martes, 31 de octubre de 2023

Gaviotas

 






Planean sostenidas por las corrientes de aire. Quietas, en perfecto equilibrio.  Los enormes ojos  inmóviles. Las alas muy abiertas enfrentando el mar a pocos metros de mí, a pocos metros del manto tibio dorado del cúmulo de residuos de rocas milenarias, minerales, fragmentos de caracoles marinos,  restos de antiguas embarcaciones, materia orgánica  que se escurre como nada entre los dedos.  Los pequeños fragmentos dorados. En vuelo se levantan las gaviotas de la arena,  enfrentan la marea de viento que las empuja,  que las sostiene, que las invita a  dar un giro. Vuelan hacia  las nubes. Escandalosas. Las extendidas alas blancas, que de tan blancas parecen pintadas se funden en el fondo blanco de  nubes.  Ya no se oyen, ya no se ven más las gaviotas, solo algún  punto negro, las hermosas cabezas, y enseguida nada. Solo el cielo. Vacío de gaviotas.


Katy Herendi, 2023

(imagen, Pinterest)


El camino del escritor, Julia Cameron

 "Al otro lado de la ventana de mi estudio dos delicados pinzones están picoteando en su comedero. El claro sol de la mañana ha dado paso a un cielo de nubes plateadas. Los caballos están ocupados desbaratando la valla norte del potrero, y las rosas silvestres que cubren toda la pared de mi patio están abriendo sus corazones dorados y carmesí. El canto de los pájaros que envuelve la casa es sibilante y variado. Un camión de UPS acaba de parar fuera. En todos estos detalles, el hecho que destaca para mí con más intensidad es que escribir sobre mi vida hace que la aprecie más. La valoro. La veo. Escribir es el acto de abrir los ojos a la belleza absoluta de las cosas normales. En eso consiste la rutina, y la rutina es salud mental."


El camino del escritor,  Julia Cameron

Gaia Ediciones 

(fragmento pág 167)

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#libros

#escrituracreativa

#SerEscritora 

#escribir

domingo, 29 de octubre de 2023

Mariposas invisibles





A veces me  daba cuenta de que la molestia que sentía era porque desde hacía rato debía estar mirándome. Era como tener una mosca caminando por la cara. Me tenía en foco dentro de ese circuito cerrado que eran sus ojos, viéndome desde lejos, simulando que en realidad estaba haciendo cualquier otra cosa;   me miraba como si yo fuese algo inapropiado que alguien había dejado sin querer en el lugar errado. Imaginaba su gesto a la distancia. Los ojitos afinando, haciendo malabares para acomodar la miopía y poder verme. Hurguetear con las pupilas achicadas como si tuviese que entender qué clase de ente era yo, qué hacía ahí entre las cosas de su vida, qué hacía ahí yo en la casa que había sido de mis abuelos y antes de mi bisabuelo y que ahora le pertenecía a ella. Su mirada era punzante, dardos o alfileres que picaban partes del cuerpo como una alergia repentina. Me sentía acorralada, qué lástima que no se me ocurriera irme entonces cuando podía haberlo hecho. Me iba a sentar cerca del arroyo entre los arbustos para que no me viera con la misma expresión con la que se observa una bota mojada enchastrada de barro en la decorada mesa navideña. La cosa extraña y sucia goteando silenciosa  sobre el mantel sin máculas en la noche dorada. El peso de su mirada me expulsaba. En vano intentaba no mirarla para no  evidenciar que percibía su mirada, la crítica de sus ojos. Me llenaba de alfileres, una mariposa apolillada en la pared. Le gustaba sacar fotos. Sacaba muchas. A todo. Las revelaba después en el cuarto oscuro y algo azul,  jamás tiró ninguna. Flores fuera de foco, pájaros que parecían derretidos, un vaso sucio, la servilleta caída en el pasto, mi hermano  simulando que sacaba de su nariz algo repugnante. El gato de los vecinos. Una araña inmunda arrebujada en un rincón.  Ella se divertía con mi hermano, mi entraña, lo llamaba. Yo los miraba  de lejos cuando ella y él gritaban y se reían de estupideces como una mosca, un pájaro chocando contra las ventanas y cosas por el estilo. Sus gritos intencionales para llamar la atención como  adolescentes histéricos. Yo  seguía leyendo. O eso intentaba. Seguía con la vista clavada en el libro distraída del texto por ese tipo de escenas irritantes. El verano que pasábamos en la quinta de Córdoba lo aprovechaba entero para leer. Mi madre se colgaba la cámara al cuello. Ay, una mariposa, decía, y obturaba. Aunque después la mariposa no aparecía en el revelado sino la imagen movida de los árboles, un arbusto o el pasto o flores. Ella aclaraba después: Había una mariposa blanca. O anaranjada. Y por años lo repetía reponiendo la mariposa en esas fotos inútiles que nadie quería mirar y que no sé porqué no tiraba de una vez. Sin embargo en sus recorridos por el parque con un ojo pegado a la cámara y el otro buscando no tropezar, si daba conmigo sentada por ahí,  leyendo en cualquier parte del parque lejos de la casa soltaba la frase, a vos no te saco si nunca hacés nada, no vale la pena. Lo decía con un tono  de decepción, como si le hubiera fallado otra vez. Y le hacía una foto a algo que estuviera más o menos cerca de donde yo estaba. Hacé algo divertido, mirá tu hermano, qué risa. Y se iba  rápido, igual que una colegiala escapando después de decir lo indebido. Algo un poco hiriente porque sí. Algo con una intención un poco cruel, su modo de ser divertida, la manera de creerse todavía joven y audaz, tal vez irreverente,  no lo sé. Por eso no tengo fotos de verano en la quinta. Igual que las mariposas.  Pero tampoco las hay de ella porque era la única que sacaba fotos. Solo hay decenas de fotos de Quique haciendo una tonelada de imbecilidades. Y fotografías movidas con pájaros huidos; o quién sabe qué cosas que escaparon a tiempo de ser capturadas, y un poco dañadas de sus malas intenciones. 






