lunes, 19 de febrero de 2024

Me acuerdo (el mar)

 Cuando no estoy en el mar pero pienso en el mar lo primero que viene a mi cabeza  es un campamento al que fuí cuando era muy chiquita. Lo recuerdo muchas veces, sin querer. Casi siempre son las mismas imágenes. Otra cosa en la que pienso es en la luminosidad del mar,  después el olor. Siempre que voy al mar, la primera sensación, antes de acercarme al agua, es  la luz intensa, el reflejo de la luz en el agua y en la arena. Tengo fotofobia desde pequeña, quizás consecuencia más de cierta medicación que del hecho de tener los ojos muy claros. A otras personas de ojos claros no necesariamente les pasa, por eso se lo atribuyo a los corticoides. La luz del sol me ciega a veces, me hace lagrimear, doler los ojos,  incluso cuando está nublado. Por eso uso lentes de sol la mayor parte del tiempo. Pero hablaba del mar.  Después de la luz está el olor del mar que respiro profundamente como para llevarlo conmigo. Me gusta ese olor al agua salada, a los caracoles, al viento, a la espuma, a algo que no sé definir. A qué huele el mar. A sol, a niebla, a algas, a pescado. A barcos viejos. No sé. A yodo, dicen. Después está el sonido de las olas, el estruendo lejano de las olas rompiéndose contra las rocas, el viento que brama desde dónde. Pienso en lo vasto, lo inabarcable del mar cuando uno lo descubre por primera vez,  la mirada  no alcanza. Cómo se abarca lo que parece sinfín, la pequeñez que se siente, la soledad de eso tan inmenso. La conmoción. El movimiento incesante. El agua va y viene sobre los pies que un poco se hunden cuando el agua se retira con fuerza para volver. Se enciende el miedo que me provoca el mar, recuerdo a alguien buscándome de una playita que era un banco de arena que mientras bajaba el sol  fue quedando más abajo y desapareciendo bajo el agua;  el grupo de niñas que jugábamos distraídas hasta que no hubo piso y hubo olas que cada vez eran más altas. El cura nos rescató de a una en sus hombros para que no tuviéramos miedo. Él era altísimo y no quiso que nadie lo ayudara porque no quería sacar más personas del agua, escuché después. Estaba enojado. Quedé al final porque al principio del campamento cuando preguntaron dije que sabía nadar y no.  Cuando terminó de buscarnos a todas el agua me llegaba a las caderas. Pensé que iba a morir pero tampoco dije nada. No volví a entrar al mar sola, nunca, salvo la orilla. Tanto me fascina como me abruma. Bello y misterioso. Cálido y amenazante. Deseado siempre, en cualquier momento, sin dudas. Violento, imprevisible. De chica juntaba caracoles y los dejaba en montañitas en la arena. Ahora a veces junto y los traigo conmigo, no siempre, a veces simplemente los dejo. Hasta hace unos años juntaba y llenaba frascos grandes en mi casa. Dicen que trae mala suerte tenerlos. No creo que  si los devuelvo al mar me vaya mejor, no por tener caracoles. De chica buscábamos almejas. Ahí donde veíamos la playa agujereada estaban las almejas y nuestras manos ávidas excavaban en la arena para sacarlos. Los dejábamos ir para que volvieran a hundirse en la arena. Todas las tardes buscábamos ramas y troncos y los dejábamos en un montón para  la fogata a la noche. Siempre se hacía la fogata en la playa. Las más grandes hacían escenas cortas y cómicas que inventaban y preparaban durante la tarde. Después cantábamos. Era divertido. A veces se acercaban  toninas;  las mirábamos desde la playa fantaseando con que eran tiburones.  Estaba prohibido meterse en el agua cuando no había mayores mirando, ni cuando bajaba el sol, ni cuando llovía. Pero siempre estábamos en la playa. Todo el tiempo. La casa que nos albergaba estaba sobre la playa. Nos dormíamos oyendo el mar. 


2024

#mar #recuerdo #meacuerdo #textosbreves



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