Estás sentada en el domingo repleta de recuerdos. En el sillón más grande envuelta en una manta desordenada, con el libro que acabás de cerrar, un dedo marcando la página, el libro sobre tu regazo. Estás ahí pero pensando en que estás sentada junto a aquella mesa en ese bar bucólico, de domingos lejanos. La mesa del rincón, la última ventana. El lugar bellamente oscurecido por la tarde, junto a la estación, las palmeras y el tren que pasaba. La estación que veías, de paredes blancas, de madera pintada, con los manchones de humedad como mapas, manchas verdes, que empezaban abajo, cerca del pasto, que trepaban las maderas pintadas de blanco. Bajás un poco el libro para pensar en eso. Recordás en el aire tibio el olor a té y a las facturas alemanas horneadas en la cocina del lugar, el calor de una salamandra, el lugar adonde ibas a escribir, o más veces a leer. Sola. Te gustaba el silencio tuyo un poco moteado del murmullo de charlas ajenas, algo lejanas, como campanas de la tarde llamando a misa, un murmullo a veces interrumpido por risas, o cucharitas, o una silla. Quisieras estar leyendo ahí, pero ahí es lejos ahora. El último párrafo es triste. La última oración. La frase del libro. Te recordó ese lugar con el olor a té de flores y mermeladas. Te dan ganas de estar ahí viendo cómo la noche llega, el cielo se oscurece y los faroles de la calle riegan sobre la calle su dorada luz encendiéndose de a poco. ¿Es realmente triste la frase? ¿para quién, para vos, o es triste en general? Por qué todo te da ganas de llorar. Te pensás como si te vieras desde afuera. Otra vez. Siempre resultaste un poco rara.
Ese lugar, no el bar, la estación, es un recuerdo de antes también. Mirás algo en el suelo que no está en el suelo ni en el borde de la mesa sino en tu cabeza. Los ojos lejos, en el tiempo que te trajeron anoche envuelto y que te mostraron: tus recuerdos, ¿te acordás de…? Algunas personas, anoche, en una fiesta te dejaron pedacitos de días viejos, muy viejos, tanto, tan difusos, tan pegajosos que se te fueron quedando como arena, y hoy estás así de triste porque te los vas despegando y aparecen otros días. Una cadena de instantáneas borrosas. Tantas personas por ahí que tienen pedacitos de días de tu vida que vos ni recordás. Escuchaste partes, completaste con asombro. ¿Yo era así de verdad? Las personas te trajeron pedacitos de cómo te veían. Hace mucho. Hay fragmentos de nuestra vida esparcidos por todas las mentes que coincidieron con nosotros alguna vez en nuestra historia. Partes diseccionadas de la vida, como recortes de una película. Hay quien recuerda pedacitos de nosotros que ni siquiera reconocemos. Alguien me dijo, no puedo creer que no te acuerdes. Y me disculpé. No sé por qué pero me disculpé y lo mismo no me acuerdo. Dos mujeres más allá, levantaron de la bandeja copas de champagne. Brindaron pero una dijo, No puedo creer que hayan muerto. Hacía un momento esas mujeres habían estado sentadas más cerca, dejando anécdotas sobre este lado de la mesa, partes de días que vivimos, cosas que compartimos entonces. Todas pusimos piezas de memoria sobre la mesa, como si completáramos un rompecabezas en común. Después vimos que faltaban demasiadas piezas. Compartimos un tiempo de adolescencia. Pronto me mudé a otros barrios y a otras escuelas también. Y no supe más nada de nadie. Era demasiado joven. Reponemos recuerdos, días, personas. Hablan de mí como si yo no estuviera y me estuvieran recordando. Algunas con una sonrisa, unas ni saben quién soy, otra me conoce más y sabe más de mí, eso me resulta sorprendente, otra recuerda detalles que al cabo de unos días empiezo a recordar también. Ella sabe cosas concernientes a mí de esa época, mejor que yo que olvidé tanto. En mí hay muchos silencios. Huecos, como agujeros negros donde las cosas se pierden. Siento que lo que tengo que decir es extraño, aunque tal vez no lo sea. Es lo que siento. Siempre un poco extranjera. O rara. Me mudé tanto, cambié tantas escuelas, conocí tantas personas, se me confunden, no recuerdo casi a nadie. Es una pena no tener esos lazos tan fuertes. Ellas los tienen. Son fuertes, eso las forma y las conforma, tienen historias en común. Son mujeres adultas que se reúnen y vuelven a ser un poco aquellas adolescentes. La amistad entre las mujeres es algo mágico, curativo, cuando sucede. Como si fuésemos un poco nuestras propias madres o hermanas. Ellas poseen eso. Yo fui siempre más solitaria. Desde niña. Una de ellas vuelve a repetir, no puedo creer que murió, como si fuese algo reciente, algo que alguien le acaba de susurrar al oído, como si le hubieran dejado una nota manuscrita en un bolsillo. La veo transformarse, tomar conciencia. Lo vuelve a hacer. Lo está procesando. Sintonizo con ese sentimiento de incredulidad porque de aquellos que frecuentamos, algunos ya se fueron. Los que se fueron se llevaron algunos de nuestros gestos, algún secreto, las gélidas mañanas oscuras del invierno, algunas fragancias tibias de primavera. A esta altura de la vida eso ocurre. Alguno se llevó un beso fugaz que nunca nadie supo. Me gustaría estar arrebujada en un sillón, en aquel lugar con olor a té en el aire, ver pasar el tren solitario del domingo, con estos pensamientos. Por ahora tenemos en guarda la parte que nos toca de la historia. Hasta que se vaya perdiendo en el tiempo.
Katy Herendi, 2023
#relatos
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