Katy Herendi, 2023


(imagen vía Pinterest, sin mención de autoría)



jueves, 19 de octubre de 2023

Tan pronto llegó la lluvia

vía Pinterest 


Un latigazo de sol cruza el vagón, también sus ojos. Levanta la mirada del libro. Si alguien la estuviera mirando en este momento podría pensar que busca un responsable. Quién acuchilló de luz sus ojos. Se queda viendo a los pasajeros. Los recorre. Oye el susurro, las voces tenues de sus pantallas. Las musiquitas que se superponen y desaparecen. Los pasajeros van inmersos en sus pantallas. Capturados por esas otras lucecitas. Regresa al libro, busca el párrafo, pero el rayo de luz la dejó encandilada, no ve el párrafo. Entonces vuelve la mirada a los pasajeros del vagón. Es la única que viaja sentada al revés. El cartel sobre su cabeza dice, Asiento reservado. Los demás van ubicados de frente, los asientos se orientan de cara hacia el destino hacia el que el tren se dirige. Ahora piensa en eso. Piensa, el destino se les viene encima. O: ellos van hacia el destino. Buscan su destino. Como si fuese el título de aquella película. Mira el paisaje que va quedando atrás, todo lo que va quedando atrás. En la vida le pasa igual. No avanza, eso siente, mientras ve atrás. Hacia donde van está lloviendo, piensa, no hay buenos augurios, pero hacia atrás está el sol. Espléndido. Quizás el último sol que verán, o que podrían ver si estuvieran mirando. Si tuvieran los ojos atentos. Hay viento también. Pero hacia donde van ya llueve, los otros pasajeros ven la lluvia. Quizás nunca deje de llover, dijeron. Ella escuchó ese anuncio. Nunca, dijeron. ¿Puede nunca dejar de llover? Nadie parece inquietarse por el pésimo pronóstico. Quizás no saben el desastre que viene. Quizás a ella la lluvia le llegue después que a los demás porque no la ve caer. Los pasajeros van haciendo aparecer sus paraguas, se van preparando, de dónde sacaron sus paraguas, piensa. Atrás es escandalosamente perfecto: azul, sin nubes: sin una sola nube. Ninguna. Y los árboles que se recortan en el horizonte también son azules, después está el azul del río, el azul de los pájaros, un avión azul se pierde en el azul del cielo. Quiere compartir eso que siente cuando mira afuera, pero no hay con quién. En su imaginación grita como una loca: ¡Ya dejen de mirar sus pantallas, miren afuera! ¡Tenemos este azul! Pero quizás a nadie le importa ver lo monótono del afuera teniendo tantos colores en la pantalla. Ahí está todo lo que se precisa. Y más. Mucho más. Allí todo es perfecto. Como es hermoso al otro lado de la ventanilla un poco abierta, con ese aire cálido que le entibia las manos, el aire que siente tibio al respirar, tan lleno de primavera y tan azul, todo azul, de un azul parejo, oceánico, parecido al turquesa. Parecido a la lluvia. Ella sabe que también le tocará la lluvia hacia la que el tren se dirige, pero por el momento no quiere ver. Saca la mano por la ventanilla, apenas los dedos, apenas la palma. El aire envuelve sus dedos como una seda, abre la mano y entonces de pronto siente las gotas y siente la lluvia, y siente cómo las gotas se deslizan y mojan la palma de su mano abierta. Tan pronto llegó la lluvia, piensa, tan pronto. 



