Decía que no le apenaba vender la casa, pero sí el perfume de los tilos. Los ojos un poco achinados cuando decía. Miraba la copa inmensa repleta de florcitas amarillas apiñadas cuando dijo. Era como si quisiera guardarse el árbol entero dentro de los ojos. Otro día que lo vimos nos dijo que en ninguna parte dormiría así, como lo hacía en su casa, y la señaló, como si no supiéramos a cuál casa se refería. Como si no nos conociéramos de años, de cuando en el barrio no había ni tilos, ni pinos, ni robles, ni limoneros, ni nada. Ni sombras ni perfumes ni hojas doradas en el otoño. Pero dijo que era por los tilos, que ya lo venía diciendo de antes. Y otra vez volvió a decir que no le apenaba la casa. Nada le apenaba. Que no le apenaba ni por los recuerdos, ni nada. Nada le apenaba. Los recuerdos los llevo conmigo, adentro, dijo. Se había tocado el pecho, bien fuerte cuando lo dijo. Adentro, y se golpeó el pecho. Lo escuchamos. Un poco fuerte se golpeó. Los recuerdos que me importan, que tampoco son tantos, dijo, acá, donde con esmero se aseveraba el golpe. Ah, pero el olor de los tilos..., dijo. No soportaba perderlo. Tantas veces dijo, tantas se golpeó el pecho. Desde mi ventana puedo oler lo que el viento trae de su vereda, y entonces las imagino, las flores doradas de los tilos, solitas, ese techo abovedado de ramitos perfumados. Hasta yo sentí su pena. Tanto y tanto se golpeó, tan fuerte, con tanta rabia, que ahora ya no le apena nada. Ni los tilos. Pero quedó el perfume.
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Katy Herendi
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