Esa sensación: mirar de noche el pasto de la vereda iluminado por el farol, el pasto mojado. Eso solo. Cada pasto. Las distintas inclinaciones, algunas nervaduras, las gotas después de la lluvia que había terminado y que ahora era apenas una llovizna delicada. Esas gotas sobre lo muy verde y jugoso del pasto. Gotas preciosas, definidas, temblorosas. Le habían quitado las vendas, tenía los ojos nuevos y luego todo era nuevo: las caras, los dibujos de los troncos, la trama de algunas telas. El camino de los hilos bordados. La noche. Los colores de las páginas. El arco de luz de la luna detrás de un pino. El gato amarillo que la miraba desde el balcón. No recordaba haber visto belleza igual; lo de todos los días podía verlo. Otra vez, como recién creado; los detalles, las delicadas líneas, la porosidad de las maderas, los relieves de una moneda. La textura de las cosas. De algunas miradas. Ahora lo veía todo.
viernes, 19 de julio de 2024
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