Dije. Y hablábamos con el inconfundible rumor de la lluvia que había vuelto. X levantó la mano, con un dedo apartó la cortina un poco, miró la lluvia, movió los ojos de arriba hacia abajo como si tuviera que aprobar el modo en el que el agua caía, soltó la cortina, tomó un poco más de té. Miró las cosas que había sobre la mesa. Después dijo.
sábado, 25 de noviembre de 2023
martes, 14 de noviembre de 2023
El ángel de la noche
Nunca había corrido así, las piernas temblorosas, las lágrimas confundiéndose con la lluvia, la garganta apretada, tanto que no le habían salido las palabras. Un grito. Nada. Bajó saltándose escalones. En el subte, a esa hora, nadie. Se sintió atontada, perdida. Se quedó quieta como si una parte de ella no hubiera llegado todavía, se quedó esperando para volver a sí misma. Entera. Volteó para mirar las escaleras. La lluvia se deslizaba desde la calle en hilos ininterrumpidos. Se puso una mano en el cuello, sintió los saltos de su corazón. En la estación de subte solo silencio de gente y de máquinas, de tráfico, de todo. El mundo pasando arriba. Ahí abajo el silencio y la quietud. Como estar sumergida en un océano. Pura ausencia debajo de la tierra. La estación así desierta parecía más vieja; así desierta parecía más húmeda, más amarilla, gastada. Olorosa. Un poco lejos, el kiosco de revistas, cerrado. Más allá del kiosco de revistas cerrado, en un banco casi donde se acababa el andén un hombre grande que se notaba que era muy viejo, se le figuró tan familiar. Pensó en su padre. Podría haber sido, si su padre hubiera estado vivo. Le hubiera gustado tanto. El hombre del subterráneo al verla se levantó como si quisiera sacarla a bailar, como si alguien lo hubiera empujado del banco. Como si hubiese ensayado antes ese momento y hubiese llegado a la escena. Él esperando su entrada y ella por fin entrando. Le crujieron todos los huesos pero lo mismo se puso de pie con dignidad. Ella supuso que él se había levantado así de pronto por algún gesto que ella había hecho, algo que lo hizo sentirse reconocido. O a lo mejor, supuso ella, al descubrirla él adivinó su miedo. O solo se levantó cuando por las escaleras apareció bajando el otro hombre, el que la había seguido para alcanzarla ahí y ella entonces miró, buscó algo parecido al refugio y lo vio y se quedó sostenida en el hilo extendido de su mirada. Era como haber encontrado una balsa. Como la cuerda de un salvavidas. Ella no sabía si él, pero él sí sabía. Ella lo mismo se animó; se acercó porque él se levantó así, como dispuesto y bueno.
Él vió el modo desbocado en el que latía el cuello de la chica. Sintió la necesidad de estirarse a tocarla para que se calmara. Se sorprendió por la calidez de su propia ternura, algo que le hizo recordar su antiguo corazón. Eso le hizo sentir valor y al ver al otro hombre que se acercaba le dijo a la chica, Hace un rato largo que te estoy esperando. Su mano se extendió como una rama fresca y se ofreció abierta. Después sin hablar pero juntos desaparecieron en el túnel de la noche.
Katy Herendi, 2023
viernes, 3 de noviembre de 2023
Este invierno
Quiero escuchar canciones luminosas y suaves todo el invierno. Todo este invierno transparente y gélido. Quiero no pensar. Sólo escuchar estas canciones. La música pegada a mis oídos que se escurre alrededor entre la niebla helada; una cinta liviana que se mueve lenta, sinuosa, mientras voy por mis lugares llenos de árboles. Un camino que recorro todos los días, como un fantasma nuevo cada vez, cargada de asombro; con un silencio inmaduro que desconoce ciertos códigos. Por ejemplo, que lo natural no precisa de mi hilo de pensamientos imparables.
Ya.
Shh…
Silencio.
Una música suave como silencio.
Me concentro en las copas de los árboles. Algunas calvas. Ramas plateadas, grises, negras, castañas. Conmovedoras en su desnudez. Frágiles. Veteadas. Manos abiertas que se mecen con el viento, gestos entumecidos en ruego devoto hacia algo allá en el cielo, hacia algo que no vemos, como si fuera posible una especie de respuesta; quizás inútil la oración. Casi seguro inútil. Toco las texturas de los troncos, las sensaciones en la piel mientras mis manos tocan los troncos fríos. Algunos tan suaves, otros rugosos, lisos, ásperos. Agrietados. Punzantes. Pinochas alrededor.
