martes, 28 de febrero de 2023

Cuestión de tiempo

 A esta hora tal vez ya ni importe. Nada va a recuperarse. Ahora da igual. Si ella viera lo mismo que estoy mirando; y hubiese visto ayer. No solamente las macetas, todas las plantas: las calas del rincón, las begonias, los geranios, la albahaca; todas las otras plantas; sus malvones. Como si hubiesen estado esperando su mejor momento para que unas pocas horas de helada echaran a perder las cosas: de esta manera. Como si un pequeño incendio hubiese sucedido en algunas, tan chamuscadas quedaron; o como si una mala noticia se hubiese difundido en aquellas y entonces tan solo se dejaron morir. Lo peor. Y no hay remedio. No es como en el verano. En el verano algo siempre se puede reparar. 

Cuando ella se ocupaba del jardín había huerto y también un gallinero. Cada vez que llegaba de la escuela la abuela me esperaba, como en forma casual, con algunas cosas para hacer juntas, o con la regadera, o con la palita y los guantes, el canasto para cosechar. No porque no pudiera hacerlas ella sola, nunca hubo una persona con tanta energía. Algunas veces me hizo creer que sí, que era una ayuda que  necesitaba,  después pensé que me dejaba una especie de legado. Algo así.  Aunque eso tampoco nadie lo había mencionado. Lo seguro era que no precisaba  ayuda.  A lo mejor era para hacer eso juntas. Casi seguro. Era lo que más le gustaba y tal vez pensó que a mí también me gustaría. Enseñarme algo sobre las plantas, sus procesos, desmalezar, cultivar y sobre todo darles uso. No había con qué equiparar la cocina de la abuela. Y en su mayoría con vegetales de su huerto. Ahora había solo algunas plantas en los rincones, algunas macetas.  El gallinero hacía años que se había venido abajo y el huerto no dejó rastros. Nunca se quejó, pero qué va a decir ahora.

Ahora  va a machacar con lo del descuido. Que me lo dijo cuántas veces. Que para qué habla. Al viento le hablo, va a decir. Si cruzo el jardín voy a mojar con los zapatos la vereda. Ella algo va a decir. Si no bajo la vereda, si no camino sobre el pasto, seguro reclamará que ni siquiera me acerco a ver las plantas. Por qué no busco la escalera y tiro, de una,  vez  todas las macetas al  baldío. Podríamos llorar juntas por el final incierto de las plantas,  maldecir al desgraciado que se atrevió a llevárselas. Pero no hago nada. Nada de todo lo que imagino. Y ni tampoco bajo la vereda. 

Es una linda mañana; en cualquier momento sus pies arrastrarán las chinelas hasta la cocina, de ahí a la puerta hacia el jardín. Dirá que hace frío; mucho más que ayer, me va a preguntar si bajé la estufa y anunciará que ya puede desayunar. Que está lista. Se sentará a la mesa, buscará los lentes tanteando  como si no los pudiera ver,   se los colocará mirando alrededor, recorriendo lo que hay sobre el mantel. Con un dejo de asombro descubrirá el plato con su medicación de la mañana y dirá, mis pastillitas, como si fuese una novedad o un regalo que no esperaba encontrar.  Con un trago de leche fría las tomará de a una. Una un trago otra un trago y así hasta terminarlas. Cuando el plato quede vacío acercará la cara para observarlo en detalle.  Dirá que es hermoso, tan delicado.  Se le van a llenar los ojos de lágrimas. El último plato de café que queda del juego de porcelana, el que más recuerdos le trae y que merece siempre el mismo comentario: porcelana inglesa, ya no se hacen  regalos así. Todo lo que coloco en la mesa ella lo acomoda un poco más. Un poco más derecho, un poco más centrado, un poco más cerca. La cucharita, el cuchillo, el plato, la servilleta. La azucarera es desplazada hacia un lado con un giro, como si patinara sobre hielo, y vuelve donde la dejé. A veces pienso que lo hace para sentir que ella también puso la mesa. 

Me siento a tomar mate mientras la acompaño en su desayuno. Siempre me ofrece sus tostadas. Y siempre le digo que ya desayuné. Todos los días es la misma conversación. Casi, casi con los mismos gestos, los silencios y hasta los mismos sonidos: cucharita, plato cuchillo. El crujido del pan. Las miguitas que quiere juntar del individual con sus yemas rosadas y dulces. 

