A esta hora tal vez ya ni importe. Nada va a recuperarse. Ahora da igual. Si ella viera lo mismo que estoy mirando; y hubiese visto ayer. No solamente las macetas, todas las plantas: las calas del rincón, las begonias, los geranios, la albahaca; todas las otras plantas; sus malvones. Como si hubiesen estado esperando su mejor momento para que unas pocas horas de helada echaran a perder las cosas: de esta manera. Como si un pequeño incendio hubiese sucedido en algunas, tan chamuscadas quedaron; o como si una mala noticia se hubiese difundido en aquellas y entonces tan solo se dejaron morir. Lo peor. Y no hay remedio. No es como en el verano. En el verano algo siempre se puede reparar.
Cuando ella se ocupaba del jardín había huerto y también un gallinero. Cada vez que llegaba de la escuela la abuela me esperaba, como en forma casual, con algunas cosas para hacer juntas, o con la regadera, o con la palita y los guantes, el canasto para cosechar. No porque no pudiera hacerlas ella sola, nunca hubo una persona con tanta energía. Algunas veces me hizo creer que sí, que era una ayuda que necesitaba, después pensé que me dejaba una especie de legado. Algo así. Aunque eso tampoco nadie lo había mencionado. Lo seguro era que no precisaba ayuda. A lo mejor era para hacer eso juntas. Casi seguro. Era lo que más le gustaba y tal vez pensó que a mí también me gustaría. Enseñarme algo sobre las plantas, sus procesos, desmalezar, cultivar y sobre todo darles uso. No había con qué equiparar la cocina de la abuela. Y en su mayoría con vegetales de su huerto. Ahora había solo algunas plantas en los rincones, algunas macetas. El gallinero hacía años que se había venido abajo y el huerto no dejó rastros. Nunca se quejó, pero qué va a decir ahora.
Ahora va a machacar con lo del descuido. Que me lo dijo cuántas veces. Que para qué habla. Al viento le hablo, va a decir. Si cruzo el jardín voy a mojar con los zapatos la vereda. Ella algo va a decir. Si no bajo la vereda, si no camino sobre el pasto, seguro reclamará que ni siquiera me acerco a ver las plantas. Por qué no busco la escalera y tiro, de una, vez todas las macetas al baldío. Podríamos llorar juntas por el final incierto de las plantas, maldecir al desgraciado que se atrevió a llevárselas. Pero no hago nada. Nada de todo lo que imagino. Y ni tampoco bajo la vereda.
Es una linda mañana; en cualquier momento sus pies arrastrarán las chinelas hasta la cocina, de ahí a la puerta hacia el jardín. Dirá que hace frío; mucho más que ayer, me va a preguntar si bajé la estufa y anunciará que ya puede desayunar. Que está lista. Se sentará a la mesa, buscará los lentes tanteando como si no los pudiera ver, se los colocará mirando alrededor, recorriendo lo que hay sobre el mantel. Con un dejo de asombro descubrirá el plato con su medicación de la mañana y dirá, mis pastillitas, como si fuese una novedad o un regalo que no esperaba encontrar. Con un trago de leche fría las tomará de a una. Una un trago otra un trago y así hasta terminarlas. Cuando el plato quede vacío acercará la cara para observarlo en detalle. Dirá que es hermoso, tan delicado. Se le van a llenar los ojos de lágrimas. El último plato de café que queda del juego de porcelana, el que más recuerdos le trae y que merece siempre el mismo comentario: porcelana inglesa, ya no se hacen regalos así. Todo lo que coloco en la mesa ella lo acomoda un poco más. Un poco más derecho, un poco más centrado, un poco más cerca. La cucharita, el cuchillo, el plato, la servilleta. La azucarera es desplazada hacia un lado con un giro, como si patinara sobre hielo, y vuelve donde la dejé. A veces pienso que lo hace para sentir que ella también puso la mesa.
Me siento a tomar mate mientras la acompaño en su desayuno. Siempre me ofrece sus tostadas. Y siempre le digo que ya desayuné. Todos los días es la misma conversación. Casi, casi con los mismos gestos, los silencios y hasta los mismos sonidos: cucharita, plato cuchillo. El crujido del pan. Las miguitas que quiere juntar del individual con sus yemas rosadas y dulces.
La cocina no huele igual cuando la que desayuna es ella. Las tostadas, el limón de su té y hasta la mermelada de frutillas parecen oler a algo que ya es pasado. La miro comer; mastica lento, vuelve a ofrecerme. Le digo que no con la cabeza. Las plantas se helaron. Sigo mirando cómo desayuna. Revuelve el té. ¿Los malvones también? Los malvones no tanto. Sus manos blancas, acordonadas y un poco inseguras, acomodan esta vez los platos vacíos, la ayudo a levantarse. Despacio. Escucho el avance de sus chinelas llevándola hasta el sillón. En la ventana, afuera, está el gato blanco de la vecina. Ella toca el vidrio con el índice; la falange un poco desviada; el gato la mira. Ella dormita un poco en su sillón, el que tiene almohadones y la manta que le gusta. Mientras termino de levantar la mesa, la escucho: Si hay malvones, todavía hay jardín. Es cuestión de tiempo.
Quizás hubiese preferido que se enojara un poco. Me prometo que el próximo invierno voy a ser más cuidadosa, voy a estar atenta a sus plantas, me voy a anticipar a las heladas, voy a consultar el pronóstico; pero cuánto falta para el próximo invierno.
Katy Herendi
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