Doy vueltas sobre mis pasos mirando las copas de los árboles, de todos ellos alrededor. Abro los brazos, miro el cielo y doy vueltas. Doy vueltas hasta marearme un poco. La niña que existe en mí, sonríe. Entre los troncos desnudos hay los que nunca pierden sus hojas, exultantes de follaje. Mis ojos van lejos, todo lo lejos que pueden. Alto. Sobrevuelan sobre ese camino aéreo y vegetal. Un puente de ramas y hojas, un camino esponjoso, inalcanzable.
Hasta dónde llega lo verde. Cuántos territorios puede unir en su recorrido.
Cómo van cambiando los tonos, la carta de tonalidades verdes cuanto más lejos estén, o más cerca. Más lejos son grises. Difusos. Negros. Brumosos.
Es invierno hoy y de todos modos hay verdes. Verdes azulados, verdes grisáceos, opacos, brillantes, oscuros, ennegrecidos. Verde que te quiero verde. Hablo sobre árboles. Siempre me gustó estar entre árboles. Me abrazo al paisaje que hay. Soy parte. Admiro este Dios Natural. El creador de este arte verde del mundo.
Si uno pudiera elevarse como un pájaro y mirar al ras, horizontalmente… recostarse sobre las copas de todos los árboles a la vez y escuchar Cinder and Smoke, todo el invierno. Esa canción tiene el tono justo de hoy. Passing afternoon también.
Hubo árboles que creo haber amado. En mi infancia también. Sobre todo en mi infancia. Caminaba durante horas casi todos los días, más o menos cerca de mi casa, y fingía estar perdida, solo para mí. Era un juego solitario. Fingía que estaba en un pueblo que había sido abandonado, que había perdido mi caballo, a veces negro, otras castaño, o que me había vuelto invisible y no tenía con quién hablar y en la recorrida observaba los árboles. Con mucha atención. Todos los que podía. Algunos tenían como una cara. Diferentes personalidades. Tocaba las pieles rugosas, saltaba una rayuela entre huecos que se formaban entre las raíces elevadas y gruesas, esas cavidades desiguales y profundas, juntaba algunas ramitas para recordar mis árboles más tarde. Ahora también suelo volver de caminar con ramas pequeñas que encuentro a mi paso. No sé para qué. No puedo dejarlas. Solo por eso. Una cierta melancolía de algo. No hay ramitas huérfanas, eso no existe, pero igual las traigo conmigo como si las rescatara. Una tristeza extraña si la tengo que explicar, un sentimiento que el invierno y el frío acentúan un poco. No sé. Algo en mí, que no termina nunca de cuajar.
Donde vivía entonces muchas de sus calles todavía hoy conservan adoquines, eso les otorga un encanto extra: pancitos grises, una belleza húmeda, melancólica, algo familiar y bueno, herencia de un tiempo anterior, y las hileras infinitas de árboles añosos. Caminaba imaginando historias, imaginaba qué tendrían para contarme esos árboles. Qué habían visto, cuánto había cambiado todo alrededor. Techos vegetales de las veredas, eucaliptos tan altos, plátanos, la promesa del perfume de los naranjos, liquidámbares y robles, las superficies verdes, los troncos viejos y descascarados. Las veredas rotas, abiertas y elevadas en montículos por las raíces. Era caminante. Amaba los árboles de la plaza de la estación, creo que eran plátanos. Árboles bordeando la mayoría de las calles, la estación, desde las vías hasta la panamericana. Desde las vías bajando hasta el río. Un cielo verde, susurrante. En la estación, subía el puente para ir de un andén hacia el otro, y me quedaba arriba mucho tiempo viendo las copas de los árboles desde lo alto y los trenes que iban y volvían, un tren y otro y otro.
Tenía tres árboles en una casa en la que vivimos. Hace mucho. Un limonero, dos laureles de jardín. Mi preferido, el de las flores rosadas, lo podía trepar y saltaba a la casa vecina abandonada.
