Que no era acá, que no era allá, ni debajo de aquel pino, sino de aquel otro, parecido pero no, tampoco. Que era un pino más bajo, más gordo, más alto; idéntico. La tía Pepa dijo que quizás, quién sabe, en una de esas, a lo mejor, en el cementerio a la Paca la habían cambiado de ubicación. Así nomás y sin avisar, como quien dice agua va, de repente y porque sí. La tía Pepa dijo que no había consideración: somos la familia o qué. Para eso hizo dos montoncitos con los dedos y los agitaba con vehemencia a la altura de sus pómulos. Cómo que no nos avisan a nosotros: SOMOS LA FAMILIA. Y lo dijo así, todo con mayúsculas, para que se entendiera bien la relevancia que ella le daba a ciertos asuntos. Aunque también le gustaba mucho aclararnos que ella era más familia de Paca que ninguno de nosotros, porque era LA HERMANA. Y sí, también lo dijo con mayúscula porque la tía Pepa era de usar mucho la mayúscula, por el énfasis. Y también era mucho de las comillas con los deditos, pero esa vez se le olvidó. Decía que era MÁS FAMILIA por ser LA HERMANA, y además por una cuestión de antigüedad, que nos quedara claro. Nos llevaban añares de ventaja. Que no nos fuéramos a creer vaya Dios a saber con qué más derechos que ella, habrase visto.
La tía Pepa hablaba haciendo gestos; siempre. Ése día más gestos que nunca. Ay, la Paca. Para que todos escucháramos por igual caminaba dando giros. Giraba y seguía buscando a la Paca, con la cara ya alistada para la sorpresa del encuentro. Al hablar movía la boca gesticulando ampliamente para que algunas palabras pudiésemos leérselas en los labios, porque había que tener “en cuenta” entre los nuestros a los que ya no tenían sus oídos “despabilados” como otrora. (Las comillas son de la tía Pepa).
A la tía Pepa los ojos se le abrían con desmesura, hasta los límites de lo permitido por la naturaleza humana. A los más chicos eso les daba una risa…, un esfuerzo más, unos milímetros más de apertura exagerada de los ojos, y sus globitos oculares saldrían de sus cuencos y se perderían entre las calles del cementerio sin remedio; caerían como dos bolitas, dos canicas de vidrio de las grandes y blancas, y rodando, rodando por ahí, irían a perderse en algún sumidero. Y estaba lo de las cejas también. Las delgadas líneas de los que supieron ser sendos y frondosos marcos para sus ojos ambarinos, y que ahora estaban dibujadas con lápiz negro, le subían y le bajaban, se unían, se ponían raras, en desniveles imposibles; varias capas diferenciables de asombro. En cuanto a sus brazos apenas regordetes, prevalecía el movimiento, sin importar si estaba exaltada o a punto de unir sus manos en oración. O dando indicaciones a un tráfico inexistente: iban y venían y de pronto, eran fuuummm un trompo loco.
La tía Pepa iba al frente de la comitiva para encontrar a Paca pero, la comitiva que formábamos aquel mediodía, había sido originalmente conformada para darle el adiós postrero a otro familiar, que sobre el mediodía ya había sido enterrado, honrado, dejado atrás y relegado porque ahora lo que todos ansiabamos, de una buena vez, era encontrar el sitio de la Paca. Pero, ¿dónde había que buscar a esa mujer? ¿Dónde escondían a la gente de bien en ese cementerio de mala muerte?
Pasado ya ese mediodía teníamos en el haber de nuestra memoria más de un centenar de nombres de lápidas, y algunos comenzaban a repetirse. Uno de los críos protestó, ¿cuántas tumbas faltan para encontrarla a la tía Paca?, y mordió el alfajor enorme que le habían llevado por las dudas de que la ceremonia se demorara. La tía Pepa se detuvo en medio de la calle empedrada y husmeando el aire dijo, estamos girando en redondo, así no la vamos a encontrar ni muertos, ni para el día del juicio final. Y, agregó, que encima ninguno traía ni una mísera flor, manga de tacaños, que a la Paca le agradaban tanto, dijo. Ni cortos, que en la familia son todos altos, ni perezosos, que los había pero no era el momento de traerlo a colación, unos tomaron prestadas flores de algunas tumbas nuevas, previo santiguarse con la promesa vana de regresar con varios ramos para reponer. Otros dijeron que ni locos que estuvieran, que devuelvan esas flores, que lo de la maldición y eso, y salieron a la puerta a comprar un ramito, y de paso varios ni volvieron. Así estaban las cosas cuando un murmullo creciente terminó convirtiéndose en el griterío habitual de las reuniones, Acá está, acá está, dijeron unos. La encontramos, dijeron otros, ¿Ya podemos irnos a casa, má?, esto último fue dicho con la boca desbordante de alfajor de chocolate. Otras bocas, libres de gluten, repitieron: La encontramos, la encontramos, ahí está. Por fin con este calor. Y así fue. Paca estaba justo donde la habíamos dejado, sentadita en el mismo banco de mármol, debajo del pino alto, terminándose un helado que solo el Supremo sabe de dónde diablos sacó. Al vernos llegar, todos y cada uno con flores en las manos, y nuestras caras compungidas expresó: Que no he muerto. Y volvimos a las casas tan felices.
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