Cada tarde la sombra de la gaviota volando hacia ninguna parte se proyectaba sobre la pared del bar. El vuelo incesante se volvía sombra sobre la pared. Incesante, lento, inútil. La gaviota de madera, pintada de blanco, enorme, llena de detalles que la volvían perfecta y delicada, colgaba de la tanza que atravesaba el diminuto aro incrustado en su cabeza. Movía las alas la gaviota. Arriba. Abajo. Un día me pareció que saldría por la ventana, que estaba dispuesta a irse por entre las nubes. Dejé la ventana abierta. Imaginé una gaviota sobre la ciudad. Una gaviota de madera entre las palomas de plumas verdaderas, una gaviota dejando su sombra en terrazas y patios, en balcones y veredas, y calles, sobre los colectivos y avenidas húmedas, sobre las alcantarillas, moviendo las alas lenta y suave, impregnando la sombra de sus alas sobre todas las cosas sobre las que volara. Arriba. Como una bendición. Abajo. Me acuerdo cuando la regalé. Inauguraban el bar. Un paquete enorme para la gaviota blanco mate, los ojos negros, la tanza nueva. La algarabía fugaz. El olor a unas tostadas, el color anaranjado del atardecer restalló en los ojos pintados, la gaviota pasaba las tardes subiendo y bajando para quedarse en el mismo lugar. Siempre entre cuatro paredes. Arriba. A pesar de su esfuerzo, a pesar de su vuelo. Abajo. Los ojos orientados hacia el rectángulo por donde asomaba la ciudad. De noche y de día. La miraba cada tarde. Arriba. El horizonte una cascada de nubes batidas a punto nieve. La gaviota de madera ejerciendo sobre sus alas toda la fuerza que podía, mínima, casi inútil, los ojos fijos en las nubes encendidas en un acto de esperanza hasta que aparecía la noche. Abajo. La gaviota inmóvil, tragada por la oscuridad. Por eso dejé la ventana abierta. La gaviota extendió sus alas primero con indecisión, un poco arriba, un poco abajo, y se fundió en la mezcla de rosados y violetas del atardecer.
Katy Herendi,2024
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