La cocina no huele igual cuando la que desayuna es ella. Las tostadas, el limón de su té y hasta la mermelada de frutillas parecen oler a algo que ya es pasado. La miro comer; mastica lento, vuelve a ofrecerme. Le digo que no con la cabeza. Las plantas se helaron. Sigo mirando cómo desayuna. Revuelve el té. ¿Los malvones también? Los malvones no tanto.  Sus manos blancas, acordonadas y un poco inseguras, acomodan esta vez los platos vacíos, la ayudo a levantarse. Despacio. Escucho el avance de sus chinelas llevándola hasta el sillón. En la ventana, afuera,  está el gato blanco de la vecina. Ella toca el vidrio con el índice; la falange un poco desviada; el gato la mira. Ella dormita un poco en su sillón, el que tiene almohadones y la manta que le gusta. Mientras termino de levantar la mesa, la escucho: Si hay malvones, todavía hay jardín. Es cuestión de tiempo.  

Quizás hubiese preferido que se enojara un poco. Me prometo que el próximo invierno voy a ser más cuidadosa, voy a estar atenta a sus plantas, me voy a anticipar a las heladas, voy a consultar el pronóstico; pero cuánto falta para el próximo invierno.



Katy Herendi



#katyherendi

#cuentocorto

#familia #tiempo

#mujeresqueescribimos

#escritoraargentina  


jueves, 23 de febrero de 2023

Mutaciones

Merodean pensamientos.  

Me rodean.


Los días, sus ritmos, vaivenes

ramas al viento  

los colores, los olores, 

ciertas texturas.

Mutaciones


fluctuaciones. 

recuerdos

la yema de los dedos

Palabras

tu voz

Sentimientos  que me  habitan, amores  que me hospedan. 

Un llamado

Tristezas solapadas 

abismos insurcados 

 candiles olvidados

brillan en lo oscuro


una flor seca en ese libro


Actitud

Corta su porción en rectángulos perfectos, con precisión quirúrgica.

Come la porción de pan  que se ha servido. Imagino que del mismo modo cuando come brie  corta el pan. Los higos. El melón. 

A él nada se le deshace. Nada se le  desmigaja. 

Come un pan. 

Levanta la porción del plato hasta la altura de sus ojos. Observa. Huele. Rota. Cierra los ojos. Huele otra vez. Coloca la porción dentro de la boca, sobre la lengua un poco elevada. Come algo único y sagrado. Delicioso y húmedo. Algo que se ofrece aromático y vigoroso.  Pareciera que frente a él los alimentos  se nimbaran. Nosotros lo observamos. Él ni nos mira. Come como si en torno a él se levantara un domo. Algo que lo aisla de los simples  mortales.  Todo es un manjar  deseable cuando él es quien come, aunque todos  tengamos servidos la misma cosa en el plato y estemos comiendo juntos en medio de este bullicio. 



 

lunes, 20 de febrero de 2023

Quedó el perfume

 Decía  que no le apenaba  vender la casa, pero sí el perfume de los tilos. Los ojos un poco achinados cuando decía.   Miraba la copa inmensa repleta de florcitas amarillas apiñadas  cuando dijo. Era como si quisiera guardarse el árbol entero dentro de los ojos. Otro día que lo vimos  nos dijo que en ninguna parte dormiría así, como lo hacía en su  casa, y la señaló, como si no supiéramos a cuál casa se refería. Como si no nos conociéramos de años, de cuando en el barrio no había ni tilos, ni pinos, ni robles, ni limoneros, ni nada. Ni sombras ni perfumes ni hojas doradas en el otoño. Pero  dijo que era por los tilos, que ya lo venía diciendo de antes. Y otra vez volvió a decir que no le apenaba la casa. Nada le apenaba.  Que no le apenaba ni por los recuerdos, ni nada. Nada le apenaba. Los recuerdos  los llevo conmigo, adentro, dijo. Se había tocado el pecho, bien fuerte cuando lo dijo.  Adentro, y se golpeó el pecho. Lo escuchamos. Un poco fuerte se golpeó. Los recuerdos que me importan, que tampoco son tantos, dijo,  acá, donde con esmero se aseveraba el golpe. Ah, pero  el olor de los tilos..., dijo. No soportaba perderlo. Tantas veces dijo, tantas se golpeó el pecho. Desde mi ventana puedo oler lo que el viento trae de su vereda, y entonces las imagino,    las flores doradas de los tilos, solitas, ese techo abovedado de ramitos perfumados.  Hasta yo sentí su pena. Tanto y tanto se golpeó, tan fuerte, con tanta rabia, que  ahora ya no le apena nada. Ni los tilos.  Pero quedó el perfume. 