Y antes que eso, en lo de las monjas, solía pasar los días inventando mundos al cobijo de aquellas arboledas. Pequeños bosques. En la adolescencia fueron los árboles de una isla.
Al escribir esto, advierto que toda la vida me gustaron los árboles, que me relacioné con ellos, y por suerte los tuve siempre cerca. Esos troncos ásperos a los que me imagino abrazando. Esos troncos surcados por dibujos. El río de savia adentro moviéndose lento, al que imagino escuchar. La diversidad de especies. Las distintas sombras. El aleteo de las hojas. Amo tener estos recuerdos y amo darme cuenta de que eso siempre fue una constante. Me gusta que me gusten los árboles. La naturaleza en general. Sus mutaciones.
La Naturaleza, ese Ser. La verdadera génesis. Si hay Dios, es la Naturaleza. Un algo invisible, una fuerza. Si tuviera color sería azul, quizás verde. Una especie de mago que susurra con voz de aguas, o un murmullo de hojas.
Y aunque le va bien el silencio, porque cuando lo desea crea sus propios sonidos, hoy derramo en mis auriculares algo de Iron & Wine, porque combina a la perfección con este delicioso viento frío y con lo que quiero decir.
Katy Herendi
agosto, 2022
Este otoño
Ayer llovió todo el día. Hoy no pero quizás esta noche o mañana la lluvia regrese; el cielo sigue siendo un cúmulo de nubes metálicas. Alguien lejos corta el pasto aprovechando este día otoñal, gris, neblinoso, que sirve de intervalo entre las lluvias suaves. Se escucha la máquina. Como va y vuelve. Hay el olor al otoño, a la tierra que permanece siempre húmeda ahora, a las hojas que se perfuman al perder turgencia y despiden ese aroma un poco mentolado cuando se pudren. Una tarde para caminar en lugares solitarios y descubrir nidos en las ramas. Una tarde para sentarse a observar este paisaje escapado de un libro de cuentos, en un banco de madera con una buena taza de té humeante entre las manos.
La escritura surge a través de la naturaleza. Brotan las palabras. El paisaje que me rodea y me contiene, que cada vez me conmueve más, me despierta la urgencia de escribir. Me sobrecoge tanta belleza. La simple perfección. Respiro este aire perfumado, intensamente cargado de olor a bálsamo, a la resina de algunos árboles, un aire fragante, eucaliptos, una tibieza.
Desde lejos veo doblar en una esquina una mujer, a varias cuadras, pedalea su bicicleta en mi dirección, en esta calle que compartimos en este momento. No hay nadie más que nosotras. El día sigue plomizo. Quizás llueva enseguida. Le invento una historia. Ahora es cuando cruza en bicicleta por este relato, no voy detrás de su pedaleo rítmico pero lo mismo “veo” adónde va. Me quedo para revelar cómo será su llegada adonde el pedaleo dejará de ser, cuando llegue y se detenga frente a aquella pequeña tranquera blanca; deliciosa. Sigo mi camino y en mi cabeza observo sus gestos mínimos cuando pueda ver delante de ella la imagen conocida y familiar: la pintura gastada, los goznes algo oxidados, los pliegues diminutos de tierra que los años han depositado allí, en las hendiduras de la madera. Apenas frunce el ceño, pestañea rápido tres veces. Dos perros la reciben olisqueando sus zapatos, mueven la cola, saltan, se acuestan para recibir caricias en las panzas. Ella les habla en voz baja, puedo sentir el calor y la fuerza de esos perros. La mujer busca las llaves en uno de sus bolsillos, no sabe que estoy observando su vida, pero igual mira hacia atrás, busca a alguien entre la arboleda de enfrente, se pregunta por qué de pronto ladran los perros de la cuadra. Es por ella. Por su vuelta a casa. No estoy ahí. La imagino nada más. Ella cruza el jardín mínimo, debería cortar el pasto, piensa. Las dos pensamos lo mismo al ver el pasto desparejo, pero ella no quiere ver el pasto ni el jardín ni los canteros. Ella empuja la bicicleta y su mirada se dora reflectando