viernes, 30 de septiembre de 2022

Un pan

 

Sujeta el pañuelo a su cabeza. Aprieta un poco el segundo nudo que  hace sin mirar en el espejo, aunque está parada adelante. Se pasa una mano por encima con delicadeza, recorriendo cada centímetro con la palma, se encuentra en el espejo, recuerda los ojos de su madre en su propia mirada por un instante fugaz, no es la primera vez,  sigue recorriendo  el pañuelo como si la tela  que ahora está cubriendo su cabello precisara ser alisada, que no, pero es la costumbre. Ya lo pensó muchas veces. Mira sus zapatos, primero uno, el cordón ajustado, enseguida el otro y de vuelta el primero. Qué otra cosa puede hacer. La única forma que pensó  es entrar a la casa. Su casa. Abotona el saco, de arriba hacia abajo, sigue el movimiento de sus manos en el espejo, como si no fuesen sus manos. Ni su saco.  No necesita pensar solo mirar; o ni eso,  las manos ya saben.  Sus movimientos son tan lentos y cuidadosos que si alguien estuviera observándola podría creer que aquellos gastados botones de madera que ella manipula son piezas frágiles,  redondeles de  cristal. Dice que saldrá por un momento, lo dice en voz alta, no espera respuesta. Repasa mentalmente el itinerario entero, como pequeñas metas. Recuerda  juegos de su infancia. Estrategias inocentes sin mayores consecuencias. Ahora, lo primero es llegar hasta la estación. Sale a la calle.  La mirada busca alrededor algo que ella conozca, alguna referencia.  Todo está roto, humeante, negro, muerto. Acumulado, hundido, mordido, molido, rajado.  Huele a humo. Huele a podrido.  Una superposición de imágenes la obliga a entrecerrar los ojos;  mirar de nuevo. Mirar como a través. La mirada confunde lo que ella esperaba ver y lo que ahora hay. Dos imágenes,  una,  otra, superpuestas, mezcladas, un collage velado, un negativo malo.   Cómo era antes de los tanques. Siente la vida repetirse,  una rueda sinfín. La infancia de guerras y soldados. De bombas sibilantes cayendo, cayendo lentamente, 