 Katy Herendi, 2023

lunes, 16 de octubre de 2023

Tren de Florida

Katy Herendi 

 


Cruzo la estación del tren por el puente oxidado, entero, construido —siempre tengo la sensación— como para siempre. Se me ocurre que la torre Eiffel debe ser así de sólida también. Con esas tuercas inmensas ya herrumbradas pero confiables. Ese es un puente para ir de un lado de la estación a la otra. Existe desde que yo era una niña, existe desde mucho antes también. Cruzo. En el cenit del puente me detengo. El pasillo que se extiende parejo hacia ambos lados no es tan extenso, solo cruza dos vías. Hacia Retiro una, hacia Bartolomé Mitre la otra. Me quedo viendo. De niña hacía exactamente eso. Veía pasar los trenes durante mucho tiempo, casi todas las tardes. Miraba a las personas que subían al tren, a las que alguna que otra vez se quedaban saludando a quien se acababa de ir, a las que bajaban, miraba cómo los que bajaban dejaban el andén vacío en segundos, solitario, a la espera de que todo volviera a comenzar otra vez. Siempre llegaban más pasajeros, una fuente inagotable de personas usaban el tren, aunque fuera solo una o dos. Según el horario. Los plátanos no estaban tan altos, eran altos, sí, pero no tanto como ahora. El piso de los andenes era  bajo, los trenes tenían escaleras de hierro y puertas de madera. El tren hacía un traqueteo que daba la sensación de fragilidad, como si fuera un juguete enorme y frágil que podía descalabrarse en el camino, poseía  aroma a madera, a metales viejos, a tinta de los diarios, a cigarrillos. De noche se encendían las luces algo cansinas, antiguas desde siempre. El tren de Mitre tenía algo  familiar. Una cosa que a uno le pertenecía. Era nuestro tren. Como el pan era nuestro pan, y nuestro barrio era nuestra casa. Cada vez que cruzo el puente pienso que el próximo tren que vea aparecer en la curva va a ser ese, con parte de mi infancia en los vagones y se me ocurre que lo voy a saludar con la mano levantada como a alguien querido que uno ve volver. 


Katy Herendi, 2023

viernes, 13 de octubre de 2023

Botones de nácar negro


 
Catrin Welz-Stein 


 

Clara vertió  el resto del agua caliente en la taza;  no porque quisiera tomar el resto de té que ahora le quedaría en la taza,  cada vez más claro, cada vez más insípido,  sino porque le gustaba mirar las volutas de vapor que se alzaban en danzas desmadejadas,  como rastros de fantasmas danzarines, jugueteando delante de sus ojos un instante, antes de evaporarse.  Había bebido la suficiente cantidad, ya ni merecía el nombre de té, el color apenas se adivinaba, con mucha voluntad, en la transparencia, un agua de color más claro que el de la miel dorada, sin sabor. Aún así vertía sobre su saquito de té el agua hasta acabarla.   Tal vez  porque estos fantasmas, mínimos y aterciopelados, eran para Clara lo más parecido a una compañía  esa tarde de julio desapacible, con el cielo  gris verdoso. 

