Nunca había corrido así, las piernas temblorosas, las lágrimas confundiéndose con la lluvia, la garganta apretada, tanto que no le habían salido las palabras. Un grito. Nada. Bajó saltándose escalones. En el subte, a esa hora, nadie. Se sintió atontada, perdida. Se quedó quieta como si una parte de ella no hubiera llegado todavía, se quedó esperando para volver a sí misma. Entera. Volteó para mirar las escaleras. La lluvia se deslizaba desde la calle en hilos ininterrumpidos. Se puso una mano en el cuello, sintió los saltos de su corazón. En la estación de subte solo silencio de gente y de máquinas, de tráfico, de todo. El mundo pasando arriba. Ahí abajo el silencio y la quietud. Como estar sumergida en un océano. Pura ausencia debajo de la tierra. La estación así desierta parecía más vieja; así desierta parecía más húmeda, más amarilla, gastada. Olorosa. Un poco lejos, el kiosco de revistas, cerrado. Más allá del kiosco de revistas cerrado, en un banco casi donde se acababa el andén un hombre grande que se notaba que era muy viejo, se le figuró tan familiar. Pensó en su padre. Podría haber sido, si su padre hubiera estado vivo. Le hubiera gustado tanto. El hombre del subterráneo al verla se levantó como si quisiera sacarla a bailar, como si alguien lo hubiera empujado del banco. Como si hubiese ensayado antes ese momento y hubiese llegado a la escena. Él esperando su entrada y ella por fin entrando. Le crujieron todos los huesos pero lo mismo se puso de pie con dignidad. Ella supuso que él se había levantado así de pronto por algún gesto que ella había hecho, algo que lo hizo sentirse reconocido. O a lo mejor, supuso ella, al descubrirla él adivinó su miedo. O solo se levantó cuando por las escaleras apareció bajando el otro hombre, el que la había seguido para alcanzarla ahí y ella entonces miró, buscó algo parecido al refugio y lo vio y se quedó sostenida en el hilo extendido de su mirada. Era como haber encontrado una balsa. Como la cuerda de un salvavidas. Ella no sabía si él, pero él sí sabía. Ella lo mismo se animó; se acercó porque él se levantó así, como dispuesto y bueno.
Él vió el modo desbocado en el que latía el cuello de la chica. Sintió la necesidad de estirarse a tocarla para que se calmara. Se sorprendió por la calidez de su propia ternura, algo que le hizo recordar su antiguo corazón. Eso le hizo sentir valor y al ver al otro hombre que se acercaba le dijo a la chica, Hace un rato largo que te estoy esperando. Su mano se extendió como una rama fresca y se ofreció abierta. Después sin hablar pero juntos desaparecieron en el túnel de la noche.
Katy Herendi, 2023

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