viernes, 21 de octubre de 2022

Niña de aire, por Katy Herendi


Su mirada es líquida como una lluvia suave, o el rocío. Al principio me pareció que tenía los ojos celestes, pero era el cielo. En un bosque se vuelven verdes, todos los tonos de verdes, se funden en su mirada que siempre se está diluyendo. Sus ojos toman el color de lo que ella mira. Puede ser el pasto, una piedra o una mariposa. Al atardecer son rosados. Naranjas. Violetas. 

Cada día se vuelve un poco más transparente. ¿Es triste acá? La voz de la niña es un susurro que se confunde a veces con el sonido del aire entre las casuarinas, o con el canto perdido de pájaros que no alcanzamos a ver. Su mano busca la mía extendida, abierta para ella; siempre necesito sentirla de verdad, carnosa y tibia, como antes sería tibia; ahora no. Ahora sostengo su mano como sostengo un rayo de luna, sin poder sentirla. Mi mano se hace cuenco para la suya que sin reparos se acomoda dentro. Espero sus preguntas pero algo siempre la distrae. Sus ojos se asombran de las cosas que ya antes la habían asombrado una vez. Las hojas secas, una mariposa que pasa y se va, las piñas que explotan allá arriba, una telaraña a contraluz, las semillas que caen como hélices diminutas y se dispersan y se clavan en la tierra para sembrarse. 

Había enunciado únicamente aquella pregunta; frente a la cabaña que yo había alquilado por el fin de semana. El lugar que ella había elegido en el viejo mapa. La cabaña de madera añeja, robusta, construída en un claro rodeado de pinos, de casuarinas que cantaban con el viento, de liquidámbares rojizos apenas asomado el otoño. Lejos de todo. Intuyo que ella conoce este lugar. Que lo conoció. Caminamos sobre la hojarasca que cruje bajo mis pies; solo bajo los míos. Pienso en su pregunta. No sé qué responderle. ¿Habrá sido triste para ella este lugar? Respiro ruidosamente con el afán de que ella me imite, como un juego, pero la niña dice que estaría bien que yo coma algo, que me vaya a caminar. Me acerco a los troncos centenarios y perfumados donde ella está de pie viendo algo. Canta. No logro entender qué dice. Nunca responde mis preguntas. El sol filtrado entre las ramas forma rayas perfectas y delineadas, una parte del bosque se ilumina con un resplandor casi celestial. Las dos miramos ese instante. Nos dejamos deslumbrar por la belleza que irradia el bosque. ¿Puedo tocar la luz? No espera respuesta, va. Al contraluz ella desaparece. 

Un día sucederá; se va a esfumar y ya no la veré. Mientras tanto, juega. Simula que soy su madre. Sabe que no la conozco, y sabe que ella, ya hace mucho, es un fantasma.

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