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| vía Pinterest |
Un latigazo de sol cruza el vagón, también sus ojos. Levanta la mirada del libro. Si alguien la estuviera mirando en este momento podría pensar que busca un responsable. Quién acuchilló de luz sus ojos. Se queda viendo a los pasajeros. Los recorre. Oye el susurro, las voces tenues de sus pantallas. Las musiquitas que se superponen y desaparecen. Los pasajeros van inmersos en sus pantallas. Capturados por esas otras lucecitas. Regresa al libro, busca el párrafo, pero el rayo de luz la dejó encandilada, no ve el párrafo. Entonces vuelve la mirada a los pasajeros del vagón. Es la única que viaja sentada al revés. El cartel sobre su cabeza dice, Asiento reservado. Los demás van ubicados de frente, los asientos se orientan de cara hacia el destino hacia el que el tren se dirige. Ahora piensa en eso. Piensa, el destino se les viene encima. O: ellos van hacia el destino. Buscan su destino. Como si fuese el título de aquella película. Mira el paisaje que va quedando atrás, todo lo que va quedando atrás. En la vida le pasa igual. No avanza, eso siente, mientras ve atrás. Hacia donde van está lloviendo, piensa, no hay buenos augurios, pero hacia atrás está el sol. Espléndido. Quizás el último sol que verán, o que podrían ver si estuvieran mirando. Si tuvieran los ojos atentos. Hay viento también. Pero hacia donde van ya llueve, los otros pasajeros ven la lluvia. Quizás nunca deje de llover, dijeron. Ella escuchó ese anuncio. Nunca, dijeron. ¿Puede nunca dejar de llover? Nadie parece inquietarse por el pésimo pronóstico. Quizás no saben el desastre que viene. Quizás a ella la lluvia le llegue después que a los demás porque no la ve caer. Los pasajeros van haciendo aparecer sus paraguas, se van preparando, de dónde sacaron sus paraguas, piensa. Atrás es escandalosamente perfecto: azul, sin nubes: sin una sola nube. Ninguna. Y los árboles que se recortan en el horizonte también son azules, después está el azul del río, el azul de los pájaros, un avión azul se pierde en el azul del cielo. Quiere compartir eso que siente cuando mira afuera, pero no hay con quién. En su imaginación grita como una loca: ¡Ya dejen de mirar sus pantallas, miren afuera! ¡Tenemos este azul! Pero quizás a nadie le importa ver lo monótono del afuera teniendo tantos colores en la pantalla. Ahí está todo lo que se precisa. Y más. Mucho más. Allí todo es perfecto. Como es hermoso al otro lado de la ventanilla un poco abierta, con ese aire cálido que le entibia las manos, el aire que siente tibio al respirar, tan lleno de primavera y tan azul, todo azul, de un azul parejo, oceánico, parecido al turquesa. Parecido a la lluvia. Ella sabe que también le tocará la lluvia hacia la que el tren se dirige, pero por el momento no quiere ver. Saca la mano por la ventanilla, apenas los dedos, apenas la palma. El aire envuelve sus dedos como una seda, abre la mano y entonces de pronto siente las gotas y siente la lluvia, y siente cómo las gotas se deslizan y mojan la palma de su mano abierta. Tan pronto llegó la lluvia, piensa, tan pronto.
Katy Herendi, 2023

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