Esta mañana buscando un libro de Fleur Jaeggy que no recordaba si tenía o no, mi ventana se reflejó en el vidrio de la biblioteca q ue tengo más cerca de mi escritorio. Y ahí la copa de los árboles. La imagen es la de la foto, más o menos lo que ví. No es exacta porque lo que tuve fue más una sensación que la misma imagen. De todos modos le saqué una foto. Esa foto. Fue más el momento, no sé si me explico. El recuerdo que sobrevino. Adoro esa biblioteca que era de Jorge el marido de mi mamá. La biblioteca a su vez había sido de su padre. Es una pequeña biblioteca centenaria. Busqué en google cómo se llama ese tipo de bibliotecas. Librería Globe Wernicke. Librería. No biblioteca. La primera vez que la ví fue en el escritorio del papá de Jorge en la casa de su mamá: una señora sencilla, elegante y viejita a quien yo llamaba Mamina. No era mi abuela pero nos adoptamos mutuamente, así que la iba a visitar al barrio de Caballito donde ella vivía. El departamento era antiguo, en su mayoría luminoso con ventanas que daban a pequeños balcones que había en casi todos los ambientes, puertas muy altas, sólidas. Los pasillos entre cuartos eran oscuros. Los muebles robustos, pesados, con molduras lustradas. Y había un ascensor de hierro con adornos de bronce, una lucecita amarillenta, lento, abierto, con ruido a bisagra oxidada, de esos a los que uno se subía y rezaba para no quedarse atascado entre los pisos, o para que no se fuera a desprender de sus poleas, cadenas y engranajes. Nunca sucedía pero se rezaba igual por si acaso. A pesar de eso, amaba el ascensor. Me gustaba visitar a Mamina y a ella le gustaba recibirme. No había mucho preámbulo para esos encuentros. Ella me había dicho, vení cuando quieras, y yo a veces salía de mi casa tomaba el colectivo y viajaba hasta su casa en Caballito. Sin avisarle ni nada. Siempre abría la puerta con su sonrisa y un abrazo cálido y breve. Olía a sopa, a verduras frescas, a perejil. A manzanas. Cabello corto, blanco, peinado de costado, una hebilla, la frente despejada. Sus ojos verdes, iguales que los de Jorge. La cocina con perfume a bizcochos horneados y a limón. Tomábamos té. No recuerdo de qué conversábamos. Sí que nos reíamos mucho. Me gustaba hacerla reír y escuchar su risa. Ella había enviudado mucho antes de que yo la conociera. A veces volvía a mostrarme el cuarto donde su esposo trabajaba, su escritorio, sus recuerdos. Él había sido maestro y director de escuela. Ahí estaban sus cosas, ordenadas y dispuestas. Nadie las tocaba. El escritorio, su lapicera en el estuche, el tintero, un secante de madera de base semicircular que era precioso. La lámpara y debajo sus lentes. Parecía que en cualquier momento él vendría para seguir trabajando. Y estaba esta biblioteca también. Junto a una ventana. La copa de los árboles de la calle se reflejaba en los vidrios.No tengo ni una foto de la Mamina, de muchas personas no tengo fotos, de ella recuerdo como un todo, detalles. Los ojos, el pelo, su figura, lo educada que era. Tan simpática. Me encantaba charlar con ella. Siempre me gustó mucho la gente mayor. Las cosas que tienen para contar. Lo cálidos que pueden ser. Tantos recuerdos de una Buenos Aires tan distinta. O recuerdos de otros países, de pueblos, de familias. Hacía mucho tiempo que no la recordaba. Esa imagen fugaz en el vidrio me la trajo hoy aquí.
Me encantó que me hayas visitado, Mamina bonita.
(2023)

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