Se levanta a tomar agua por segunda vez. No enciende luces. Abre la heladera porque sí, la misma cantidad de veces que se levanta a tomar agua. Mira los anaqueles como si existiera la posibilidad de encontrar allí algo que antes no había guardado. Camina por ese sendero aprendido en la cotidianidad, los espacios libres entre los muebles, con la luz ínfima que se filtra de afuera. Da vueltas, se queda viendo el jardín, la lluvia, las ramas que apenas se mueven, a veces hay algún gato, no esta noche. Se va a leer al otro cuarto. Enciende el pequeño velador. Son las 4:20. No hace té, la desvelaría más, pero le gustaría tomar un té, sentir el aroma envolvente de las hebras, el calor de la taza entre las manos. Hace horas que no logra dormir, pasa con frecuencia, entonces lee, lee mucho, todo el tiempo; en lugar de dar miles de vueltas en la cama hasta darse cuenta entre las ranuras de la persiana que empieza a clarear. Se levanta antes de que eso pase. Lee, relee algunas páginas, muchas veces al azar, de cualquier libro de la biblioteca; a esa hora, con sueño, no logrará mayor concentración. A veces se detiene para escribir, escribe algo en el cuaderno, en papeles que después pierde; a veces solo escribe la frase que subrayó, otras algo que se le ocurre en ese momento, pocas palabras. Unas líneas, una sensación, un sabor. Un frío. Cierta textura. Una luz. Barre el escritorio de un vistazo, algo se mueve. Centra su atención en la pared. En la penumbra distingue una línea sinuosa, desde el techo hasta el suelo, una hilera de hormigas coloradas sube y baja; una hilera gruesa, vigorosa y enseguida otra. Poco menos de un metro hacia la izquierda las mismas hormigas van y vienen, la otra hilera igual, se mueve para volver a meterse en donde empiezan las maderas del techo. Hacen un circuito incesante. Entran y salen. Bajan por la pared, desfilan un metro por el zócalo, suben, bordean el techo, bajan, caminan por el zócalo y así. Avanzan en doble mano, mezcladas, encolumnadas, de vez en cuando chocan, y parece como si se detuvieran a decirse algo y siguen. Tan inteligentes las hormigas para algunas cosas. Qué pérdida de tiempo, ese desvío. Bueno, qué otra cosa pueden hacer a esta hora las hormigas para pasar el tiempo. Para ellas es la aventura de la vida. Qué otra cosa pueden hacer sino caminar en hileras interminables y ondulantes, sin sentido, subiendo y bajando para ir de un punto a otro, quizás cercano. Bastó con que lo hiciera una. El resto la siguió sin cuestionar. Quizás tampoco pueden dormir y caminan por las paredes; ellas pueden hacerlo literalmente.
Katy Herendi, 2024
Fotografía vía Pinterest s/mención de autoría
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Sabemos los insomnes lo que es caminar por las paredes, leer algo, levantarnos, dar vueltas como hormigas. Gracias, me siento acompañada. Me gustó mucho el poema con la oscuridad que puedo sentir...
ResponderEliminarGracias a vos por tu lectura y por tu devolución. Es bueno saber que una no anda sola en esto de deambular las noches.
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