Bajás del tren, puntual, como todos los días. Hola, hombre triste. Por qué ese gesto. Te ví un millón de veces, no me digas que no estás triste. No hagas así, no niegues con la cabeza como si esto que te digo fuese un mal pensamiento. No soy mosca para que me espantes con las manos Te conozco bastante, mirá si no: Bajás del tren, mirás a los dos costados ni bien pisás el andén, después el cielo. Enseguida hay una cara que te sale, una máscara que es la de preguntar: cómo es que llueve, cómo puede ser que te hagan eso a vos. Tenés esa fijación con el pronóstico. Pero la verdad es que te encanta que llueva. Vamos. A lo mejor porque en tu barrio las calles tienen adoquines, y ya sabemos que la lluvia sobre los adoquines es tan porteña, bien tanguera. Las luces de los faroles rebotan en ese barniz, el calor del suelo evapora levemente el agüita que la va mojando. Forma como un aliento que va envolviendo todo desde abajo. Se te escapa un tarareo, “ella aquieta mi herida, todo todo se olvida…” Te hacés el extrañado porque llueve; si viniste viendo la lluvia por la ventanilla desde que subiste al tren en Retiro. Además, ya sabés que en Buenos Aires últimamente llueve dos por tres. Ahora faroleás ese malhumor que no es creíble. No te queda. Lo que te queda muy bien es el pelo así, un poco mojado. Parece gomina. El paraguas se rehúsa a abrirse. Pucha. Le echás de reojo una mirada resignada al cielo gris que se alza sobre tus hombros y ponés a andar tus zapatos; las pisadas dibujan fugazmente el recorrido de tus huellas sobre los adoquines lustrosos, el agua te va salpicando un poco el borde del pantalón.
Y vas.
La única llave dentro de tus bolsillos cancherea con esas dos o tres moneditas que le ponen música al trayecto de tu andar cansino, tan agotado. En tu cabecita va sonando un susurro de bandoneones. Tan de Buenos Aires. El silbido de tus labios repite un compás todas las tardes, casi por su cuenta, casi sin que lo adviertas; y ni te importa que sea el mismo compás siempre, no te cansa, y capaz que hasta ni existe, pero no pensás en eso. Es lo que te sale solo. Tus zapatos te llevan hasta el bar de la esquina, y se te ocurre pensar: por qué los bares siempre son los de la esquina, y olvidada la pregunta entrás. Te sentás —a no ponerlo en duda—, en la mesa de siempre donde el mozo de siempre te trae el cafecito de siempre. La mirada se te licúa en la lluvia de la tarde que parece noche. Las manos te aflojan el nudo de la corbata. Mirás alrededor, saludás con un cabeceo a los parroquianos que solés encontrar y que no conocés. Hay un televisor encendido sin volumen. Hay olor a café. Un taco golpea una bola de billar, entra en la tronera. Mirás la lluvia. Un recuerdo se le escapa a la punta de tu dedo índice, de la mano diestra, porque forma un nombre en el vidrio empañado. Uno cualquiera; a veces los dedos son así. Y justo hoy que tu tristeza se vuelve tango, o fango, tus pensamientos ruedan y ruedan con una voz que es como un rumor. Lejano. No sabés qué.
Las líneas del vidrio pringoso, el nombre que tus dedos inventaron, se deforman en gotones lentos. No querés agregar más melancolía a tu noche temprana; pero la verdad es que ni una mujer inventada te dura, che: se te derrite. Se deshace a la vista de todos. El dorso de tu palma borra lo que queda en el vidrio como si fuese algo vergonzoso. Y es que sí te da vergüenza, mirá si el mozo se apiola de que se te da por escribir nombrecitos en el vidrio, andá… Suspirás en ese adiós nuevo.
No sabés qué hacer. Nadie te espera, nadie te extraña, nadie preguntará por vos.
La cuenta, mozo.
Afuera, en la vereda, el viento sacude el agua de lluvia del toldo y te moja la cara. Mientras tu pañuelo seca tu frente una mujer dobla en la esquina y pasa cerca de vos, muy cerquita, para evitar el cordón; apenas si te roza con su paraguas, pero se deshace en disculpas. Tus ojos recorren su cabello ondulado, la forma en la que sus mejillas se redondean cuando sonríe y se sigue excusando, las manos, la forma en la que sostiene el paraguas sobre la cabeza de los dos, innecesariamente, hay un toldo, pero lo mismo. Tus ojos la miran con intriga, qué linda es, antes de que lo pienses tu boca pregunta, ¿un café?, y para tu sorpresa, ella mira el suelo un momento y dice que sí, que te agradece, que tiene frío. Que tiene tiempo. Tu mano empuja la puerta del bar otra vez, y al mismo tiempo en el que ella pasa ungiéndote con su perfume, el mozo de siempre te guiña un ojo. En su cara se dibuja un gesto inesperado, algo parecido al de ese gol del último segundo. Trae dos cafés. Afuera diluvia. Y a vos te encanta que llueva así.
© Katy Herendi
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