![]() |
| Dibujos en piedra Svetlana |
A lo lejos, entre la bruma, la barcaza aparece de pronto y de la nada, como escapada de las entrañas del mar, como un sueño hecho de sal y caracoles, algo incierto que se transfigura en el horizonte. Se mueve, se aproxima inexorable, con lentitud. Él no tiene a quién mostrarle eso que ve, o que cree que ve. O que está seguro. Se cubre la frente muchas veces y vuelve a mirar, pero el barco no desaparece. No entiende si ya se despertó o si es esa pesadilla que tantas veces lo llena de inquietud en medio de la noche. Vuelve a mirar. Alguna capa brumosa de vez en cuando la vuelve a ocultar. Es una barcaza como nunca antes vió. Cuando el sol esté en lo alto, de a poco, lo verá entero, enorme, en todo su esplendor, con las velas hinchadas de viento. Y entonces entenderá de a poco, con la misma pesada lentitud, que en esa pesadilla se entra una vez y no se regresa nunca.
Lo arrancarán brutalmente de su tierra como se arranca la maleza; sin piedad y de raíz. Cruzará el vasto océano sin ver el cielo un solo día. Sin ver la costa que se aleja hasta el punto infinito en el que se disuelve en el aire y que queda como una incógnita en la nada brumosa. Irá encadenado a otra alma, y esa a otra, y otra, hasta formar eslabones humanos de idéntico destino incierto. Respirarán mil veces el mismo aire hasta gastarlo y volverlo espeso, hediondo, irrespirable. Remará. Noche y día repetirá el mismo movimiento entre la humedad de sus excrementos, la costra sanguinolenta de los heridos, la putrefacción de los moribundos, los ayes vanos perdidos en la oscuridad. Lo disminuirán a la mínima expresión humana. Avanzará sin saber adónde, sin descanso, sin un solo instante para preguntar, ni para pensar, ni para recuperar el aliento. Irá rumbo a una nueva tierra para forjar un porvenir tan promisorio como ajeno.
No volverá a abrazar a su mujer tallada en ébano. No verá los ojitos nuevos del que se forma en el asustado vientre. Esa línea azul que se dibuja en el horizonte dividiendo el cielo del agua será la ruta para su albergue. Ignora adónde lo llevarán, no comprenderá el idioma, lo expondrán en un mercado y entenderá que fue vendido cuando los gritos incomprensibles sean proferidos por otras gargantas. Le cambiarán el nombre, las costumbres y a su Dios. Llorará sin lágrimas y en silencio. A quién le importará lo que siente. Lo que piensa cada noche. Lo que encierra su corazón. No importará su dolor. A nadie le importará.
Dormirá hacinado en un cuadrado, reducido y sin ventanas, repleto de esclavos como él. Uno más entre tantos, perdiendo su individualidad, única e irrepetible. Engrosará un inventario junto con el recuento de telares, los molinos de agua y el ganado. No tendrá patria en esta tierra. La Luna guardará su soledad y en las estrellas tejerá una red de recuerdos donde cobijarse para soportar otra noche. Otro día. Una noche más. Solo una más después de otra. Curtirá su corazón rodeado de una geografía ondulante. Sin embargo, no lograrán exiliar sus raíces. Ellas quedarán aferradas a las entrañas de África con la esperanza de volver algún día a fundirse con los dos pares de brazos que lo esperarán para siempre. Si tan solo le mostraran el mar, volvería a nado.
Él no sabe que esto pasará. Ni siquiera lo imagina mientras inquieto sueña que, a lo lejos, entre la bruma, un barco enorme con todas sus velas al viento se aproxima a la costa.
(2003) Katy Herendi
Publicado en Literarte, revista bimestral de literatura y arte
Declarada de interés cultural por el HCD de Vicente López

No hay comentarios:
Publicar un comentario