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Katy Herendi


martes, 14 de febrero de 2023

Suelta de palabras

Escribe palabras. Palabras sueltas. Palabras rotas. Huérfanas. 

Embarradas. Enmohecidas. Borrachas. Bravas. Escribe bobadas. Escribe enramadas. 

Escribe brumosas. Embrujadas. Vencidas, lastimadas.

Mendigas. 

Escribe terciopelos. 

Mariposas. Polvos de oro. 

Escribe amaneceres. Eclipses y tormentas. Palabras alunadas.

Enramadas

Entramadas

Turbulentas

Impávidas. 

Palabras dolientes, pacientes,  quejumbrosas.

Escribe promesas. 

Juramentos y proverbios. 

Escribe bendiciones. Oraciones. Olvidos,  encuentros. 

Escribe otros tiempos. 

Borradores. Conjuros y hechizos.

Palabras acolchadas.

Escupidas, desgajadas. 

Acuciantes. 

Decadentes, ostentosas.

Crujientes. 

Abiertas. 

Delicadas, sanadoras. 

Luminosas. 

Curativas.

Imposibles.  

Olvidadas. 


Katy Herendi

14.02.2023


sábado, 11 de febrero de 2023

Pensamientos

Guardé  pétalos de pensamientos en un libro. Cinco o seis. Con el tiempo se fueron secando. Ahora son pensamientos frágiles,  se pulverizan cuando los toco. Ni siquiera hay vestigios de su color. Eran pensamientos  espléndidos.  Campestres,  humildes. Lo sé, creo recordarlo, pero el recuerdo de mis pensamientos quizás no sea ahora el real. 

Ni siquiera percibo qué sentía cuando los guardé. Qué esperaba de ellos. Eran pensamientos vivos; con todo su color, su aroma, la savia entera. Todo por delante hasta que los encerré. 


