La Luna llena, llenísima, cargada de tanto polvo estelar que no da más, se posó, esponjosa y confianzuda, sobre el techo de la casa de al lado.
Se pone tan al borde… Estoy viendo que no sea cosa que se caiga. Qué desastre. Qué diría mañana la Nasa. Qué vergüenza. Se queda ahí un buen rato, quieta, resolviendo un equilibrio ingrávido. Fosforece. Encima eso, fosforece. Con todos sus cráteres y hendiduras. Para mí que se ya se dio cada golpazo… Gira. Apenas. Se va estirando con morosidad gatuna como si tuviera todo el tiempo por delante. Rueda, gira. Y rueda un poco más, y un poco más, hasta que creo que va a caer en el patio, pero no; se queda en el aire; flota en el charco quieto del cielo. Se suspende dispuesta a pasearse toda la noche como un globo enganchado, entre las telarañas de vapor que las estrellas tejen a su alrededor. Y al final se oculta despacio en el horizonte que forma el techo del otro vecino y lo único que queda es el resplandor. Después, nada.
Katy Herendi
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