Sonidos: el chirrido de las ruedas, algo que roza, algo que raspa, algo a lo que le falta lubricación. También el traqueteo de las piedritas del camino. Un hombre empujando la camilla o transportín, no sé cómo se llama, arriba va el ataúd con mi mamá adentro. Se iba sola sin nosotros, nunca más con nosotros el cuerpo del que nacimos, el continente que nos dió la vida, todo eso y más con el hombre que empujaba el transportín. Chau, mamá, pensé. Chau mami. Pensé en el perfume de sus manos. Detrás y alrededor de mí los conocidos se iban moviendo, abrazándonos, diciendo cosas cariñosas que no recuerdo, abrazos o manos que apretaban nuestros brazos, fuerza, salían de la capilla, volvían a sus días, a las compras del supermercado. El camino donde a mi madre seguían llevándosela comenzaba en un costado de la capilla, una especie de pared de vidrio. Dos paneles corredizos y un camino sinuoso bordeado de árboles, de plantas cuidadas y abundantes, florecidas porque casi era verano. Dos hombres empujaron los paneles de vidrio y después volvieron a cerrarlas. Yo escuchaba el chirrido de las ruedas a través de la gente, de los saludos, de algo que había que ir a firmar, de la mujer amable vestida de traje negro que nos explicaba cuándo retirar las cenizas y nos señalaba las chimeneas que se levantaban entre los árboles y nos entregó un folleto con fotos. Seguía escuchando el chirrido; hasta dónde iban a llegar. Un depósito. El crematorio. Pensé en la cara de mi mamá, a quien ya no vería más que en fotos, en gestos recordados que el tiempo transformaría en gestos nuevos, distintos. En el humo que exhalarían las chimeneas cuando procedieran. El teléfono ya no traería su voz del otro lado. Pensaba en eso cuando me preguntaron en qué pensaba, pero dije que en nada. Que no pensaba en nada de nada. Después ya no escuché más ese chirrido y escuché la ausencia.
Katy Herendi, 2024
La imagen de Pinterest sin mención de autoría

No hay comentarios:
Publicar un comentario