cayendo desde muy alto… 

saltando por el aire 

todo

todo 

casas  cosas personas todo  el perro personas  cortinas  puertas todo  cristales  personas animales  vajilla carros todo verduras el cartero  la madre los ojos de la madre aquel niño bonito el hombre anciano el pan. El pan nuestro. El de cada día. ¿Dios, estás por ahí?   ¿De verdad? Y ahora... ¿Estás? Porque no se nota. La misma locura otra vez. Ese germen que nunca se acaba. Imagina una tiza en sus manos, un pincel, una brocha, una pared. Escribe la pregunta, dibuja las letras: ¿ CÓMO ERA LA VIDA? La vida limpia, la vida muchas veces desordenada, la común. La defenestrada vida común. La de saludarse y la de los horarios ocupados y la de amar la naturaleza. La de discutir y también reír. La de nacer. La de amar. La de desear. La de pasar una hoja del libro que se leía en paz.   La de ver frutas en la mesa. La de compartir y discutir. ¿Qué piensa ahora, en frutas? El olor de las ciruelas. En eso piensa. Se le junta saliva en la boca. Iba de visita. Las nenas al verla llegar llenaban todo –esa misma calle que está pisando ahora, Dios mío, la  plaza que está viendo y que no está, que de verdad no está,  las mañanas perfumadas que se figura con una luz fulgurante–, con sus risas desordenadas y los vestidos blancos, como cisnes recién emplumados. ¡Abuela!¡Abuela! Es difícil reconocer el entorno. No hace tanto...  Mira como sin ver, sin buscar el foco en nada puntual, con una forma de ceguera, algo que la anestesia de sentir.  El olor. Es imposible el olor. No se domestica. O sí. Recuerda que sí.  Igual que el hambre. Domesticar, no. Se adormecen los sentidos. Eso. Eso es. Se anestesian las necesidades.  Mientras tanto sus pies avanzan. Tantean los espacios que parecen más seguros, pero de verdad ahora ya nunca puede saberse. Imagina que vuela por el aire.  Se siente un artefacto, algo no humano. Siente un ligero orgullo porque  logra controlar que los ojos no se le escurran por entre los escombros; es necesario ir sin llamar la atención, sin ver;  llevar la mirada vacía de emociones. No revelar sentimientos. Sigue caminando. Una máquina. Soy una vieja, piensa, y eso, cree ella,  juega un poco a su favor. Se siente valiente. Fuerte. Llegar a la estación es su primer pequeño triunfo. La primera de las pequeñas metas. Está  cerca. Tanto. La cara imperturbable se transfigura carne adentro como la sensación de una enorme sonrisa que nadie puede  verle. Es adentro, está guardada. La cara hacia abajo como si se estuviera mirando los zapatos, así nadie descubre la sonrisa huyendo por sus ojos. Haciéndole burla a la realidad. Porque logra llegar a la estación.  Sí. El tren llega casi al mismo tiempo, se trepa. Al subir se aferra a las barandillas de las escaleras y recuerda fugazmente una estampita de su infancia. Unas barandillas.  En las nubes un ángel, una niña. Las puertas doradas del Cielo. Después se pregunta qué es el Cielo, porque el infierno ya sabe.  Durante el viaje casi no mira por las ventanillas. Casi no mira por dentro del vagón tampoco. En silencio va viajando. Son cuatro estaciones. Al llegar piensa que la estación sigue casi intacta. Mira el gran reloj detenido. Cruza la calle. Resta cruzar el bosque, caminar los debidos kilómetros, entrar al jardín por la parte trasera, asegurarse de que no la verán, pegarse a la pared y quedarse muy muy quieta para captar alguna voz, si la hubiera, dentro de la casa, o alrededor; espiar por la ventana para asegurarse de que los soldados ya no estén en la casa.  Y si  están…  No había pensado en eso. Ojalá no estén, se dice. Si no están puede abrir la puerta, rogar que no haya  nadie más en  la casa que es su casa y ya no pensar,  para mantener el miedo a raya. Primero, ir en cuatro patas hasta la despensa, rogar de nuevo, esta vez para que la harina siga en el recoveco detrás de la madera en el que ella lo dejó oculto, y si quedó algo de azúcar tomarlos sin derramar, salir al jardín, volver a  atravesar el bosque, llegar  a la estación esperar el tren subir para volver adonde están sus nietas pequeñas y su hija. Respirar profundo. Le va a decir de todo la hija. Después cocinar el  pan. Es todo lo que quiere hacer, cocinar un pan. Imagina la textura de la masa en las manos. Las nietas aplaudiendo y las pequeñas risas. El olor escurriéndose por la cocina… Pero, hasta el momento, apenas  acaba de abandonar la estación, debe cruzar el bosque entero  y  ya comenzó a avanzar la noche. 



©Katy Herendi 

9 de marzo de 2022

 

 

 

 

 

jueves, 29 de septiembre de 2022

A modo de bienvenida



Tengo una imagen recurrente. Un recuerdo. Era pequeña; lo sé porque mi recuerdo transcurre en la casa donde vivimos con mis padres, en la calle Madero, en Vicente López. Así que sí, era pequeña, mi papá había muerto hacía muy poco.  
Sobre la mesa ratona, rectangular, de madera clara, con incrustaciones cuadradas de otras maderas que forman un damero, hay un libro. Es la biografía de Franz Schubert. En la portada está su cara dibujada.
  
Abría las páginas de ese libro de tapas blandas, y con un dedo iba siguiendo las hileras de palabras; un signo detrás de otro, sus exquisitas formas, espacios, curvas: un acertijo insondable. Elegía un signo cualquiera, y me quedaba mirando ese misterio. Cómo podía revelarse. Qué tenía que hacer para entenderlo. Quería replicar esos signos, saber qué significado tenían y repetirlos y que tuvieran un sentido. Un día dibujé algunas de las formas y arruiné unas cuantas páginas del libro. Supongo que mi mamá se debe haber enojado, pero no lo recuerdo. Sí sé que quería leer. Entender. Y luego escribir. Hacer esos movimientos elegantes y sinuosos; que la punta de la lapicera rasgara el papel así, con ese susurro de intimidad con el que impregnaban aquellos signos en el papel. 

Esa es la primera cosa que tengo como recuerdo asociado al hecho de escribir. La escritura es algo que me acompaña desde siempre, eso es un montón de tiempo. Y eso son muchos textos también. En estos días estaré abriendo mi blog, instagram y este perfil de facebook para compartir algunos textos, me gustaría que me acompañes. 

Te doy la bienvenida. Acomodate. Perdón por el desorden. Acabo de llegar. 


Katy Herendi 








Sabiduría ancestral

  Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...