viernes, 13 de octubre de 2023

Botones de nácar negro


 
Catrin Welz-Stein 


 

Clara vertió  el resto del agua caliente en la taza;  no porque quisiera tomar el resto de té que ahora le quedaría en la taza,  cada vez más claro, cada vez más insípido,  sino porque le gustaba mirar las volutas de vapor que se alzaban en danzas desmadejadas,  como rastros de fantasmas danzarines, jugueteando delante de sus ojos un instante, antes de evaporarse.  Había bebido la suficiente cantidad, ya ni merecía el nombre de té, el color apenas se adivinaba, con mucha voluntad, en la transparencia, un agua de color más claro que el de la miel dorada, sin sabor. Aún así vertía sobre su saquito de té el agua hasta acabarla.   Tal vez  porque estos fantasmas, mínimos y aterciopelados, eran para Clara lo más parecido a una compañía  esa tarde de julio desapacible, con el cielo  gris verdoso. 

 Sobre la cómoda, enfrentando la ventana, el silencio y el velero de madera sublime con su  metro de altura. Una obra magnífica. Luego, en hilera y ordenados: el faro de bronce y porcelana con la bombilla quemada hacía siglos y nunca vuelta a reponer, la cristalería con caracoles de playas lejanas como lejanos estaban los días,  la botellita azul con arena de… de dónde.   Una telaraña que nadie veía en el rincón,  polvo acumulado.  Ya ni siquiera polvo,  tierra:  una capa fina sin surcos porque nadie la tocaba. Clara se quedó oyendo. La mirada perdida en el cielo,  el pinar balanceando sin apuro una danza desarticulada,  las puntas amarillas de los Iris en lo hondo del jardín que alcanzaban a verse,  apenas las puntas,  en un ángulo de la ventana. El sonido del mar. El sonido del mar,  inagotable.   

 Clara pensó en el mar.  Imaginó  gaviotas.  Las imaginó. Se tomó el tiempo para crear la escena con esmero.  Dos gaviotas  posadas en un tronco  podrido. Un galeón que el agua dejó en la playa  una madrugada después de una tormenta.  Dos gaviotas.  Mejor  cinco.  Mucho mejor todavía, diez, quince. ¿Un galeón?  Una explosión de gaviotas  comiendo restos de algo entre las minúsculas partículas de arena; otras planeando, clavadas, inmóviles en el aire, sostenidas por hilos invisibles,  dibujadas y artificiales como títeres de cera en una corriente de aire salobre y húmedo, y obstinadas como ella, siempre terca, o como solía serlo,  muchas veces, antes.

 Clara se queda oyendo el mar; cierra los ojos. Siente la fuerza,  cómo el agua sacude, rompe contra las rocas del acantilado rugoso, verde de musgo, rojo de musgo; la capa resbalosa de musgo.  Imagina sus ojos a centímetros de esa capa aterciopelada, de las micropartículas que  forman esa capa de plantitas vasculares que se deshacen entre los dedos, siente la fuerza del agua que se encabrita y empuja, sacude las piedras, cada vez con más tesón; empuja.   El acantilado hecho por las mismas manos de Dios, viejo como sus huesos, aguanta.  Clara abre la ventana, como puede. Se estira, se estira, muy despacio, tomando  impulso,  recuperando algo de fuerza en esa terquedad de mula que siente que tiene todavía de reserva.  Las ventanas, ahora sin la bendita traba, se abren con violencia para recibir el viento helado de julio; helado y húmedo por la llovizna que persiste.  Clara siente el viento gélido en el pecho, en su cara que se estremece, y a medias sonríe.  Ella ha vuelto a elegir algo que sentir. Mira el barco de la cómoda, palpa la mitad de su cara, la que sonríe. Piensa en las gaviotas, siente la brisa marina y escucha el mar, que sabe que no es el mar sino la ruta cercana, el murmullo de los autos que reptan bajo el temporal inminente; que huyen de la gran ola de vida que hay afuera de su cuarto. Afuera; donde la vida va, y corre, y sigue, un día tras otro día, como esas perlas hilvanadas e imperfectas que todo el mundo desea.
La enfermera toma la silla de Clara y la aleja de la ventana, sin aviso, casi con brusquedad.  La reta.  Que lo único que falta es que se agarre una neumonía. Que la va a acostar en un momento. Que ya vuelve.  Y la deja sola, como es lo habitual. 

Clara ha quedado tan cerca de la cómoda. Con un dedito que el tiempo ha curvado toca las velas del barco. Sus yemas trepan las escalerillas, ella es ahora sus yemas,  roza uno de los minúsculos botes salvavidas, se admira con las perfectas curvas del ancla. Acaricia las crines del caballo, crespas y rígidas; el mascarón de proa. Piensa en cómo se vería el mar siendo mascarón de proa. El horizonte que sube y que baja, sumergirse y emerger entre la espuma. Lo piensa y lo imagina un rato largo. 

Cuando por fin la lluvia terminó por descargar su fuerza  sobre el vidrio de la ventana del cuarto,  Clara se durmió.  De nuevo soñó que volaba. Que era dueña de moverse en el aire sin esfuerzos, que giraba sobre sí misma como un trompo y podía detenerse de cara al viento el tiempo que lo deseara.  Volvió a mancharse los dedos escribiendo su nombre en el celeste fresco del cielo. Las nubes, en efecto, eran de la misma textura fantasmal que las volutas del té caliente, pero permanecían cimbreantes en el aire sin disolverse. Y allí quedaban, sinuosas y cercanas.   El mar era  escandalosamente ancho, tanto  que la Tierra debía curvarse en el horizonte para contenerlo. Comprobó que, entre las partículas de arena, el alimento era visible a sus ojos, dos botones de nácar negro. Se dijo  que ser gaviota era  mejor que ser mascarón. Y se quedó volando por allí, libre; entera otra vez, hasta que llegara de nuevo el día. 




©Katy Herendi 




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