Lo veo; me acerco a su portón para preguntarle acerca del árbol que tiene detrás del cerco junto a la entrada. Nunca ví nada igual, digo. Tengo que gritar un poco para que me escuche, el hombre está algo lejos. Mi tono es jovial, intento ser simpática y amable, pero ya estoy arrepentida porque el tipo me mira con desconfianza; me doy cuenta, a pesar de la distancia. Mueve el saca hojas dentro de la pileta, una cuchara enorme revolviendo un té descomunal, eso parece, y después lo deja a un costado sobre el borde de piedras, con calma, con toda la tarde por delante. Se parece a Luis. Se seca las manos frotándose en su malla como si estuviera sacando algo invisible pegado en las caderas. Algo que debe ser arrastrado. Mira el cielo. No se acerca, no decide si soy digna de confianza o si tiene la voluntad mínima que le exige aproximarse. Cuando me estoy por ir me hace un gesto con la cabeza, estira el cuello hacia arriba como hacen los patos cuando tragan. Se queda así y como no vuelvo a hablar señala una de sus orejas con un dedo. Entiendo ese gesto como un ¿Qué? Qué dije. Qué quiero. Hago señas con la mano indicando que no tiene importancia, que sigo caminando. Ya no sé si tengo ganas de repetir toda la frase.
Ahora veo ese árbol casi todos los días, es el único de su especie por acá. Es idéntico al que veía desde la ventana de la casa de mi abuela cuando me quedaba a dormir y me dejaba el cuarto de Luis; estaba igual el cuarto, tenía los libros, la colección Robin Hood, algunos de la colección Billiken. La abuela al principio no quería que los tocara. El árbol es el mismo, estoy segura. Pero no sé qué árbol es. En el último año se ve que creció con desmesura y ahora es impactante. La calle hace una S. Si uno viene caminando de frente y levanta la vista se lo encuentra; es como si los ojos se lo llevaran por delante, estampado contra el cielo, emergiendo desde atrás, entremedio de las dos palmeras y el pino, que está de costado. Antes no se veía desde la calle. No se veía directamente. Ahora sí. A mí me gustaba Luis. Al dueño lo ví poco, supongo que porque solo viene los fines de semana. Si no es porque ahora está en el jardín con actitud de propietario ni sabría quién es. O de qué casa del barrio es. Tampoco viene todos los fines de semana. En las reuniones de acá, por decir algo, yo nunca lo ví. De lejos se parece a Luis. Hoy no es fin de semana, pero hay dos chicos jugando más allá cerca del fondo, hay sillas de plástico, mate y termo y vasitos sobre la mesa de jardín, seguro están de vacaciones. Siempre es él con los chicos nomás. Me arrepiento de haberle preguntado. Sobre las zinnias hay mariposas. Tendría que haber seguido de largo, si de todos modos qué me importa qué árbol es si no lo voy a poner en mi jardín. De puro curiosa, de puro impulsiva. Qué cosa, che. Ahora ya está y estoy parada como si estuviera esperando que me dé algo que a él le sobra. Tampoco me da para irme, pucha. Qué árbol es ese que tiene junto a la entrada. Me pregunto a mi misma. Para que se note mi intención, que la vea sugerida. Miro el árbol. Miro la altura que tiene. Me siento una idiota. Se acerca con desconfianza, ladea la cabeza y avanza, parece el Pulgui de mi vecino cuando le susurro. Pone la cabeza así, igual. Creo que no entendió la pregunta que le hice. Le pregunté porque lo ví. Porque mis hijos siempre me dicen que sea más espontánea, comunicativa, que hable con alguien, que no sea tan tímida. No sé para qué abrí la boca, y este encima me hace esperar para una pregunta tan pava. De pura curiosidad y solamente porque lo vi en el jardín, por eso le pregunté. Si no lo hubiese visto a él cuando me iba, ahí en el parque, quieto y mirando alrededor los iris y los agapantos blancos y lilas, mientras se rascaba la cabeza debajo de su gorro, con cara de estar despegándose de la siesta, hubiese seguido de largo pensando solamente en qué hermoso el árbol aquel. Y ahora cuando estoy regresando lo vuelvo a ver. Al hombre vuelvo a ver. Era como una señal, qué boba, una señal de qué, me agarró como un coraje y le pregunté. Ni sé para qué. Ese tipo antipático que ni siquiera va a querer responderme. Es como una especie de araucaria. Eso creo. No sé si hay muchas clases. No volví a ver un árbol igual. Por ahí ni es. Y cómo la abuela nunca me hablaba de Luis. Tampoco la veía llorar; cuidaba sus cosas como si un día fuera a volver. Me daba tristeza su silencio. Su andar entre las cosas que tenían sus huellas. Me hubiera gustado que habláramos un poco de él de vez en cuando. A lo mejor no lo hacía porque yo todavía era chica, y era su nieta. Y me cuidaba. Y qué se yo, por ahí no quería andar llorando delante de mí. Yo pensaba que ella era una mujer fuerte. Y sí, lo fue. Pero también era una abuela cuidando a su nieta y a lo mejor evitaba hablar conmigo de sus tristezas. Este árbol es igualito a aquel. Ella lo tenía en el medio del jardín, atrás. Yo dormía con la ventana abierta para mirarlo, y a veces entre las ramas que parecían trenzadas se veía la luna también. Las ramas brillaban. En las paredes había un poster de John Lennon que seguía en el mismo lugar, donde él lo había pegado, una foto de Mary Hopkin recortada de una revista, una postal en blanco y negro de la torre de Londres. Luis decía que quería una novia como Mary Hopkin. Todo eso se veía en la penumbra del cuarto. Yo a veces me quedaba viendo el techo de madera pintado de blanco y los estantes embutidos en la pared, sus libros y otras cosas que miraba sin tocar. Autitos, discos. Una foto de Luis con el Fitito. Miraba todo de a poco como me imaginaba que lo miraría él. Miraba por él. Para que él viera sus cosas con mis ojos. Para que no se olvidara de aquello que le gustaba. Yo quería crecer para parecerme a Mary Hopkin. Levanto la vista, el hombre está al otro lado del portón acodado con los brazos sobre las maderas, mirándome. Se ve que hace rato que está ahí sin decir nada. Sonríe. Sonrío. Le miro los ojos y sí, se parece un poco a Luis pero Luis lleva muerto tantos años. Me pregunta qué era lo que precisaba y titubeo sobre el árbol y no sé por qué le hablo de mi abuela y todo. Mientras, abre el portón y me invita a ver el árbol. Lo miramos. Es una araucaria, dice. Me pregunta si quiero tomar algo fresco. Hizo limonada con menta. Acomoda las sillas de plástico cerca de la mesa. Nos sentamos. Es un día caluroso.
Katy Herendi, 2024

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