Katy Herendi



#pensamientos #textosbreves #escritora #literatura 




sábado, 4 de febrero de 2023

Los pequeños frutos

Los escucho caer,  golpear la chapa. A veces creo que  la van a quebrar.  Ya sé que no, pero es que es un ruido tremendo, y de noche todo parece siempre peor.  Ahora empezó de nuevo.   Mi vecino, Pancho,  levantó la medianera entre nuestras casas ni bien se mudó. Hace  tres  veranos, creo.  O quizás cuatro. Me avisó de un día para el otro porque a la mañana siguiente ya  venía la cuadrilla a trabajar y  se iban a meter en parte en mi jardín.  Había que  quitar de raíz la hilera de plantas que separaba nuestros terrenos para hacer los cimientos del paredón. En el apuro le dije que sí, que por supuesto. Me alegré porque ya no tendría que lidiar con la ligustrina, que cada año se ponía más alta y difícil de mantener, y la medianera no me iba a representar ningún gasto.  La mitad de la medianera quedó de 1,80 m de altura,   después se eleva en dos tramos escalonados hasta alcanzar 3 metros. Ocupa todo lo largo del terreno hasta el fondo.    En la  parte más baja  se ve la caída del sol, una porción del  techo y la esquina de la chimenea de la que fue la casa de mis abuelos;  y el  grupo de árboles que llamábamos el bosquecito.  Esos árboles  no están en el jardín del terreno,  aunque desde acá parece que sí. Son cuatro árboles altos y frondosos. Dan una linda sombra a la casa. Le quedó el nombre porque esa es la sensación que da, de bosquecito.  Dos arces plateados, dos moras. El terreno  llega hasta  la  esquina.  Tres  lotes.  Los árboles de los que hablo están en la calle, en las dos calles que forman la esquina.  También hay otros árboles, una hilera extensa de distintas especies, en las dos calles,  pero esos están más separados entre sí. Todo plantado por el nono. En esta zona no hay veredas de material sino  de pasto, en cierto modo son extensiones de los jardines,  cada uno se ocupa del propio. Hay propietarios que  hacen canteritos y plantan malvones,  jazmines,  lavandas. Lazos de amor. Margaritas. Plantas sencillas. En las zanjas abundan los iris y las calas. Y sauces, robles, arces, pinos, árboles de toda clase.   En primavera el barrio florece en aromas y tanto  colorido que atrae abejas, mariposas y picaflores.  Acá hay toda clase de pájaros: calandrias, teros, mirlos, zorzales, palomas, gorriones,  loros, horneros, carpinteros. Pancho me enseñó los  nombres. Yo no sabía. Tiene un libro de especies de aves. A veces los observa con  binoculares. Es interesante hablar con Pancho, de día. Pancho es un hombre educado, solitario, alto, un poco encorvado, de bigotes. Tiene un tic en una de las mejillas, un tirón que le estira un lado de la boca y parece que sonriera cuando en realidad no.  Siempre dispuesto a conversar.  En esta época los árboles de moras ya tienen frutos, se ven desde mi casa.    Con este día de viento tibio alcanzo a ver el movimiento de  las ramas largas,  como decenas de brazos delgados y sueltos.  Se mueven cada una a su vaivén. Pancho dice que espera esta época por los pequeños frutos.  Nada le gusta más que las moras.  Nada en el mundo le gusta más, así lo dice. Hace mermeladas  y licor para todo el año.  

El cielo está celeste celeste, dice sin dejar de mirarme. Espera. Una pileta recién pintada, dice. Vuelve a hacer una pausa. Con el dedo índice señala el cielo varias veces, como si yo no supiese a qué se refiere cuando menciona el cielo.  Antes  me gustaban las conversaciones  breves que solíamos tener. Conversaciones casuales que ahora más bien son monólogos,  que además sospecho que ya no son casuales. Él habla sin esperar mis respuestas, mis respuestas son sólo gestos, señales que confirman que lo escucho: una levantada de  cejas, abrir más o menos los ojos, o quedarme viendo, sin pestañear, alguna planta esperando que termine de hablar. Siempre aparece cuando salgo a caminar,  de golpe, cuando voy al mercadito o al vivero, cuando vuelvo del almacén.  Siempre. No sé de dónde sale.  Es increíble. Estamos como sincronizados. Me dice que le gusta la jardinería y será así, suele aparecer desde detrás de algún árbol o arbusto, de los muchos que hay. En general lleva puesto un delantal, como los de cocina, de tela gruesa gris, o azul, con muchos bolsillos desde donde asoman herramientas, guantes, tijeras de podar, cuchillos. Sobre una lona, a la sombra, hay  serruchos, una pala.  Una bordeadora vieja. Bolsas transparentes etiquetadas que encierran potes que advierten  VENENO en letras grandes y vistosas de color rojo. Un frasco con  enraizante.  Los desperdicios los entierra en su terreno. Por lo del compost. También enterró a todos sus perros, ahora tiene uno solo, blanco y medio ciego,  y a unos gatos que dijo haber encontrado muertos en la zanja.  Cuatro o cinco  gatos enterró. Tengo mala suerte, dice, y un poco estira la boca, no creo que esté sonriendo, y agrega:  siempre tengo que estar cavando.  Hoy dice que el cielo es de un celeste patrio. Lo señala.  Lo miramos. Aparece una bandada de loros haciendo tremendo escándalo. Como escupidas por una máquina, dice.  La voz de Pancho suena seria hoy.  Como que lo dijo con rabia. Se rasca la cabeza, se toca la nariz. Le pregunto si está con alergia. No responde. Frunce el entrecejo. Está inquieto.  Mira la lona. Mira el cielo. Ahora pasa una  bandada de palomas chillonas.  Algunas calandrias se paran en las ramas,  picotean algunas moras.  Pancho da unos pasos, agarra la escoba que dejó junto al portoncito, hace como que le apunta a los pájaros. Pum, dice con firmeza. Se ríe.   Me voy.  

