Empezábamos a salir al mundo, amanecíamos a la vida. Cachorros, ciegos, hambrientos. Vagabundos. Torpes; los ojos ávidos, la mente abierta. Atentos para entender los materiales de los que estaba hecha cada cosa. Para entender qué herramientas nos ofrecía la vida para después construir las nuestras. Con qué contábamos. Qué historias nos habían moldeado. Cuáles eran los materiales de los que estábamos formados. Qué fortalezas había en nuestro haber. Cuánto de fragilidad. De qué manera pesaba más una cosa que la otra en la balanza de herramientas. Caminábamos sobre baldosas de vidrios entonces; a veces alguna se resquebrajaba. No sabíamos dónde ir pero lo mismo empezamos a caminar. No estábamos quietos ni esperando nada de nadie, éramos altivos, un poco desafiantes. Nuestro futuro era un misterio a desentrañar y era infinito como la eternidad. Un camino extenso y muchas posibilidades.
Ahora todo eso es una foto del pasado; quedó tan lejos. Casi como si hubiésemos sobrevolado la vida. Nos quedaron fragmentos sueltos en bolsillos, en libros, en alguna vieja anotación. En canciones que escuchamos. En un boleto capicúa. En una música de calesita. En fotos que nos recuerdan cómo fuimos una tarde, un instante quieto, sin antes ni después. Un libro subrayado. Imágenes que nos visitan en sueños, una frase dicha por alguien que solíamos frecuentar. Mensajes que de vez en cuando, cuando estamos quietos y esperando algo, distraídos, nos sobrevuelan y empezamos a recordar con melancolía, preguntándonos qué hubiera pasado si…
y ocurre que las preguntas de pronto se vuelven infinitas.
Katy Herendi, 2023
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