 Sobre la cómoda, enfrentando la ventana, el silencio y el velero de madera sublime con su  metro de altura. Una obra magnífica. Luego, en hilera y ordenados: el faro de bronce y porcelana con la bombilla quemada hacía siglos y nunca vuelta a reponer, la cristalería con caracoles de playas lejanas como lejanos estaban los días,  la botellita azul con arena de… de dónde.   Una telaraña que nadie veía en el rincón,  polvo acumulado.  Ya ni siquiera polvo,  tierra:  una capa fina sin surcos porque nadie la tocaba. Clara se quedó oyendo. La mirada perdida en el cielo,  el pinar balanceando sin apuro una danza desarticulada,  las puntas amarillas de los Iris en lo hondo del jardín que alcanzaban a verse,  apenas las puntas,  en un ángulo de la ventana. El sonido del mar. El sonido del mar,  inagotable.   

 Clara pensó en el mar.  Imaginó  gaviotas.  Las imaginó. Se tomó el tiempo para crear la escena con esmero.  Dos gaviotas  posadas en un tronco  podrido. Un galeón que el agua dejó en la playa  una madrugada después de una tormenta.  Dos gaviotas.  Mejor  cinco.  Mucho mejor todavía, diez, quince. ¿Un galeón?  Una explosión de gaviotas  comiendo restos de algo entre las minúsculas partículas de arena; otras planeando, clavadas, inmóviles en el aire, sostenidas por hilos invisibles,  dibujadas y artificiales como títeres de cera en una corriente de aire salobre y húmedo, y obstinadas como ella, siempre terca, o como solía serlo,  muchas veces, antes.

 Clara se queda oyendo el mar; cierra los ojos. Siente la fuerza,  cómo el agua sacude, rompe contra las rocas del acantilado rugoso, verde de musgo, rojo de musgo; la capa resbalosa de musgo.  Imagina sus ojos a centímetros de esa capa aterciopelada, de las micropartículas que  forman esa capa de plantitas vasculares que se deshacen entre los dedos, siente la fuerza del agua que se encabrita y empuja, sacude las piedras, cada vez con más tesón; empuja.   El acantilado hecho por las mismas manos de Dios, viejo como sus huesos, aguanta.  Clara abre la ventana, como puede. Se estira, se estira, muy despacio, tomando  impulso,  recuperando algo de fuerza en esa terquedad de mula que siente que tiene todavía de reserva.  Las ventanas, ahora sin la bendita traba, se abren con violencia para recibir el viento helado de julio; helado y húmedo por la llovizna que persiste.  Clara siente el viento gélido en el pecho, en su cara que se estremece, y a medias sonríe.  Ella ha vuelto a elegir algo que sentir. Mira el barco de la cómoda, palpa la mitad de su cara, la que sonríe. Piensa en las gaviotas, siente la brisa marina y escucha el mar, que sabe que no es el mar sino la ruta cercana, el murmullo de los autos que reptan bajo el temporal inminente; que huyen de la gran ola de vida que hay afuera de su cuarto. Afuera; donde la vida va, y corre, y sigue, un día tras otro día, como esas perlas hilvanadas e imperfectas que todo el mundo desea.
La enfermera toma la silla de Clara y la aleja de la ventana, sin aviso, casi con brusquedad.  La reta.  Que lo único que falta es que se agarre una neumonía. Que la va a acostar en un momento. Que ya vuelve.  Y la deja sola, como es lo habitual. 

Clara ha quedado tan cerca de la cómoda. Con un dedito que el tiempo ha curvado toca las velas del barco. Sus yemas trepan las escalerillas, ella es ahora sus yemas,  roza uno de los minúsculos botes salvavidas, se admira con las perfectas curvas del ancla. Acaricia las crines del caballo, crespas y rígidas; el mascarón de proa. Piensa en cómo se vería el mar siendo mascarón de proa. El horizonte que sube y que baja, sumergirse y emerger entre la espuma. Lo piensa y lo imagina un rato largo. 