Camino los treinta metros que hay hasta mi portón.  Los jazmines están rebosantes de pimpollos, algunos ya abiertos, lo mismo las camelias.  Hay  abejorros dando vueltas sobre  las flores del plumerillo. Me da un poco de desconfianza. Uno nunca sabe con los abejorros.  El viento es cálido. Yo creo que va a llover después, no sé. Veo  una  hilera enloquecida de hormigas rojas. Va a llover seguro.  Una primavera totalmente instalada.  Hace calor hoy de nuevo. Está  pegajoso. 

Preparo un té. Me siento afuera a mirar el cielo ahora que los días parecen durar más  y que todavía está claro. Cambia el cielo también. Las tres Marías se ven más temprano pero no todavía.  Júpiter es el que se ve primero, apenitas, justo arriba.  De pronto oigo un portazo, una puteada.  Una detonación. De inmediato otra.   Me apuro a meterme en la casa a bajar las persianas, tengo que andar  agachada. Otra vez. En esta época  también escucho la escopeta del vecino.  Caza pájaros. Dice que cuida sus moras, como un guardián.  Que nada le gusta más que las moras.  A veces los pájaros caen  sobre mi techo.  Los escucho cuando caen y golpean la chapa. Por  la noche tarde subo a juntarlos con la escalera que él me prestó y que al final me dijo que me la quedara. Subo con una caña larga para arrastrar los cadáveres hasta mi.  Tengo que iluminar los cuerpos. Me da impresión iluminar los cuerpos de los pájaros muertos, pero tengo que encontrarlos sino  después se llenan de bichos y es peor. Apenas los miro.  Los junto en una bolsa y los tiro al otro lado de la medianera.  A Pancho le gusta enterrarlos pero yo se los tiro con bronca.  Todos los días me prometo que un día de estos me voy a mudar.  Pero después pasa y me voy olvidando porque no todo el año hay moras. 




Katy Herendi 






#literatura 

#cuentosbreves

#escritorasargentinas


 

viernes, 3 de febrero de 2023

Cosas de la tía

El detective corre por los techos del vecindario, salta entre dos edificios. La tía dice, uh, casi casi.  La chica, que hasta hace una hora era  empleada de una perfumería ya maneja a la perfección el arma que a regañadientes él le dio para defenderse, por si acaso, mientras salta por los tejados a la par del experimentado detective. Ella debe ser una espía, dice la tía  mientras sigue  cortándose las uñas con los dientes. No te comás las uñas, le dice el tío. 

Primero las mastica en orden, despacio, le dedica tiempo, hace pausas. Tantea con la lengua. Algunas cutículas se ponen escurridizas.  Es por la película, dice, me pone nerviosa tanto que saltan por los techos, me hacen comer las uñas, y además  francesa, dice.  Qué tiene que ver que sea francesa, dejá de comerte las uñas. Es por la angustia, dice. ¿Viste que son toda gente linda los franceses? El tío no responde. Ella se concentra en seguir masticando.  Primero empieza a morderlas, al final las recorta masticando de a milímetros y va haciendo un montoncito en la mesa. Si yo fuera francesa me dedicaría a tomar champagne y a comer quesos. El tío le dice que no se muerda más las uñas, después ve el montoncito en la luz tenue y cambiante que ofrece la pantalla. Todas esas uñas ahí, por favor, dice. Se levanta a buscar un papel de cocina. Entonces la tía le dice que no las va a andar tirando, que no las deseche, podrían ser reliquias, dice, quién sabe si yo no soy una santa y un día cualquiera me canonizan. ¿Ves?  Podés vender bolsitas con mis uñas, en notredam. Por ahí hago un milagro, quién te dice.  Acá el único milagro que vos hacés es bajar el cericet. Yo compro el licor y baja solo, va bajando y bajando  hasta que desaparece, dice el tío. La tía hace un gesto con el hombro y le responde, monóm plus. El tío la mira en la penumbra del comedor, qué decís. Ella,  sin dejar de mirar la pantalla, dice: Monóm plus. Te estoy hablando en francés.  Otro milagro, yo no sabía francés y ahora sé.

