Algunos datos que sé y algunas cosas que me acuerdo. Tu nombre, Zoltán. Naciste un 2 de febrero, de acuario, cosa que compartimos (y que por alguna misteriosa razón me encanta, me encanta ser de acuario). Fumabas, hay un par de fotos donde te veo fumar. No sé qué marca, supongo que sin filtro. Usabas fósforos Ranchera, los de cera, de esa época. Guardé una cajita durante años hasta que se desintegró. Quizás ni siquiera era tuya, pero durante años la guardé como si fuera.
Una tarde de verano mataste la araña que de pronto subía por mi brazo. Yo estaba parada en la pileta de afuera, la de lavar ropa, que era enorme, y ahí estaba ese monstruo trepándome. Me acuerdo que grité, que de un salto la quitaste, que de inmediato me sacaste de la pileta para mirarme el brazo, para decir que ya estaba bien. Que no tuviera miedo.
Eras técnico electrónico. Ví tarjetas tuyas impresas que decían Técnico Electrónico Europeo, pero hace mucho, no quedó ninguna. Me parece tierno que dijera “Europeo”, alguien te lo habrá sugerido, apenas sabías castellano. Tenías una mesa de trabajo de madera que ocupaba todo lo largo de la pared del taller. Después de volver del trabajo a veces los vecinos te pedían si podías arreglar cosas: planchas, radios, ventiladores. Una vez entré corriendo descalza al taller, enseguida empecé a temblar. Me acuerdo de esa sensación de hormigueo fuerte que empezó en los pies, horrible. Imparable. Me estaba electrocutando. Vos corriste, se cayó el banco en el que estabas sentado, corriste a levantarme y me llevaste afuera, al jardín. Dejé de temblar. Me abrazaste.
Tengo esos dos recuerdos de vos como un salvador. Mami detestaba que aún con el paso de los años en mis recuerdos siguieras siendo ese héroe de mi infancia. Pero qué podía hacer. No tenía tantos recuerdos enteros. Toda una secuencia de algo. Y sí, para mí habías sido un héroe.Yo era chiquita y vos me rescatabas.
Con amigos salías a cazar liebres y antílopes. Un atardecer hubo un grupo de hombres en la cocina que regresaban bulliciosos, vos incluído, y hubo liebres y un antílope en el taller, me acuerdo del olor salvaje de la sangre. No me dejaron ir a mirar pero igual fuí y miré. Me acuerdo de la imagen. No es un recuerdo feliz.
Nos hubiéramos peleado por ese motivo. Tengo guardada tu licencia de caza, un pequeño carnet con tu foto.
Mamá y vos me regalaron el vestido rosa de bailarina, de seda y tul bordado con lentejuelas que formaban arabescos, un tutú con sus zapatillas de ballet, todo rosa delicado, como nácar, muy claro. Me acuerdo del lugar donde lo fuimos a comprar. A lo largo de los años pasé muchas veces por la puerta del local, en Avenida Maipú, a unas cuadras del puente Saavedra. Ya no existe ese negocio, pero sí el pequeño local. También ahí me compraron los zapatos rojos con taco como una bailaora española, y castañuelas. Los zapatos los usé en las obras de teatro que hacíamos con las monjas. Fuí Gretel varias veces. También fui la bruja de Hansel y Gretel. Cuando hice de Gretel no pude usarlos porque eran rojos, de bruja sí pude. Te hubiera gustado ver toda la cantidad de obras de teatro. Fuí también el lobo de Caperucita. Tuvo que subir una monja al escenario a decirme que me tenía que morir de una vez; yo no quería y nos pusimos a pelear con el cazador.
Tenías los ojos oscuros y buenos, la sonrisa un poco ladeada. Yo también sonrío así. La frente ancha, lo mismo yo. Demasiada frente los dos. Eras alto y muy buen mozo, papá. Divorciado. Lo sé porque encontré la libreta de casamiento de ustedes. Mami nunca me contó. A veces pienso que por qué no pregunté más. Te gustaban las películas de Jerry.Lewis y del Gordo y el Flaco. Subíamos al techo de la casa para mirar la televisión del vecino. No teníamos terraza, subíamos al techo literal. El vecino tenía el televisor en la galería. No escuchábamos nada, pero nos gustaba ver.
