herendi
9 de marzo de 2022