Cuando por fin la lluvia terminó por descargar su fuerza  sobre el vidrio de la ventana del cuarto,  Clara se durmió.  De nuevo soñó que volaba. Que era dueña de moverse en el aire sin esfuerzos, que giraba sobre sí misma como un trompo y podía detenerse de cara al viento el tiempo que lo deseara.  Volvió a mancharse los dedos escribiendo su nombre en el celeste fresco del cielo. Las nubes, en efecto, eran de la misma textura fantasmal que las volutas del té caliente, pero permanecían cimbreantes en el aire sin disolverse. Y allí quedaban, sinuosas y cercanas.   El mar era  escandalosamente ancho, tanto  que la Tierra debía curvarse en el horizonte para contenerlo. Comprobó que, entre las partículas de arena, el alimento era visible a sus ojos, dos botones de nácar negro. Se dijo  que ser gaviota era  mejor que ser mascarón. Y se quedó volando por allí, libre; entera otra vez, hasta que llegara de nuevo el día. 




©Katy Herendi 




#cuentos

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martes, 10 de octubre de 2023

Cachorros

 Empezábamos  a salir al mundo,  amanecíamos a la vida.  Cachorros, ciegos,  hambrientos.  Vagabundos. Torpes; los ojos ávidos, la mente abierta. Atentos  para entender los materiales de los que estaba hecha cada cosa. Para entender qué herramientas nos ofrecía la vida para después construir las nuestras. Con qué contábamos. Qué historias nos habían moldeado. Cuáles eran los materiales de los que estábamos formados. Qué fortalezas había en nuestro haber. Cuánto  de  fragilidad. De qué manera pesaba más una cosa que la otra en la balanza de herramientas. Caminábamos sobre baldosas de vidrios entonces;  a veces alguna se resquebrajaba. No sabíamos  dónde ir pero lo mismo empezamos a caminar. No estábamos quietos ni esperando nada de nadie,  éramos altivos, un poco desafiantes. Nuestro futuro era un misterio a desentrañar y era infinito como la eternidad.  Un camino extenso y muchas posibilidades. 


Ahora todo eso es una foto del  pasado;   quedó tan lejos. Casi como si hubiésemos sobrevolado la vida. Nos quedaron  fragmentos sueltos en  bolsillos, en libros, en alguna vieja anotación. En canciones que escuchamos. En un  boleto capicúa. En una música de calesita. En fotos que nos recuerdan cómo fuimos una tarde, un instante quieto,  sin antes ni después. Un libro subrayado.  Imágenes que nos visitan en sueños, una frase dicha  por alguien que solíamos frecuentar. Mensajes   que de vez en cuando, cuando estamos quietos y esperando algo, distraídos, nos sobrevuelan y empezamos a recordar con  melancolía, preguntándonos qué hubiera pasado si… 

y ocurre que las preguntas de pronto se vuelven infinitas. 


