
Nos cruzamos en la playa iba a decir, pero eso no es del todo cierto. Sí que yo estaba tomando sol, algo adormecida. En el sopor me llegaba la sonoridad del movimiento de las olas estrellándose contra el fondo, un sutil estremecimiento del suelo con ese sonido que percibía como una cosa lejana, un recuerdo, como si al abrir los ojos el chillido de las gaviotas, las voces lejanas de chicos jugando, la voz del barquillero que primero sonó lejos después cerca y después lejos de nuevo, hasta que quedó perdida en el aire fueran a desaparecer. Me pesaban los párpados. Cada tanto los abría en un esfuerzo por no quedarme dormida, pero cada vez me era más difícil mantenerlos abiertos. No quería dormir en la playa. No de nuevo. Unos días atrás me desperté cuando ya había bajado el sol hacía rato, estaba sola, con la arena revuelta, oscura, no quedaba nadie, parecía que ni el verano quedaba. La tormenta anunciada amenazaba desde el fondo, el viento sacudía la lona de las carpas. Las gaviotas se suspendían en el aire, otros picoteaban dos pescados deshechos. Me sentí frágil. Con miedo. Un poco ridícula también. Pero de nuevo el sopor vencía mi voluntad; ni siquiera atinaba a sentarme. Dormir en la playa o no. Una sombra repentina me hizo abrir los ojos. Estaba parada delante de mí a contraluz riéndose de algo, con las manos en la cintura y como siempre logrando que me sintiera mal con su sola presencia. Era una sensación instantánea que nunca pude evitar desde la secundaria. Ella provocaba eso. Lo sé. Otras personas me confesaron que les pasaba la misma sensación intimidatoria cuando ella andaba cerca. Pero la sorpresa no era que ella me estuviera mirando. Ni que se estuviera riendo como era su costumbre simular, esa alegría que le nacía espontáneamente de la nada misma, sin motivo, que me hacía sentir fuera de lugar. O que de pronto del placer y del sopor, y seguramente la cara dormida y desorientada que yo debía tener en ese momento, se me ocurriera la ridiculez de que no tenía un espejo donde mirarme la sorpresa, no. La sorpresa era que ella estuviera ahí, nada más. Con su mirada altanera, llena de soberbia, después de tanto tiempo. Después de tanto tiempo tampoco, sino que yo sabía, me habían dicho que ella había muerto. Y para mí llevaba muerta más de quince años y de pronto estaba ahí mirándome riéndose y yo no sabía qué pensar. Ni sabía qué decirle. Mi acérrima enemiga de la secundaria, papel que ella sola se había inventado sin razón alguna. Yo todavía seguía preguntando por ella, cada tanto, cuando me encontraba con personas con las que habíamos compartido unos años del secundario. Gente a la que habíamos conocido en común por ese tiempo, porque quería saber detalles, quería saber cómo había muerto, cuándo, de qué. Si había estado enferma, si se había casado, si tenía hijos, dónde había vivido. Quería saberlo todo porque me parecía que algo de eso estaba mal formulado, a ella la muerte no le iba. Si lo tenía todo. Una vez le dije a alguien, ella no puede haber muerto, no es de las personas que se mueren. A mí me costó mucho acostumbrarme a la idea de que el mundo vagaba sin ella, que su muerte no había provocado un rumor creciente como una ola de tormenta, una noticia como un vendaval, algo que había ocurrido casi en silencio, algo que pasó inadvertido, cómo podía ser, porque ella había sido una persona tan fuerte, una personalidad tan imponente que todo lo podía, que todo lo lograba. Tenía el mundo a su alcance. Casi a sus pies. Lástima que era tan mala. Había nacido rica, era la mejor alumna de la escuela, los profesores la adoraban, era hermosa. Era malísima. Pero todas queríamos ser como ella. Cómo se iba a morir como cualquiera. Me acuerdo que en cuarto año nos mudamos con mi familia a otra localidad no muy lejos, pero le dije a mi madre que quería cambiarme de escuela a otra más cerca de nuestra casa nueva. Que quería conocer otra gente, ir a la escuela caminando por las calles del barrio nuevo, hacerme de amigas que fueran vecinas. Podría haber viajado como siempre, eran apenas unos minutos más, pero realmente ya no la soportaba. Era más fuerte la incomodidad de verla todos los días que la amistad que tenía con