 

Papá, en el día de tu cumpleaños

 Algunos datos que sé y algunas cosas que me acuerdo. Tu nombre, Zoltán. Naciste un 2 de febrero, de acuario, cosa que compartimos (y que por alguna misteriosa razón me encanta, me encanta ser de acuario). Fumabas, hay un par de fotos donde te veo fumar. No sé qué marca,  supongo que sin filtro. Usabas  fósforos Ranchera,  los  de cera, de esa época. Guardé una cajita durante años hasta que se desintegró. Quizás ni siquiera era tuya, pero durante años la guardé como si fuera. 


Una tarde de verano mataste la  araña que de pronto subía por mi brazo. Yo estaba parada en la pileta de afuera, la de lavar ropa, que era enorme, y ahí estaba ese monstruo trepándome.  Me acuerdo que grité, que de un salto la quitaste, que de inmediato me sacaste de la pileta para mirarme el brazo, para decir que ya estaba bien. Que no tuviera miedo.   


Eras técnico electrónico. Ví tarjetas tuyas impresas que decían Técnico Electrónico Europeo, pero hace mucho, no quedó ninguna. Me parece tierno que dijera “Europeo”, alguien te lo habrá sugerido, apenas sabías castellano.  Tenías una mesa de trabajo de madera que ocupaba todo lo largo de la pared del taller. Después de volver del trabajo a veces los vecinos te pedían si podías arreglar cosas:  planchas, radios, ventiladores.  Una vez entré corriendo  descalza al taller,  enseguida empecé a temblar. Me acuerdo de esa sensación de hormigueo fuerte que empezó en los pies, horrible. Imparable. Me estaba electrocutando. Vos corriste, se cayó el banco en el que estabas sentado, corriste  a levantarme  y me llevaste afuera, al jardín. Dejé de temblar. Me abrazaste. 


Tengo esos dos recuerdos de vos como un salvador. Mami detestaba que aún con el paso de los años en mis recuerdos siguieras siendo ese héroe de mi infancia. Pero qué podía hacer. No tenía tantos recuerdos enteros. Toda una secuencia de algo. Y sí, para mí habías sido un héroe.Yo era chiquita y vos me rescatabas. 


Con amigos salías a cazar liebres y antílopes.  Un atardecer hubo un grupo de hombres en la cocina que regresaban bulliciosos, vos incluído,  y hubo liebres y un antílope en el taller, me acuerdo del olor salvaje de la sangre. No me dejaron ir a mirar pero igual fuí y miré. Me acuerdo de la imagen. No es un recuerdo feliz. 

Nos hubiéramos peleado por ese motivo. Tengo guardada tu licencia de caza, un pequeño carnet con tu foto.


Mamá y vos me regalaron el vestido rosa de bailarina,  de seda y tul bordado con lentejuelas que formaban arabescos, un tutú con sus  zapatillas de ballet, todo rosa delicado, como nácar, muy claro. Me acuerdo del lugar donde lo fuimos a comprar. A lo largo de los años pasé muchas veces por la puerta del local, en Avenida Maipú, a unas cuadras del puente Saavedra. Ya no existe ese negocio, pero sí el pequeño local.  También ahí me compraron los zapatos rojos con taco como una bailaora española, y castañuelas. Los zapatos los usé en las obras de teatro que hacíamos con las monjas. Fuí  Gretel varias veces. También fui la bruja de Hansel y Gretel.  Cuando hice de Gretel no pude usarlos porque eran rojos, de bruja sí pude. Te hubiera gustado ver toda la cantidad de obras de teatro. Fuí también el lobo de Caperucita. Tuvo que subir una monja al escenario a decirme que me tenía que morir de una vez; yo no quería y nos pusimos a pelear con el cazador. 


Tenías los ojos oscuros y buenos, la sonrisa un poco ladeada. Yo también sonrío así.  La frente ancha, lo mismo yo. Demasiada frente los dos. Eras alto y muy buen mozo, papá. Divorciado. Lo sé porque encontré la libreta de casamiento de ustedes. Mami nunca me contó. A veces pienso que por qué no pregunté más. Te gustaban las películas de Jerry.Lewis y del Gordo y el Flaco. Subíamos al techo de la casa para mirar la televisión del vecino. No teníamos terraza, subíamos al techo literal. El vecino tenía el televisor en la galería. No  escuchábamos nada, pero nos gustaba ver. 