Katy Herendi, 2023

martes, 3 de octubre de 2023

Sobre libros, gatos y plantas


Compro  libros con cierta frecuencia, con regularidad, cada vez que puedo. A veces más seguido, a veces menos, pero seguro dos o tres libros al mes. No es algo de lo que quiera prescindir, no se me ocurre necesitar más cosas; no porque no las precise sino porque elijo leer antes que nada. A veces calculando qué cosa dejar de comprar a cambio de. O en cuántas cuotas. Suele  llegar mi cumpleaños también,  una vez por año seguro, o las fiestas o alguna otra  cosa y por suerte algunos te preguntan. Tengo siempre a mano mi lista,  algunos títulos y autores. Mi lista es una cosa viva, cambiante, voraz.  Es un buen detalle que te pregunten. Los libros llegan. Llegan con todo lo que el autor quiso contar, con todas las horas de escritura y lecturas y correcciones y relecturas y vuelo creativo, su aroma a tinta, los diseños de sus portadas, el formato de las letras, la textura de sus hojas; llegan aunque a veces no haya tanto tiempo para leer  ni más huecos  donde guardar. Los libros se acumulan con alegría. Hay que ingeniarse en las maneras. Un libro  arriba de otro o junto a otro, o ambas cosas en el mismo estante. En pilas. En el suelo. En escritorios y mesas, en la cama, en la mesada de la cocina, y qué hacen estos libros arriba de la silla.  En cajones de frutas. Dónde guardarlos es un tema.  Tengo varias bibliotecas desparramadas por la casa, algunas heredadas, aquí mismo donde estoy tengo tres. Arriba hay tres más. En mi dormitorio hay uno solo, pequeño. Y sobre el escritorio hay libros y sobre la mesa de luz obviamente.  Algunos se quedan un tiempo prolongado. Ya sabemos como es.  
Las librerías forman parte de los lugares donde me siento bien con la humanidad. Donde sé lo que busco, sé lo que quiero, me gusta sorprenderme, descubrir, reencontrar, recordar, conocer y cuando no sé qué busco, y no sé bien qué estoy queriendo los libros se dejan ver. Hay tanto para leer.  O los buenos libreros sugieren. Por eso me siento en las librerías como si estuviera en una prolongación de mi casa. Quizás exagero pero es donde más cómoda me siento. No me pasa eso en otros lados, soy un desastre para comprar cualquier otra cosa. No sé hacerlo, me da timidez comprar un vestido por ejemplo. Pero apenas traspasar la entrada de una librería el cierto silencio, el chasquido de las hojas si alguien da vuelta una página,  la conversación es sobre libros, el olor a tinta y a papel, lo mismo si son libros recién editados o los usados, las mesas repletas de títulos, las estanterías iluminadas, los lomos  en orden alfabético  me hace sentir a salvo. ¿A salvo dije? Es lo que dije. Aunque quise decir en un lugar seguro, placentero, y como dijo Borges, en el paraíso.  Es mi lugar seguro. Cuando alguien me pregunta qué quiero de regalo para el día de…, lo hago muy simple. Tengo mi lista. Leer es un lugar en sí mismo. Me gusta eso. 
Esto me recuerda a alguien a quien conocí hace mucho tiempo,  a quien  llamaré con el nombre de Inés. Inés,  una señora que hasta hace unos pocos años se dedicaba a hacer jardines. Era nuestra jardinera, no nuestra de esta casa, nuestra de todo el barrio.  Incluso de quienes no eran clientes habituales, pero que cuando precisaban un trabajo bien hecho, prolijo y duradero,  la buscaban. Hasta antes de la pandemia era jardinera, a pesar de su edad. Bajita, fibrosa, enérgica,  siempre bronceada, andaba con sus  sombreritos de paja o lona,  zapatillas o botas de lluvia, según el tiempo, una carretilla con sus herramientas, y la botella de agua.  Como parte de su trabajo se ocupaba de ir a los viveros para conseguir las especies que sus clientes querían tener.   Los remiseros  la conocían, era la persona con la que volvían con el auto cargado de plantas y cajones con plantines, bolsas de tierra y  el baúl casi siempre abierto con algún arbusto prosperado, un árbol joven o plantas de cierta altura.  Era habitual cruzarla en el camino, casi siempre ocurría, pero los días cuando ella había ido a algún vivero andaba radiante. Se le veía la sonrisa a media cuadra. Se ponía más locuaz, movía los brazos para contar lo que había visto en el vivero, hablaba sobre flores, sobre frutas, sobre compost.  