jueves, 20 de octubre de 2022

Sobre recuerdos, por Katy Herendi

 Esta mañana tiene un olor cítrico. Hay olor a azahares, a budín de limón. A tostadas.  Salgo a caminar temprano hoy. El cielo está gris plomizo, parejo,  y en el contraste los árboles intensifican sus verdes. Hay un aire  tibio y dulzón, sin embargo, el viento que por momentos se levanta es fresco.   Los pájaros revolotean en bandadas el cielo de la mañana.  Hay oleadas que traen olor a leña cortada, a maderas húmedas, a troncos podridos. Un olor verde a resina.  Empieza a lloviznar.


Mientras tanto ayer leí Desarticulaciones, el libro de Sylvia Molloy.   La desarticulación de la memoria. Me dejó pensando algunas cosas.  Algunas tienen que ver con esa lectura, otras no.
Dónde quedan los recuerdos que compartimos con otro cuando ese otro todavía está pero ya no recuerda. O no nos recuerda. Qué solo se va quedando uno cuando no se pueden compartir recuerdos con alguien porque la mente de esa otra persona se va llenando como de agujeros, de agujeros negros que se van tragando la memoria. Qué enfermedad horrible la que se traga tus recuerdos, hasta que un día no sabés quién sos.

Pensaba que la memoria es como una casa o un cuarto que se comparte.  La memoria es esa casa. O un recuerdo es esa casa.   Mientras uno la habita,  se vive. Sucede. O sucedió. Incluso cuando uno ya es un recuerdo. Ahí adentro está todo y se está vivo. Cada pared tiene un punto de vista. Si cae una pared se cae una parte del recuerdo y se pierde parte de la historia. Primero está incompleta, quedan menos puntos de vista. Con el tiempo se perderán todas las partes, todos los que sostuvieron esa memoria y que hicieron de ese recuerdo un hecho verdadero.
Se desvirtúa primero porque está incompleta, finalmente se pierde en el agujero negro.
Es tan amplio el tema de la memoria, de los recuerdos compartidos. Compartidos. Esa es la palabra clave de estos recuerdos en los que yo estaba pensando hoy.

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