jueves, 28 de noviembre de 2024

Cuarentena




Estoy con una tos tremenda y muy congestionada. Tuve un año complicado con gripe bronquitis neumonía y ahora meses después, casi finalizando la primavera, me contagié covit hace un par de semanas. Me curé rápido, ya no es como antes, ahora los médicos la tratan como una gripe fuerte y está muy bien. Ya no es lo que era. Pero me queda esta tos y una congestión que se resisten a abandonarme.
Recién hablé con una amiga y me sugirió que porque no me hacía té de jengibre miel y limón y me di cuenta de que tenía todos los ingredientes y que nunca me había hecho un té de esos, a pesar de que el jengibre siempre lo compro para un día hacer té pero termino tirándolo porque irremediablemente se me seca en la heladera. No esta vez.
Estoy ante una taza de té humeante de exquisito aroma, Me siento cuidada a la distancia y mientras espero que se enfríe un poco y miro las volutas de vapor recordé estas notas que escribí durante la cuarentena.

*

Mi cuaderno de notas es un caos. Este cuaderno donde ahora tomo notas. Tengo otros dando vueltas que no guardo porque todavía tienen hojas en blanco. Espacio para escribir algo. También son caóticas. Doy vueltas antes de escribir. Es tarde. Ni sé cuán tarde es. El encierro nos tiene a todos con horarios confundidos, haciendo actividades que ni se nos hubiera antojado hacer sino fuera por este hito histórico que nos hace sentir que vivimos en un estado de distopía. Que en cualquier momento devendremos personajes con botas de piel, uñas rotas y mugrosas, gasas sucias alrededor de la frente, viviendo recluidos. Escondidos entre escombros de fábricas abandonadas. Huyendo unos de otros. Ahora quien tose es sospechoso. Qué tontería. Me siento mi propia rata de laboratorio. Mido las posibilidades de mi propia estupidez. O me siento creativa, nueva, una persona capaz de florecer en soledad, una nueva yo que desechará todas aquellas nimiedades que junté a lo largo de mi vida y para qué. Siento pena por la humanidad. Qué rápido podemos destruirnos. Qué frágiles resultamos ser. Me pierdo en los horarios, nunca sé qué día es. Antes tenía cierto horario, un relativo orden o secuencia que me imponía la llegada del día y su luz, la noche y sus oscuridades. Encima el otoño, casi invierno, gris es como una amenaza constante carente de esperanza. Estamos en casa. Nos quedamos en casa tratando de no ser visibles haciendo cosas que nunca antes. Un poco en silencio, escondidos para que el virus no nos vea. Comprando alimentos que lavamos obsesivamente con agua y lavandina. Dejando nuestra ropa y el calzado aislados para que suelten el virus pegoteado. Nunca tuvimos las cosas de la casa tan desinfectadas. Hay pájaros por acá que no había visto antes. Garzas negras, garzas blancas en los techos. Un pájaro rarísimo que estuvo largos minutos en el poste de la luz de la calle. Imagino calles solitarias. Imagino el mundo solo. Gente enferma, ancianos que necesitan ayuda. Gente sola. Pienso en la calle donde antes vivía, no sé porqué pienso en esa casa; en la parte de calle que veía desde el dormitorio. Los plátanos, los coches estacionados, el barrio bien barrio donde nos conocíamos casi todos. Qué estará haciendo la gente de mi barrio en esta pandemia. Los de siempre viendo sus jardines por las ventanas, viendo lo que se ve de los jardines de los demás. Alguien paseando al perro. Viendo caer las hojas. Cosiendo barbijos. Yo cosí algunos que salieron rarísimos, mal porque no sé coser. En el video de youtube una chica hizo varios en minutos. Fáciles. Tardé seis horas en hacer el primero. Hice una pila de libros para releer. Resultaron ser distintos a lo que recordaba. Ahora soy otra distinta de la que leyó esos libros hace mucho. Y además mi memoria. La segunda lectura con más años es otra cosa. La tercera debe ser mejor. Madame Bovary resulta que no la había leído, estaba segura que sí. Hospital de ranas de Lorrie Moore me sigue encantando pero en mi memoria inventé escenas que el libro no tiene.
Hace un rato sin querer vi a unos vecinos dejando salir de su garaje el auto de unos amigos, en silencio todos. La calle solitaria y helada. Se saludaron sin estridencias. Ninguno tenía barbijo. Tenían la casa a oscuras. Guardaron su auto después de que los amigos se fueron. Son las tres de la mañana. Los ví desde una ventana a oscuras porque escuché ruidos y me asusté. El barrio es un silencio absoluto. Algunas luces están encendidas. Andamos todos desvelados. Vimos todas las series de Netflix. Tarde, algunos salen a caminar con barbijos. Solos, sin cruzarse de cerca con nadie. Solos pero con barbijos. Yo no quiero salir. Ni a la esquina, ni a la puerta. Hago budines de harina integral muy seguido. Ya me aprendí la receta de memoria. Lo hago con ligeras variantes. Amaso fideos. Tejo y destejo. Hacemos reuniones por zoom con amigas, con mi hijo y la novia y por un rato nos atolondramos hablando a la vez, nos reímos un rato y olvidamos que estamos lejos por un breve tiempo. Salvo que no podemos abrazarnos. Festejamos cumpleaños por zoom. Nos vestimos como si fuésemos a salir. Me pongo perfume.
Hay días que parecen una serie noruega distópica. Veo videos de animales que curiosean en pueblos, que salen de los bosques, que andan por Venecia, que andan por los jardines, en las piletas, en las galerías. Un parque temático donde pueden experimentar cómo vive un humano.
En este cuaderno hay caos, frases de libros que leí, recetas, una de una tarta muy rica de cebollas rojas. Algo que dijo un director de cine y que una escritora mencionó. Busqué la frase pero no era exactamente como ella la recordaba. La que ella recordaba era mejor. El caos de mi cuaderno incluye textos breves que escribí sobre mi mamá, pensando en ella. Cómo transitaría ella esta cuarentena, este encierro. Seguramente con alguna de nosotras, o mi hermana o yo. Sola no.