Si te dijera esto, ¿lo recordarías? A mí me encantaba esa aventura en los techos.
En la mayoría de las fotos me tenés en brazos. Casi, casi en todas las fotos.
Tengo recuerdos sueltos sin principio ni final, como pedacitos de una película, una especie de trailer. Una vez, me lavás las manos antes de sentarnos a comer. Nos miramos en el espejo. Nos reímos pero no sé por qué. El baño tenía azulejos amarillos. Otra vez vos te estabas afeitando y me pusiste espuma en la nariz. Me acuerdo de un perrito que teníamos todo peludo y blanco y después no lo tuvimos más. Se llamaba Snif-snif.
Creo que eras una persona graciosa. Que tenías buen carácter.
Íbamos al Italpark, a la montaña rusa, un montón de veces. Mamá no subía. Nos miraba desde abajo y un poco sufría.
¿Cómo yo hacía eso, ahora todo me da vértigo?
Y las funciones de ballet. Habías hecho ese dispositivo redondo con cartón y celofán de colores. Tenías atrás un velador y ese redondel giraba. Era mágico. Con eso iluminabas el ambiente y yo bailaba para ustedes, como una bailarina de verdad. Los viernes o sábados a la noche, si no había otro plan. Ustedes escuchaban ese programa en la radio de música clásica, óperas, conciertos. La pequeña casa a oscuras se transformaba en escenario, sólo con los colores teatrales del celofán. Vos iluminabas, mamá presentaba y yo bailaba creyendo que todo era real. Que había un palacio, un bosque, un teatro, el público. Era un bello acontecimiento. Tan bello. Las pocas imágenes, ustedes sentados en la penumbra expectantes son imágenes grabadas en mí para siempre.
Me contabas cuentos, me leías libros, a veces nos metíamos en la cama grande los tres, con una linterna y libros. Vimos La bella durmiente en el cine. Y con mamá jugaban ajedrez ustedes dos, solos, casi todas las noches. Les encantaba: ajedrez y una copa de algo rico. Los viernes y fines de semana era con amigos, y después de cenar también jugaban ajedrez, partidas larguísimas a veces hasta la madrugada. Al día siguiente, todos salíamos temprano a Tigre, al barco de uno de ellos que además de navegante era fotógrafo, íbamos a navegar todo el día y muchas veces pasábamos el fin de semana en una isla. No sé de quién.
Les gustaba salir. Eran incansables. Recuerdo despertar a upa en algún colectivo, en alguna cena, paseando a pie por las calles arboladas del barrio, montones de veces, con el rumor de sus voces, y sus risas.
Me acuerdo de la heladería a la que íbamos después de cenar. Era en Libertador, en una ochava muy cerca de las vías de la estación Vicente López. Te gustaban los helados de pistacho.
Mami decía que tocabas el violín. Que eras muy buen músico. Nunca te pude escuchar. Pero sí tocar la armónica, y el acordeón a piano, muchas veces. Vivimos en Vicente López. En Madero 739. Creo que esa casa ya no existe, era tan hermosa. Ustedes alquilaban la casita de atrás. Los propietarios eran un matrimonio español. La hija era grande, tenía dieciséis, se llamaba Popi.
El resto de lo que me acuerdo son tres imágenes más que hoy guardo para mí. No quiero mezclar tu muerte con este “trailer” que me trasladó en el tiempo y me regaló algo lindo, una buena sensación, como cuando uno va al mar y ya, antes de verlo, lo siente, sabe que está ahí, está el aire salado, el vientito cálido, el rumor de las olas. Igual me pasa a mí. No te veo pero de pronto hay días que, qué se yo, creo que andas por aquí. ¿Andarás? La verdad que no lo sé. Pero me gusta pensar que sí.
Feliz cumpleaños, Papá querido, te adoro, tu hija.
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