mis compañeras, a quienes por otra parte podía seguir viendo. Vivía pendiente de ella, y ella de mí. Si nos cruzábamos en el pasillo me empujaba, si ella entraba a los baños yo salía, en las veredas me llevaba por delante y así muchas cosas todos los días. Mi familia no tuvo inconveniente y me cambié de colegio aquel verano. Empezar la escuela sin la presencia de ella fue una verdadera liberación. Empezar de nuevo casi. Cuando terminé la secundaria, y ya estaba trabajando, una tarde la ví en el tren. Con su cara nunca tenía dudas, era ella, aunque la estuviera viendo de perfil desde varios asientos más atrás. Casi del otro lado del vagón. Su presencia se sentía en el aire. La gente la miraba, siempre llamaba la atención aunque no estuviera haciendo nada más que mirar por la ventanilla. De pronto giró, me miró sin rodeos, hizo un movimiento con la cabeza que interpreté como un saludo, un reconocimiento, algo así. Bajamos en la misma estación, y aunque me escabullí entre el gentío ella me encontró. Caminamos unas pocas cuadras incómodas para mí, en silencio, después me preguntó qué hacía y aunque no quería conversar con ella casi no me quedó cosa sin contar. No sé por qué pasó. De la nada, nos encontramos en el tren varios días seguidos. Me cambiaba de vagón para evitarla, incluso una vez bajé en otra estación, pero finalmente en algún momento nos cruzábamos en el andén o en la calle y ella se colgaba de mi brazo y me hacía preguntas. Un día me invitó a comer a su casa y fuimos directo. Me presentó a la familia, a sus padres, sus perros y su casa fabulosa. Era hija única. Siempre había pensado que tenía hermanos. Hermanos varones mayores. No sé por qué creía eso. Sus padres eran grandes, demasiado grandes, el padre parecía su abuelo. Usaba audífonos, casi no habló. Cenamos como si hiciera años que nos conociéramos y ella fue atenta y cariñosa, lo mismo su familia y la señora que nos servía la comida. La familia pensaba que yo era su mejor amiga de la secundaria. Me hacían preguntas que ella respondía por mí con mentiras. Cuando me estaba yendo la madre me abrazó brevemente, se quitó el prendedor que llevaba puesto y me lo regaló. Un pequeño abanico con piedras. Salí absolutamente desconcertada. No nos volvimos a cruzar ni en el tren ni en ninguna parte durante años. La última vez que la ví fue una noche de año nuevo, casi de madrugada, había mucha gente en la calle, en San Isidro. Ella estaba cruzando la avenida del Libertador con un pequeño grupo de gente, vestida con ropa hindú, oliendo a patchouli, el pelo distinto, ondulado, largo y despeinado, teñido de rubio, casi sin maquillaje. Gritó mi nombre, me saludó de lejos, se acercó a darme un beso, me abrazó, y se subió a un auto. Y eso fue todo. No volví a verla. Sin embargo muchas veces me encontré preguntándome qué era de su vida. Para mí era un misterio. Había pasado un par de veces por el frente de su casa, la primera por casualidad, dos veces más adrede, por curiosidad; estaba abandonada, con un deterioro de muchos años. Ella sabía mucho de mí, yo de ella nada en verdad. Me preguntaba qué sería de su vida. La imaginé viajando, la imaginé al frente de una empresa, la imaginé escalando montañas. Un día en una fiesta alguien mencionó su nombre entre otros nombres y pregunté si alguien sabía cómo estaba. Me dijeron que había vivido en Bariloche, después en San Luis, después se había muerto. Hacía muchísimo tiempo. ¿Muerta? Qué mal me cayó esa noticia. Tuve que sentarme porque me sentí pésimamente. Cómo que hacía años, y eso me respondieron, que ella llevaba muerta muchos años, que había muerto demasiado joven y que había sufrido mucho. Y ahora estaba ahí tapándome el sol, tan fresca, riéndose como antes, joven, eternamente hermosa. Y yo quería preguntarle cosas. Quería preguntarle por qué, pero qué sentido tenía ahora. Y pensé que si me hablaba le iba a responder, y que si ella ignoraba que estaba muerta yo no se lo iba a decir, de ninguna manera, salvo que dijera alguna maldad de las suyas acostumbradas.
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Katy Herendi, 2024
Imagen: Patty Maher (vía Pinterest)
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