domingo, 29 de diciembre de 2024

Inaugural


 Un camino  serpenteante,   dos pares de pies que  dejan huellas suaves, las únicas.    Bajan desde  lo alto del médano,  se pierden bordeando el agua, las pequeñas olas. Temprano por la mañana   la playa lisa, planchada por la marea nocturna, con montoncitos de espuma sucia que la brisa despedaza,  apenas entibiada por el sol recién salido,  espera las huellas y las conserva, únicas y fundantes del día nuevo,  solitarias hasta que la marea de turistas se apodere del lugar. 

Todas las mañanas todo vuelve a empezar, se baraja y se vuelve a dar, el diseño es casi igual. Una pizarra inaugural.  

Las gaviotas miran. Las pisadas comienzan temprano. 



Katy Herendi, 2024




#huellas #oportunidad #KatyHerendiEscritora #KatyHerendi


martes, 10 de diciembre de 2024

La cara simple


 Dos líneas suaves, finas, doradas, los ojos. Sin pestañas. La veo desde el suelo mientras estiro mi columna sobre la colchoneta, con las piernas descansando en el banco de madera de modo que formen un ángulo de 90 grados. Se supone que eso calmará mis dolores lumbares. Ella tiene los ojos cerrados, imagino que piensa. Le concedo ese don, el de pensar.  O el de soñar. Una cara de cerámica que debe haber cumplido por lo menos cuarenta años, un poco menos tal vez. No tiene nombre, no tengo esa costumbre. Hay gente que le pone nombre a todo, a objetos que no precisan ser nombrados. A objetos, a partes del cuerpo. Al auto. A las plantas.  Son costumbres.  La cara no tiene nombre. La compré con mi primer sueldo. Estaba apenas visible, escondida entre otras muchas cosas: campanitas de cerámica, fuentes para horno, floreros, elefantitos con la trompa enroscada para poner un billete que traería fortuna al hogar, juegos de tacitas para café, en fin, montones de objetos en la vidriera de un negocio cerca de mi casa, en la esquina, donde estaba la parada del colectivo. Un bazar casi seguro. O una casa de regalos. Estaban de moda las cosas de cerámica.  Creo que era un bazar.  En medio de un pequeño caos estaba la cara. Había otra. Solo esas dos.   La otra era muy colorida, tenía flores, un pañuelo con lunares, cintas de colores.   Enseguida uno miraba esa, la de los colores. Esa cara llevaba una máscara, además, un antifaz pintado de azul con redondeles de distintos tamaños y colores.  Capturaba la mirada.  Pero a mí me gustó esta. Simple. Casi tímida. Me gustó porque tenía esa ala celeste que le sale del medio de la frente, una frente alada, salpicada de estrellas diminutas y doradas solo en el ala que nace de su frente, como una ceja. 

La cara blanca, la boca roja. Simple.  Con el tiempo le puse cintas finas que cuelgan de las orejas inexistentes. 

A veces por lo cotidiano la olvido y no la veo. Pero cuando vuelvo a prestarle atención pienso que para mí ese ala que le sale de la frente representa La Imaginación. Nunca se me ocurrió que fuera otra cosa. Es la imaginación.  Un vacío vasto, una posibilidad naciente, o todas, un campo donde todo es promesa. Esa frente alada saca a la luz una magia, conecta lo interno con lo externo, pone el deseo afuera como una conexión que no se extingue en el tiempo. Cuando la miro tantos años después siento que es el recordatorio de una etapa de mi vida.  Un testigo. Como una marquita que uno se dibuja en la mano para recordar algo. 

Quería hacer tantas cosas entonces. Tenía toda la vida por delante, toda entera. Sin usar.  Quería ser veterinaria, escritora, actriz. Quería estudiar teatro. Quería ser actriz de teatro. Ocupar las tardes en ensayos hasta altas horas de la noche, mientras las calles estaban silenciosas y el mundo dormía. Me imaginaba un teatro a oscuras, los asientos vacíos, apenas visibles las primeras filas, mientras un sinnúmero de acontecimientos sucedía en el escenario, desplegando emociones, desplegando sentimientos, bajo un par de luces puntuales. Descubriendo otra yo dentro de mí que todavía no se había animado a mostrarse. Quería ser deslumbrante, ser parte de un grupo de teatro. No tenía la idea de ser famosa pero sí la de estar sobre un escenario siendo parte de un elenco.  Ser otra. Tener algo que decir. Prestarles mi voz y mis formas a distintos personajes.  De aprender nuevos enfoques, otros modos de decir, de ponerme ropajes de distintas épocas, de estar inmersa en una escenografía de cartón pintado y que esa fuera una "verdad". 

Quería ser una persona nueva. Encontrarme conmigo, con alguien a quien finalmente no conocí. 

Esa cara que miro desde el suelo, y que tanto hace que me acompaña, fue conmigo cuando me fui a vivir sola, cuando pensé que sería otra, cuando todo estaba por hacerse. Y me sigue acompañando ahora que quiero otras cosas, mientras escribo estas palabras, esa cara simple que supongo siempre amable, que no juzga, una cara simple que me recuerda en silencio de dónde vengo, qué cosas deseaba, que me sigue acompañando a seguir soñando, a seguir imaginando, como hace ella con los ojos cerrados, pero con los ojos abiertos y la ilusión ahí. 




Katy Herendi  (2024)




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jueves, 5 de diciembre de 2024

Ausencia


 Sonidos: el chirrido de las ruedas, algo que roza, algo que raspa, algo a lo que le falta lubricación. También el traqueteo de las piedritas del camino. Un hombre empujando la camilla o transportín, no sé cómo se llama, arriba va el ataúd con mi mamá adentro. Se iba sola sin nosotros, nunca más con nosotros el cuerpo del que nacimos, el continente que nos dió la vida, todo eso y más con el hombre que empujaba el transportín. Chau, mamá, pensé. Chau mami. Pensé en el perfume de sus manos. Detrás y alrededor de mí los conocidos se iban moviendo, abrazándonos, diciendo cosas cariñosas que no recuerdo, abrazos o manos que apretaban nuestros brazos, fuerza, salían de la capilla, volvían a sus días, a las compras del supermercado. El camino donde a mi madre seguían llevándosela comenzaba en un costado de la capilla, una especie de pared de vidrio. Dos paneles corredizos y un camino sinuoso bordeado de árboles, de plantas cuidadas y abundantes, florecidas porque casi era verano. Dos hombres empujaron los paneles de vidrio y después volvieron a cerrarlas. Yo escuchaba el chirrido de las ruedas a través de la gente, de los saludos, de algo que había que ir a firmar, de la mujer amable vestida de traje negro que nos explicaba cuándo retirar las cenizas y nos señalaba las chimeneas que se levantaban entre los árboles y nos entregó un folleto con fotos. Seguía escuchando el chirrido; hasta dónde iban a llegar. Un depósito. El crematorio. Pensé en la cara de mi mamá, a quien ya no vería más que en fotos, en gestos recordados que el tiempo transformaría en gestos nuevos, distintos. En el humo que exhalarían las chimeneas cuando procedieran. El teléfono ya no traería su voz del otro lado. Pensaba en eso cuando me preguntaron en qué pensaba, pero dije que en nada. Que no pensaba en nada de nada. Después ya no escuché más ese chirrido y escuché la ausencia. 


Katy Herendi, 2024

La imagen de Pinterest sin mención de autoría


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Sabiduría ancestral

  Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...