en sus pupilas el oro de las hojas caídas, todas juntas, y dispersas ahí, a los pies del gingko. Lo mira y casi seguro piensa que es una imagen increíble pero no se detiene. Llega hasta el porche, apoya la bicicleta contra la columna de ladrillos, y llave en mano gira la cerradura. Empuja la puerta que al final chirriará un poco, como siempre, y eso le hace pensar una vez más en que tiene que acordarse de comprar el w40. Los perros entran con ella. La mujer vuelve a mirar las hojas doradas, ese oro derramado que ilumina fugazmente algo dentro de ella. Sin quitarse el abrigo ni la bufanda ni el gorro pone agua en la pava para colocarla al fuego de la cocina, se lava las manos, descorre las cortinas, enciende la luz del tubo debajo de los muebles altos de la mesada, vacía el mate de su yerba vieja, enciende la estufa y se queda parada delante para calentarse mientras espera que el agua de la pava se caliente también. Luego pondrá yerba nueva y por fin tomará unos mates calientes y hogareños: esos que todo el día anduvo deseando. Eso marcará el final del día sintiendo que, por primera vez, hoy pudo con la tristeza; pudo. El día entero. Y que es una suerte estar en casa, y eso. No quiere pensar. Podría pensar muchas cosas. Podría abrir aquellas cajas con camisas de él, y pantalones y sweaters, que preparó para llevar a la iglesia, pero todavía no puede. Tendría que cerrarlas con la cinta de embalar que compró, ponerles una etiqueta. Pero no. Todavía tienen su olor. A veces mete la cara ahí, entre su ropa y se ahoga con sus lágrimas. Siente las manos de él recorriendo suaves su cara, tocando sus ojos cerrados, la boca. Sus besos en el pelo. Su voz. Su hermosa voz. No todavía. Un día tendrá que animarse a regalar todo y algunas de sus botas de trabajar en el jardín. Para qué apurarse. Un día lo hará. Quién va hacer ahora con ella los canteros. A quién le va a mostrar los tomates incipientes, redonditos como arvejas, como perlas verdes. Basta, se dice. Las botas todavía tampoco. Quién va a hacer ahora con ella la vida. Respira profundamente. Después pensará por qué pensó solo en las botas. Qué importa eso. Otro día. No quiere ponerse triste de nuevo. El agua se calienta y enciende la radio y bailotea un poco. Mal, no le importa si baila mal, necesita moverse más, a pesar de la bicicleteada y el afán que le pone para cansar un poco el cuerpo y para desprender la tristeza que se quiere trepar otra vez. Y es lo que hace. Cansa el cuerpo. Se mueve un poco sin pensar.
La dejo moviéndose despacio entre una música y los recuerdos. No necesito saber más. Es la vida inexorable.
Vuelvo a estar atenta a mi camino. A esta naturaleza que me atrapa. Me conmueve. No puedo dejar de observarla. El silencio de sus mutaciones. Los cambios en el entorno, lo que sucede de una estación a otra. Día a día. Cómo se modifica la luz de los días, y la duración de las noches, la altura del sol, la eclosión de las semillas, las flores, las plantas, los pájaros, las abejas. Las hormigas. Las mariposas, los picaflores. Las ramas de los árboles que pierden sus hojas, todas ellas, y después se vuelven frondosas hojarascas verdes otra vez, brillantes en su abundancia tierna, y de nuevo amarillentas, quebradizas, marrones, y luego son las hojas que se acumulan en montículos que después el viento mueve un poco, pero que ya no se lleva del todo, una vez que está formada la montaña de hojas no. Y el olor a la lluvia, distinto en invierno que en verano. Y el otoño de nuevo, el invierno plateado, respirar el aire tan frío que parece que cargara con mínimas partículas de hielo, después un día la promesa de una nueva primavera y el comienzo del verano y su agobio otra vez. La vida. Todo el ciclo completo alrededor. Incansable, entero, que se cumple inexorablemente. Y casi siempre es muy hermoso, y a veces tan triste.
