MUCHÍSIMO ANTES
En su cuarto sonaba el despertador; ella enseguida lo apagaba. No lo dejaba más que unos segundos como si hubiese estado esperando, pero aquel sonido era suficiente para que me despertara también. La llama del encendedor iluminaba el ángulo abierto de su puerta, de una manera tenue y fugaz, el olor a su primer Jockey del día. Recién después se levantaba iba a la cocina, hacía café. Otro cigarrillo, el aroma al café recién hecho. Se sentaba a tomarlo en el banquito azul, al lado de la ventana. Entonces amanecía. Después se duchaba y se iba a trabajar. Quedaba su perfume. El espejo empañado en el baño. El persistente aroma del café. No la veía hasta la noche. A veces me dormía antes de que volviera. Trabajaba muchas horas, incluso doble turno. Era muy joven. Era hermosa. Todo el mundo me dijo eso siempre. Qué mujer hermosa tu mamá.
Me acuerdo no sé por qué ahora. De eso hace un montón de años.
DESPUÉS
Firmamos unos papeles. Entregamos su documento. El hombre dice que tenemos que elegir un ataúd, pero no se levanta de la silla después de decirlo, como si nos diera tiempo para algo, para que nos caiga la ficha de lo que nos toca hacer ahora. Mi hermana y yo nos miramos. Después sí, se levanta y nosotras también. Seguimos al hombre por un pasillo en L. Nadie habla. El hombre se detiene ante una puerta pintada del mismo amarillo de las paredes. Un color pálido que me recuerda una puerta de mi infancia. Nuestra vecina tenía una puerta así, de ese color amarillo, apenas amarillo. Una puerta sólida. El hombre la abre apenas, se detiene, nos mira. Inclina la cabeza. Dice, ¿vamos? por decir algo, supongo, para romper el silencio. La puerta de la que yo hablaba daba a la cocina. Esta no. Pienso en lo que estamos haciendo. Un cajón para mamá. No puedo creer que esté ocurriendo. Me doy cuenta de que estoy tomando distancia. Mi mente toma distancia, como si armara un escudo entre la realidad y yo. Soy consciente. Puedo sentir eso. Lo que hace mi cabeza como arma. Pero yo quiero ver y quiero recordar. Por qué no estoy llorando. A pesar de todo mi cerebro se anestesia. Por qué no puedo dejar de pensar. El hombre abre la puerta, del todo. En un segundo se ve el salón. No es enorme. Está repleto. Nos movemos con cuidado entre las hileras de cajones. Algunos están inclinados, otros apoyados contra la pared, como de pie. O casi. Todos abiertos para que se vea el interior.
La lista de precios está en una carpeta gastada colocada en el ángulo de un ataúd de color roble, laqueado. El interior tiene una tela blanca que parece seda, trabajada como un acolchado matelaseado. Hay un plástico encima. Me quedo viéndolo un momento. Es para preservarla del polvo dice el hombre. Su mamá va a cremación, dice como si yo no supiera. Me señala dos indicados para ese fin. Pregunto cuándo van a ir a buscarla. Me dice que cuando nos vayamos.
UN POCO ANTES
Una casa no es la madre. La casa tiene su perfume, no el perfume que ella usaba sino un perfume que está impregnado en todos sus objetos y que le era propio. Natural. En los muebles, en los placares, en la alfombra, en los papeles que guardaba. En su ropa. La casa está intacta, preparada, como si ella, en cualquier momento, pudiera aparecer saliendo de la cocina con su taza de té y se sentara a leer el diario. El ACV pasó entre la noche del viernes y el sábado a la mañana. Lo sé porque el diario del sábado y el del domingo estaban en la puerta sobre el felpudo, sin levantar. Los recogí ese lunes después de que quedara internada y necesité ir a su casa para ver no sé qué. Para ver qué había hecho ella antes. Como si ahora importara. No estaba pero estaba, en todo. En la heladera estaba su pan negro. Y la mermelada. En la cama revuelta un cuaderno y un libro. En el suelo, debajo de la cama, sus pantuflas, el recorte del diario sobre la visita del premio Nobel africano que había estado en la feria del libro. Ella me llamó por teléfono el jueves a la noche. Yo había salido al jardín para hablar, así podía fumar; hablamos del escritor. Se sorprendió de que lo conociera. Me sorprendí de que me preguntara. Le dije que había leído "Desgracia", hacía mucho. Se sorprendió más. Fue una conversación repleta de sorpresas. Unas noches atrás. Apenas. Una noche tan fresca. Linda. Calma. No solía pasarnos.
Katy Herendi
noviembre 2014
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