Si te dijera esto, ¿lo recordarías? A mí me encantaba esa aventura en los techos. 


En la mayoría de las fotos  me tenés en brazos. Casi, casi en todas las fotos. 


Tengo recuerdos sueltos sin principio ni final, como pedacitos de una película, una especie de trailer. Una vez,  me lavás las manos antes de sentarnos a comer. Nos miramos en el espejo. Nos reímos pero no sé por qué.  El baño tenía azulejos amarillos. Otra vez vos te  estabas afeitando y me pusiste espuma en la nariz. Me acuerdo de un perrito que teníamos todo peludo y blanco y después no lo tuvimos más. Se llamaba Snif-snif. 


Creo que  eras una persona graciosa. Que tenías buen carácter. 


Íbamos al Italpark, a la montaña rusa, un montón de veces.  Mamá no subía. Nos miraba desde abajo y un poco sufría. 

¿Cómo yo hacía eso,  ahora todo me da vértigo? 


Y las funciones de ballet. Habías hecho ese dispositivo redondo con cartón y celofán de colores. Tenías atrás un velador y ese redondel  giraba. Era  mágico. Con eso iluminabas el ambiente y yo bailaba para ustedes, como una bailarina de verdad. Los viernes o sábados a la noche, si no había otro plan.   Ustedes escuchaban ese programa en la radio de música clásica, óperas, conciertos. La pequeña casa a oscuras se transformaba en escenario, sólo con los colores teatrales del celofán. Vos iluminabas,  mamá presentaba y yo bailaba creyendo que todo era real. Que había un palacio,  un bosque, un teatro, el público.  Era un bello  acontecimiento. Tan bello. Las pocas imágenes, ustedes sentados en la penumbra expectantes son imágenes grabadas en mí para siempre. 


Me contabas cuentos, me leías libros, a veces nos metíamos en la cama grande los tres, con una linterna y libros. Vimos La bella durmiente en el cine. Y con mamá jugaban ajedrez ustedes dos, solos, casi todas las noches. Les encantaba: ajedrez y una copa de algo rico. Los viernes y fines de semana era con amigos, y después de cenar  también jugaban  ajedrez, partidas larguísimas a veces  hasta la madrugada. Al día siguiente, todos salíamos temprano a Tigre, al barco de uno de ellos que además de navegante era fotógrafo, íbamos a navegar todo el día y muchas veces pasábamos el fin de semana en una isla. No sé de quién. 


Les gustaba salir. Eran incansables. Recuerdo despertar a upa en algún colectivo, en alguna cena, paseando a pie por las calles arboladas del barrio, montones de veces, con el rumor de sus voces, y sus risas. 

Me acuerdo de la heladería a la que íbamos después de cenar. Era en Libertador, en una ochava muy cerca de las vías de la estación Vicente López. Te gustaban los helados de pistacho.

Mami decía que  tocabas el violín. Que eras muy buen músico.  Nunca te pude escuchar. Pero sí tocar la armónica, y el acordeón a piano, muchas veces.  Vivimos en Vicente López. En Madero 739. Creo que esa casa ya no existe, era tan hermosa. Ustedes  alquilaban la casita de atrás. Los propietarios eran un matrimonio español. La hija era grande, tenía dieciséis,  se llamaba Popi. 


El resto de lo que me acuerdo son tres  imágenes más que hoy  guardo para mí. No quiero mezclar tu muerte con este “trailer” que me trasladó en el tiempo y me regaló algo lindo, una buena sensación,  como cuando uno va al mar y ya, antes de verlo,  lo  siente, sabe que está ahí,  está el aire salado, el vientito cálido,  el rumor de las olas. Igual me pasa a mí. No te veo pero de pronto hay días que, qué se yo,  creo que andas por aquí. ¿Andarás? La verdad que no lo sé. Pero me gusta pensar que sí. 



Feliz cumpleaños, Papá querido, te adoro, tu hija.


Sabiduría ancestral

  Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...