©Katy Herendi
mayo 2016 - agosto 2022
miércoles, 1 de noviembre de 2023
Un recuerdo
Esta mañana buscando un libro de Fleur Jaeggy que no recordaba si tenía o no, mi ventana se reflejó en el vidrio de la biblioteca q ue tengo más cerca de mi escritorio. Y ahí la copa de los árboles. La imagen es la de la foto, más o menos lo que ví. No es exacta porque lo que tuve fue más una sensación que la misma imagen. De todos modos le saqué una foto. Esa foto. Fue más el momento, no sé si me explico. El recuerdo que sobrevino. Adoro esa biblioteca que era de Jorge el marido de mi mamá. La biblioteca a su vez había sido de su padre. Es una pequeña biblioteca centenaria. Busqué en google cómo se llama ese tipo de bibliotecas. Librería Globe Wernicke. Librería. No biblioteca. La primera vez que la ví fue en el escritorio del papá de Jorge en la casa de su mamá: una señora sencilla, elegante y viejita a quien yo llamaba Mamina. No era mi abuela pero nos adoptamos mutuamente, así que la iba a visitar al barrio de Caballito donde ella vivía. El departamento era antiguo, en su mayoría luminoso con ventanas que daban a pequeños balcones que había en casi todos los ambientes, puertas muy altas, sólidas. Los pasillos entre cuartos eran oscuros. Los muebles robustos, pesados, con molduras lustradas. Y había un ascensor de hierro con adornos de bronce, una lucecita amarillenta, lento, abierto, con ruido a bisagra oxidada, de esos a los que uno se subía y rezaba para no quedarse atascado entre los pisos, o para que no se fuera a desprender de sus poleas, cadenas y engranajes. Nunca sucedía pero se rezaba igual por si acaso. A pesar de eso, amaba el ascensor. Me gustaba visitar a Mamina y a ella le gustaba recibirme. No había mucho preámbulo para esos encuentros. Ella me había dicho, vení cuando quieras, y yo a veces salía de mi casa tomaba el colectivo y viajaba hasta su casa en Caballito. Sin avisarle ni nada. Siempre abría la puerta con su sonrisa y un abrazo cálido y breve. Olía a sopa, a verduras frescas, a perejil. A manzanas. Cabello corto, blanco, peinado de costado, una hebilla, la frente despejada. Sus ojos verdes, iguales que los de Jorge. La cocina con perfume a bizcochos horneados y a limón. Tomábamos té. No recuerdo de qué conversábamos. Sí que nos reíamos mucho. Me gustaba hacerla reír y escuchar su risa. Ella había enviudado mucho antes de que yo la conociera. A veces volvía a mostrarme el cuarto donde su esposo trabajaba, su escritorio, sus recuerdos. Él había sido maestro y director de escuela. Ahí estaban sus cosas, ordenadas y dispuestas. Nadie las tocaba. El escritorio, su lapicera en el estuche, el tintero, un secante de madera de base semicircular que era precioso. La lámpara y debajo sus lentes. Parecía que en cualquier momento él vendría para seguir trabajando. Y estaba esta biblioteca también. Junto a una ventana. La copa de los árboles de la calle se reflejaba en los vidrios.No tengo ni una foto de la Mamina, de muchas personas no tengo fotos, de ella recuerdo como un todo, detalles. Los ojos, el pelo, su figura, lo educada que era. Tan simpática. Me encantaba charlar con ella. Siempre me gustó mucho la gente mayor. Las cosas que tienen para contar. Lo cálidos que pueden ser. Tantos recuerdos de una Buenos Aires tan distinta. O recuerdos de otros países, de pueblos, de familias. Hacía mucho tiempo que no la recordaba. Esa imagen fugaz en el vidrio me la trajo hoy aquí.
Me encantó que me hayas visitado, Mamina bonita.
(2023)
Buena mina (por poner un título)
Ahora mismo estoy leyendo el último libro de Peter Orner, y viendo por la ventana como todo alrededor se está volando. Escucho ruidos de chapas o no sé de qué cosas que se sacuden con el viento tan fuerte que hay hoy. Vuelvo al libro y leo una frase para subrayar. Busco sin mirar un lápiz cualquiera del lapicero. Subrayo la oración y pienso, pero qué bien subraya esta mina. Miro de qué lápiz salió ese trazo tan nítido. Y veo que el lápiz es Staedtler 3b, dice made in Germany. Made in Germany. Ese pequeño detalle me hizo pensar, wow, no debe haber más de estos lápices por estos pagos. Qué lejos parecen ciertas cosas. Es como tener un incunable.
Sí, exagero.
Pero no tanto.
Sabiduría ancestral
Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...
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Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...
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Se detiene un momento de espaldas a la clase, mira durante un segundo imperceptible el pizarrón después enseguida hacia el salón. Sus ojos s...

