El pie derecho apoyado con decisión en el ángulo en V entre las dos ramas gruesas. Las manos aferradas y firmes para empujar el cuerpo hacia lo alto, Trepa. El árbol florecido, el árbol que en verdad es un arbusto, el laurel de jardín. Trepa el muro que está cubierto de hiedras, no la escalera, los peldaños metálicos se asoman, sobresalen. Sube al techo de la casa. Así avanza, con la presteza de los gatos hasta un lateral de la chimenea, que le sigue pareciendo enorme, y se sienta a observar el jardín, los jardines vecinos, las copas de los árboles ahora casi a la par en altura que sus ojos. Si la abuela la viera ahora seguramente le gritaría aterrada que se baje de allí, que se va a romper la crisma. Paula no tiene idea de lo que significa esa palabra, le suena como una cosa de cristal, algo quebradizo del cuerpo. Pero la abuelita ya se fue con Dios y no le grita más. La casa está en un completo abandono y nadie en el mundo sabe que ella tomó las llaves del cofrecito que su madre guarda celosamente en un cajón de la cómoda del dormitorio. El tercero de la derecha.
Desde esa posición tan elevada, quizás la más alta que la niña haya alcanzado alguna vez, el mundo, el cielo, el paisaje de los jardines amplios diseñados con meticulosidad, se le revelan de modo singular. La simetría de las plantas, la repetición de algunas especies en cierto cantero, la gracia de las piedras redondas y el agua que las recorre inalterable, y quizás eternamente, como una cascada natural, la nutren del deseo ineludible de entrometerse en aquel parque; un páramo provocador que parece dispuesto a recibir su presencia.
Los ojos de la niña recorren con maestría el sendero hecho de troncos cortados que se pierde entre unos pinos. Todo lo mira. Todo lo estudia. Sus ojos son como lentes de binoculares, ávidos como los ojos de un águila. Paula de doce años decide que sí, que pronto comenzará a entrometerse en aquellos parques y quizás alguien se sorprenda al verla con el traje de tules verdes y lilas, que casi le queda chico ya, quizás alguien la confunda con una flor, o un hada, o un sueño, pero ella tiene un plan. Volará si es necesario. Irá de rama en rama como los picaflores y las abejas: tan de flor en flor. Simulará no escuchar lo que las personas dicen, como los picaflores y las abejas que también simulan no oír cuando se les habla. Y entonces sí, su madre podrá seguir repitiendo que lo que pasa es que su hija no entiende. Que es estúpida. A todo el mundo le dice.
La niña cierra los ojos acostada sobre las tejas Los abre con lentitud, los abre para ver qué le regalará la naturaleza esta vez, y lo único que alcanza a mirar así, en esa posición de privilegio, es lo azul profundo del cielo. Ese azul un poco lavado con que se prepara para transformarse en noche. La primera estrella. La niña sonríe. Piensa: cómo será el cuaderno donde Dios dibuja las cosas del mundo así tan brillantes y tan perfectas. El aire le alcanza aromas sutiles de brotes nuevos. Una crema suave se esparce en lo azul. Le recuerda los copos de algodón azucarado estirados por sus dedos, deshaciéndose en su boca con un dulzor embriagador. ¡Otra vez esos dedos manchados! ¿No ves que te ensucias toda?
A ella no le importaba eso ahora. Cada intervención de su madre en su memoria es desechada del mismo modo: Paula imagina una bolsa de papel bastante grande donde atrapa y guarda cada palabrita, o frase desechable, para luego de cerrada, arrojarla hacia la nada. La nada misma. Y así liberada de esas palabras continúa deslizándose en el ensueño de esa magia verdadera entre las tejas y el cielo. Los últimos rayos de sol todavía le obsequian de lilas, rosas y naranjas que encienden las lentejuelas plateadas de su vestido. Linternitas de colores parecen y ahí se quedan hasta que el sol desaparece. Y la niña, igual que los gatos, decide abandonar su refugio de tejas. Se pone de pie sin apuro, sus pies encajan justo entre las hileras de color ladrillo. Pero a pesar de eso la zapatilla izquierda lo mismo se atasca. Se queda ahí trabada, inamovible. Paula se vuelve a sentar. Piensa en todo lo mucho que le dirá su madre cuando regrese por la noche y de pronto una luz amarillenta ilumina las tejas. La luna llena recién salida. Una galletita crocante, inmensa, algo que puede alcanzarse de tan cerca. Se estira un poco y un poco más y cuando se resigna a que nunca la podrá tocar su pie se desliza fuera de la zapatilla. Da unos pasos en el muro, desciende con la gracia de un hada por los troncos, y entra a su casa, con la cara inflamada de sol y una zapatilla menos. Va a su dormitorio a calzarse otro par. Devuelve las llaves al tercer cajón de la derecha. Y nunca nadie se entera; como es habitual.
Katy Herendi
(2016)
Ilustración: Ida Rentoul

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