Ayer llovió todo el día. Hoy no pero quizás esta noche o mañana la lluvia regrese; el cielo sigue siendo un cúmulo de nubes metálicas. Alguien lejos corta el pasto aprovechando este día otoñal, gris, neblinoso, que sirve de intervalo entre las lluvias suaves. Se escucha la máquina. Como va y vuelve. Hay el olor al otoño, a la tierra que permanece siempre húmeda ahora, a las hojas que se perfuman al perder turgencia y despiden ese aroma un poco mentolado cuando se pudren. Una tarde para caminar en lugares solitarios y descubrir nidos en las ramas. Una tarde para sentarse a observar este paisaje escapado de un libro de cuentos, en un banco de madera con una buena taza de té humeante entre las manos.
La escritura surge a través de la naturaleza. Brotan las palabras. El paisaje que me rodea y me contiene, que cada vez me conmueve más, me despierta la urgencia de escribir. Me sobrecoge tanta belleza. La simple perfección. Respiro este aire perfumado, intensamente cargado de olor a bálsamo, a la resina de algunos árboles, un aire fragante, eucaliptos, una tibieza.
Desde lejos veo doblar en una esquina una mujer, a varias cuadras, pedalea su bicicleta en mi dirección, en esta calle que compartimos en este momento. No hay nadie más que nosotras. El día sigue plomizo. Quizás llueva enseguida. Le invento una historia. Ahora es cuando cruza en bicicleta por este relato, no voy detrás de su pedaleo rítmico pero lo mismo “veo” adónde va. Me quedo para revelar cómo será su llegada adonde el pedaleo dejará de ser, cuando llegue y se detenga frente a aquella pequeña tranquera blanca; deliciosa. Sigo mi camino y en mi cabeza observo sus gestos mínimos cuando pueda ver delante de ella la imagen conocida y familiar: la pintura gastada, los goznes algo oxidados, los pliegues diminutos de tierra que los años han depositado allí, en las hendiduras de la madera. Apenas frunce el ceño, pestañea rápido tres veces. Dos perros la reciben olisqueando sus zapatos, mueven la cola, saltan, se acuestan para recibir caricias en las panzas. Ella les habla en voz baja, puedo sentir el calor y la fuerza de esos perros. La mujer busca las llaves en uno de sus bolsillos, no sabe que estoy observando su vida, pero igual mira hacia atrás, busca a alguien entre la arboleda de enfrente, se pregunta por qué de pronto ladran los perros de la cuadra. Es por ella. Por su vuelta a casa. No estoy ahí. La imagino nada más. Ella cruza el jardín mínimo, debería cortar el pasto, piensa. Las dos pensamos lo mismo al ver el pasto desparejo, pero ella no quiere ver el pasto ni el jardín ni los canteros. Ella empuja la bicicleta y su mirada se dora reflectando en sus pupilas el oro de las hojas caídas, todas juntas, y dispersas ahí, a los pies del gingko. Lo mira y casi seguro piensa que es una imagen increíble pero no se detiene. Llega hasta el porche, apoya la bicicleta contra la columna de ladrillos, y llave en mano gira la cerradura. Empuja la puerta que al final chirriará un poco, como siempre, y eso le hace pensar una vez más en que tiene que acordarse de comprar el w40. Los perros entran con ella. La mujer vuelve a mirar las hojas doradas, ese oro derramado que ilumina fugazmente algo dentro de ella. Sin quitarse el abrigo ni la bufanda ni el gorro pone agua en la pava para colocarla al fuego de la cocina, se lava las manos, descorre las cortinas, enciende la luz del tubo debajo de los muebles altos de la mesada, vacía el mate de su yerba vieja, enciende la estufa y se queda parada delante para calentarse mientras espera que el agua de la pava se caliente también. Luego pondrá yerba nueva y por fin tomará unos mates calientes y hogareños: esos que todo el día anduvo deseando. Eso marcará el final del día sintiendo que, por primera vez, hoy pudo con la tristeza; pudo. El día entero. Y que es una suerte estar en casa, y eso. No quiere pensar. Podría pensar muchas cosas. Podría abrir aquellas cajas con camisas de él, y pantalones y sweaters, que preparó para llevar a la iglesia, pero todavía no puede. Tendría que cerrarlas con la cinta de embalar que compró, ponerles una etiqueta. Pero no. Todavía tienen su olor. A veces mete la cara ahí, entre su ropa y se ahoga con sus lágrimas. Siente las manos de él recorriendo suaves su cara, tocando sus ojos cerrados, la boca. Sus besos en el pelo. Su voz. Su hermosa voz. No todavía. Un día tendrá que animarse a regalar todo y algunas de sus botas de trabajar en el jardín. Para qué apurarse. Un día lo hará. Quién va hacer ahora con ella los canteros. A quién le va a mostrar los tomates incipientes, redonditos como arvejas, como perlas verdes. Basta, se dice. Las botas todavía tampoco. Quién va a hacer ahora con ella la vida. Respira profundamente. Después pensará por qué pensó solo en las botas. Qué importa eso. Otro día. No quiere ponerse triste de nuevo. El agua se calienta y enciende la radio y bailotea un poco. Mal, no le importa si baila mal, necesita moverse más, a pesar de la bicicleteada y el afán que le pone para cansar un poco el cuerpo y para desprender la tristeza que se quiere trepar otra vez. Y es lo que hace. Cansa el cuerpo. Se mueve un poco sin pensar.
La dejo moviéndose despacio entre una música y los recuerdos. No necesito saber más. Es la vida inexorable.
Vuelvo a estar atenta a mi camino. A esta naturaleza que me atrapa. Me conmueve. No puedo dejar de observarla. El silencio de sus mutaciones. Los cambios en el entorno, lo que sucede de una estación a otra. Día a día. Cómo se modifica la luz de los días, y la duración de las noches, la altura del sol, la eclosión de las semillas, las flores, las plantas, los pájaros, las abejas. Las hormigas. Las mariposas, los picaflores. Las ramas de los árboles que pierden sus hojas, todas ellas, y después se vuelven frondosas hojarascas verdes otra vez, brillantes en su abundancia tierna, y de nuevo amarillentas, quebradizas, marrones, y luego son las hojas que se acumulan en montículos que después el viento mueve un poco, pero que ya no se lleva del todo, una vez que está formada la montaña de hojas no. Y el olor a la lluvia, distinto en invierno que en verano. Y el otoño de nuevo, el invierno plateado, respirar el aire tan frío que parece que cargara con mínimas partículas de hielo, después un día la promesa de una nueva primavera y el comienzo del verano y su agobio otra vez. La vida. Todo el ciclo completo alrededor. Incansable, entero, que se cumple inexorablemente. Y casi siempre es muy hermoso, y a veces tan triste.
©Katy Herendi
mayo 2016 - agosto 2022
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