Uno de nuestros vecinos murió de covid. Me lo dice el muchacho que cobra la vigilancia. Me lo dice como si fuese un secreto que debemos conservar entre nosotros. El tano, así le decían, se fue a revisar solo porque no se sentía bien. Le avisó a Inés, la esposa, por teléfono, que lo dejaban internado dijo. Después de semanas a ella le avisaron que él había muerto. Que no le darían el cuerpo porque había que incinerarlo. Así terminó el matrimonio de ellos. La última cosa que hicieron juntos fue un café rápido antes de que él saliera. Un hasta luego porque total después se veían de nuevo. Como todos los días. No hay nadie en esa casa desde el verano. La usaban solamente en el verano. A veces en Pascua. El muchacho que cobra la vigilancia me dice que hay un cartel en la puerta, la casa está en venta. Que sí sé de alguien. Qué rápido pusieron la casa en venta,le digo. No, dice, el hombre murió hace meses, un montón de tiempo. Cómo no lo presentí. Una pregunta estúpida. Por qué tendría que haberlo presentido.
El hermano de alguien que conozco muere y no se lo puede despedir. No murió por covit pero igual no se puede hacer velatorios. Es desesperante no poder despedirse. La familia está desesperada y un poco resignada, con la voluntad quebrada, y los amigos se despiden a través de mensajes compartidos, en grupos de whatsapp. Comparten fotos.

Creo que podría acostumbrarme a no salir. La plaza de mi barrio está a una cuadra y hace meses que no voy. Una cuadra. Le cuento eso a una amiga y se queda callada, después me dice que salga, si no hay nadie en ninguna parte. Que aproveche el espacio. Igual no voy. No voy ni a la puerta, hace mucho que no piso ni mi propia vereda. Pienso mucho en la gente que se muere sola. En los familiares. Le digo a la secretaria de mi médica que si hacemos los controles más adelante me dice que no. Que los controles son necesarios. Nos preparamos para ir a Olivos. Gestionamos permisos para ir, para ir en auto, para que nos permitan transitar la panamericana. Hay tramos que la municipalidad hizo cerrar con montañas de tierra. Qué pasaría si una ambulancia precisa pasar. En la panamericana hay muchos más autos de los que pensé que vería. Es extraño, como volver de un viaje, de un retiro espiritual. Tantos autos. Como si fuese algo fuera de lo normal. Todos con barbijos. Demoramos hasta que por fin nos dejan pasar entre el cordón policial. Pienso que en Olivos, en la calle no va a haber nadie. Qué va a hacer mi marido mientras espero en el consultorio, porque no se puede ir acompañada. Me sigue preocupando hasta que llegamos. La avenida Maipú está repleta de gente, es desesperante. Hay coches, colectivos, negocios abiertos, gente con bolsas de compras. Gente por todos lados, cruzando la avenida, esperando en los semáforos. Todo es un caos. Escribo el caos en mi cuaderno.
Me siento engañada. Cuánto falta para que termine la pandemia.

Katy Herendi (2020/2024)
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