Compraba tantas plantas que los viveros siempre algo le regalaban, para que volviera, y también los clientes le regalaban. Además Inés, por su cuenta y porque le gustaba, preparaba esquejes, o se llevaba las plantas que la gente ya no quería tener por viejas,  y las revivía. Sabía cómo. A veces hacía trueques. Iris por Agapantos, cactus por bulbines,  esquejes de rosas por bulbos de gladiolos, una poda por tres papiros. Limones por tomates. El tío le había enseñado todo,  en San Luis. Ella desde chica lo acompañaba al campo, y él le hablaba y le explicaba lo que iba haciendo. Cómo hacer los surcos, cuál era la mejor época para plantar qué y cosechar qué. Los ciclos, las épocas, los vientos y los soles. A medida que crecía él  le fue regalando las herramientas. Las suyas. Las que de a poco tenía que dejar de usar por la edad. Hasta que al final le regaló todas las necesarias. Todas las que tenía.  A las herramientas hay que cuidarlas porque son caras, le decía el tío. Ella siempre repite eso cuando termina de trabajar y se va al fondo cerca de las canillas a limpiar las palas y lubricar las tijeras.  Eso le lleva un rato. Después  guarda todo en un bolso, algunas cosas van envueltas en lonas. Las palas en la carretilla, lo mismo la bordeadora. Si las cuidás te van a durar muchos años, se van a amoldar a tu forma de trabajar. Con las herramientas se puede todo, le decía el tío. Con herramientas y cumpliendo nunca te va a faltar el trabajo.  Me contaba muchas veces sobre ese tío, aunque  tenía muchos, pero a ese lo quería como a un padre, decía Inés. Lo mató un rayo, me dijo un día, en el campo. Le había dicho que sabiendo cultivar nunca iba a tener hambre. Conocí el  jardín de Inés, hace muchos años.  Tenía gatos, muchos, todos blancos. Y una cantidad innumerable de  plantas y cajones de huerta. Un naranjo, un ciruelo, una higuera.  Tomates, acelgas y lechuga, quinotos. Dos limoneros. Hasta un nogal tenía.  Margaritas, rosales. Desde el portón de la calle, un camino sinuoso de piedras llevaba a la casa. En la galería, había una mesa mediana donde dormitaban algunos gatos y en un borde un helecho inmenso. Los gatos, como las plantas, estaban en todas partes.  A un costado, contra la medianera, la clínica. Así le decía Inés.  La clínica. Un cúmulo de baldes, botellones de plástico cortados al medio, palanganas viejas, latas grandes de dulce de membrillo.  Ahí las plantas, los gajos, los bulbos, revivían, echaban raíces,  se preparaban para ser plantadas. A un costado, bolsones de tierra fértil. Sobre la pared, estantes con macetas, hormiguicidas, cebo para caracoles, frascos con piedritas, una caja con una etiqueta demasiado grande: GUANTES.  Un gancho con delantales, otros ganchos pero de madera de donde colgaban palas. Palas, azadas, rastrillos. Si Inés pasaba por una casa y veía una planta que le gustaba ahí mismo ofrecía su trabajo a cambio: carpir, hacer las ollas, podar algún arbusto a cambio de un par de esquejes o un bulbo de eso que había visto. La conocemos todos en el barrio. Ya sabemos que le gusta hacer así. En general muchos  ofrecen darle lo que pide sin que haga falta nada a cambio, pero eso  a ella no le parece justo. No le gusta sentir que debe. Aunque sea algo, una pequeña actividad quiere que le acepten. Depende quién también. A veces acepta de inmediato sin mediar ningún intercambio. 
Ahora mantiene solamente su jardín.   La casa al fondo ya casi no se ve. Apenas se adivina una porción  de la galería al final del camino sinuoso, que también se ve de a tramos, cuando el viento mueve las ramas del sauce llorón y la galería aparece y desaparece un poco. La casa se pierde entre frutales, arbustos, cactus inmensos, rosales, margaritas, lavandas y muchas plantas  más de las que no conozco el nombre. Ya no tiene los gatos todos blancos. Tiene otros que fue rescatando, que encontró, o que le llevan. Algunos se los tiran porque saben que los va a cuidar. Y dos enormes perros. No tengo más lugar, dice. Para nada. Sin embargo se arregla. Porque cada vez que alguien le acerca una plantita, ella agradece como si le hubieran regalado una joya, y se la ve tan contenta.  Y al final siempre encuentra un lugar. El justo para la planta; con el sol que necesita, la humedad precisa, la sombra requerida. Les da tiempo, les habla, las conoce, las entiende. Igual que a los gatos. Si hay uno nuevo, medio arisco o enfermo, dice: Ya se va a acomodar, como las plantas.  Y se acomodan. 
Con los libros pasa igual. Es casi igual. Lo mismo que Inés  dice de las plantas, que para qué se las lleva, que dónde las va a poner, cuándo se va a ocupar. Ya se van a acomodar. Los libros se acomodan, encuentran sus rincones, nuevas formas de ser guardados. Y después esperan  en silencio nuestro tiempo. Guardan su contenido para el momento justo, la atención precisa, la disposición requerida. Así que por ahora, que los libros vayan llegando. Ya se van a acomodar. 

Katy Herendi (2023)


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Sabiduría ancestral

  Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...