domingo, 29 de octubre de 2023

Mariposas invisibles





A veces me  daba cuenta de que la molestia que sentía era porque desde hacía rato debía estar mirándome. Era como tener una mosca caminando por la cara. Me tenía en foco dentro de ese circuito cerrado que eran sus ojos, viéndome desde lejos, simulando que en realidad estaba haciendo cualquier otra cosa;   me miraba como si yo fuese algo inapropiado que alguien había dejado sin querer en el lugar errado. Imaginaba su gesto a la distancia. Los ojitos afinando, haciendo malabares para acomodar la miopía y poder verme. Hurguetear con las pupilas achicadas como si tuviese que entender qué clase de ente era yo, qué hacía ahí entre las cosas de su vida, qué hacía ahí yo en la casa que había sido de mis abuelos y antes de mi bisabuelo y que ahora le pertenecía a ella. Su mirada era punzante, dardos o alfileres que picaban partes del cuerpo como una alergia repentina. Me sentía acorralada, qué lástima que no se me ocurriera irme entonces cuando podía haberlo hecho. Me iba a sentar cerca del arroyo entre los arbustos para que no me viera con la misma expresión con la que se observa una bota mojada enchastrada de barro en la decorada mesa navideña. La cosa extraña y sucia goteando silenciosa  sobre el mantel sin máculas en la noche dorada. El peso de su mirada me expulsaba. En vano intentaba no mirarla para no  evidenciar que percibía su mirada, la crítica de sus ojos. Me llenaba de alfileres, una mariposa apolillada en la pared. Le gustaba sacar fotos. Sacaba muchas. A todo. Las revelaba después en el cuarto oscuro y algo azul,  jamás tiró ninguna. Flores fuera de foco, pájaros que parecían derretidos, un vaso sucio, la servilleta caída en el pasto, mi hermano  simulando que sacaba de su nariz algo repugnante. El gato de los vecinos. Una araña inmunda arrebujada en un rincón.  Ella se divertía con mi hermano, mi entraña, lo llamaba. Yo los miraba  de lejos cuando ella y él gritaban y se reían de estupideces como una mosca, un pájaro chocando contra las ventanas y cosas por el estilo. Sus gritos intencionales para llamar la atención como  adolescentes histéricos. Yo  seguía leyendo. O eso intentaba. Seguía con la vista clavada en el libro distraída del texto por ese tipo de escenas irritantes. El verano que pasábamos en la quinta de Córdoba lo aprovechaba entero para leer. Mi madre se colgaba la cámara al cuello. Ay, una mariposa, decía, y obturaba. Aunque después la mariposa no aparecía en el revelado sino la imagen movida de los árboles, un arbusto o el pasto o flores. Ella aclaraba después: Había una mariposa blanca. O anaranjada. Y por años lo repetía reponiendo la mariposa en esas fotos inútiles que nadie quería mirar y que no sé porqué no tiraba de una vez. Sin embargo en sus recorridos por el parque con un ojo pegado a la cámara y el otro buscando no tropezar, si daba conmigo sentada por ahí,  leyendo en cualquier parte del parque lejos de la casa soltaba la frase, a vos no te saco si nunca hacés nada, no vale la pena. Lo decía con un tono  de decepción, como si le hubiera fallado otra vez. Y le hacía una foto a algo que estuviera más o menos cerca de donde yo estaba. Hacé algo divertido, mirá tu hermano, qué risa. Y se iba  rápido, igual que una colegiala escapando después de decir lo indebido. Algo un poco hiriente porque sí. Algo con una intención un poco cruel, su modo de ser divertida, la manera de creerse todavía joven y audaz, tal vez irreverente,  no lo sé. Por eso no tengo fotos de verano en la quinta. Igual que las mariposas.  Pero tampoco las hay de ella porque era la única que sacaba fotos. Solo hay decenas de fotos de Quique haciendo una tonelada de imbecilidades. Y fotografías movidas con pájaros huidos; o quién sabe qué cosas que escaparon a tiempo de ser capturadas, y un poco dañadas de sus malas intenciones. 






Katy Herendi, 2023


(imagen vía Pinterest, sin mención de autoría)



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Sabiduría ancestral

  Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...