Quiero escuchar canciones luminosas y suaves todo el invierno. Todo este invierno transparente y gélido. Quiero no pensar. Sólo escuchar estas canciones. La música pegada a mis oídos que se escurre alrededor entre la niebla helada; una cinta liviana que se mueve lenta, sinuosa, mientras voy por mis lugares llenos de árboles. Un camino que recorro todos los días, como un fantasma nuevo cada vez, cargada de asombro; con un silencio inmaduro que desconoce ciertos códigos. Por ejemplo, que lo natural no precisa de mi hilo de pensamientos imparables.
Ya.
Shh…
Silencio.
Una música suave como silencio.
Me concentro en las copas de los árboles. Algunas calvas. Ramas plateadas, grises, negras, castañas. Conmovedoras en su desnudez. Frágiles. Veteadas. Manos abiertas que se mecen con el viento, gestos entumecidos en ruego devoto hacia algo allá en el cielo, hacia algo que no vemos, como si fuera posible una especie de respuesta; quizás inútil la oración. Casi seguro inútil. Toco las texturas de los troncos, las sensaciones en la piel mientras mis manos tocan los troncos fríos. Algunos tan suaves, otros rugosos, lisos, ásperos. Agrietados. Punzantes. Pinochas alrededor.
Doy vueltas sobre mis pasos mirando las copas de los árboles, de todos ellos alrededor. Abro los brazos, miro el cielo y doy vueltas. Doy vueltas hasta marearme un poco. La niña que existe en mí, sonríe. Entre los troncos desnudos hay los que nunca pierden sus hojas, exultantes de follaje. Mis ojos van lejos, todo lo lejos que pueden. Alto. Sobrevuelan sobre ese camino aéreo y vegetal. Un puente de ramas y hojas, un camino esponjoso, inalcanzable.
Hasta dónde llega lo verde. Cuántos territorios puede unir en su recorrido.
Cómo van cambiando los tonos, la carta de tonalidades verdes cuanto más lejos estén, o más cerca. Más lejos son grises. Difusos. Negros. Brumosos.
Es invierno hoy y de todos modos hay verdes. Verdes azulados, verdes grisáceos, opacos, brillantes, oscuros, ennegrecidos. Verde que te quiero verde. Hablo sobre árboles. Siempre me gustó estar entre árboles. Me abrazo al paisaje que hay. Soy parte. Admiro este Dios Natural. El creador de este arte verde del mundo.
Si uno pudiera elevarse como un pájaro y mirar al ras, horizontalmente… recostarse sobre las copas de todos los árboles a la vez y escuchar Cinder and Smoke, todo el invierno. Esa canción tiene el tono justo de hoy. Passing afternoon también.
Hubo árboles que creo haber amado. En mi infancia también. Sobre todo en mi infancia. Caminaba durante horas casi todos los días, más o menos cerca de mi casa, y fingía estar perdida, solo para mí. Era un juego solitario. Fingía que estaba en un pueblo que había sido abandonado, que había perdido mi caballo, a veces negro, otras castaño, o que me había vuelto invisible y no tenía con quién hablar y en la recorrida observaba los árboles. Con mucha atención. Todos los que podía. Algunos tenían como una cara. Diferentes personalidades. Tocaba las pieles rugosas, saltaba una rayuela entre huecos que se formaban entre las raíces elevadas y gruesas, esas cavidades desiguales y profundas, juntaba algunas ramitas para recordar mis árboles más tarde. Ahora también suelo volver de caminar con ramas pequeñas que encuentro a mi paso. No sé para qué. No puedo dejarlas. Solo por eso. Una cierta melancolía de algo. No hay ramitas huérfanas, eso no existe, pero igual las traigo conmigo como si las rescatara. Una tristeza extraña si la tengo que explicar, un sentimiento que el invierno y el frío acentúan un poco. No sé. Algo en mí, que no termina nunca de cuajar.
Donde vivía entonces muchas de sus calles todavía hoy conservan adoquines, eso les otorga un encanto extra: pancitos grises, una belleza húmeda, melancólica, algo familiar y bueno, herencia de un tiempo anterior, y las hileras infinitas de árboles añosos. Caminaba imaginando historias, imaginaba qué tendrían para contarme esos árboles. Qué habían visto, cuánto había cambiado todo alrededor. Techos vegetales de las veredas, eucaliptos tan altos, plátanos, la promesa del perfume de los naranjos, liquidámbares y robles, las superficies verdes, los troncos viejos y descascarados. Las veredas rotas, abiertas y elevadas en montículos por las raíces. Era caminante. Amaba los árboles de la plaza de la estación, creo que eran plátanos. Árboles bordeando la mayoría de las calles, la estación, desde las vías hasta la panamericana. Desde las vías bajando hasta el río. Un cielo verde, susurrante. En la estación, subía el puente para ir de un andén hacia el otro, y me quedaba arriba mucho tiempo viendo las copas de los árboles desde lo alto y los trenes que iban y volvían, un tren y otro y otro.
Tenía tres árboles en una casa en la que vivimos. Hace mucho. Un limonero, dos laureles de jardín. Mi preferido, el de las flores rosadas, lo podía trepar y saltaba a la casa vecina abandonada.
Y antes que eso, en lo de las monjas, solía pasar los días inventando mundos al cobijo de aquellas arboledas. Pequeños bosques. En la adolescencia fueron los árboles de una isla.
Al escribir esto, advierto que toda la vida me gustaron los árboles, que me relacioné con ellos, y por suerte los tuve siempre cerca. Esos troncos ásperos a los que me imagino abrazando. Esos troncos surcados por dibujos. El río de savia adentro moviéndose lento, al que imagino escuchar. La diversidad de especies. Las distintas sombras. El aleteo de las hojas. Amo tener estos recuerdos y amo darme cuenta de que eso siempre fue una constante. Me gusta que me gusten los árboles. La naturaleza en general. Sus mutaciones.
La Naturaleza, ese Ser. La verdadera génesis. Si hay Dios, es la Naturaleza. Un algo invisible, una fuerza. Si tuviera color sería azul, quizás verde. Una especie de mago que susurra con voz de aguas, o un murmullo de hojas.
Y aunque le va bien el silencio, porque cuando lo desea crea sus propios sonidos, hoy derramo en mis auriculares algo de Iron & Wine, porque combina a la perfección con este delicioso viento frío y con lo que quiero decir.
Katy Herendi
agosto, 2022
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