Después de meses, dijo No. La oí con claridad en el silencio de la habitación. Fue como un chasquido, la tecla de una llave de luz que alguien enciende en algún lugar de la casa en medio de la noche. Una cosa apenas audible, pero que en el silencio y en la quietud es todo. En ese momento, yo miraba por la ventana, como de costumbre últimamente, para distraerme en algo mientras ella dormía. Otra vez intentaba ubicar la bendita calle que se veía al costado, desde el ángulo de la ventana, porque no terminaba de entender. Había hecho el recorrido mental mil veces para ubicar el edificio en la manzana. Cómo estaba ubicada. De la calle ahora se veía poco, por los árboles. Si pasaba un auto no se distinguía cuál, tal vez el color. El color sí. Con la llegada de la primavera, los fresnos se habían llenado de pájaros y de hojas; dos fresnos añosos y altísimos que impedían ver una casa que me encantaba. Veía pocos pájaros, pero el bullicio era incesante. ¿Eran fresnos o plátanos? La casa la había estado viendo parte del otoño, y el invierno entero. Ahora apenas. A mí me parecía que eran de 1940, por ahí. La fecha es arbitraria pero para decir que era así de vieja, y tenía el estilo de ese tipo de construcciones. Seguro era de antes de que mis padres llegaran al país. En Vicente López hay muchas así, todavía. Sólidas, de paredes anchas. Casas eternas. Con el piso del porche en damero y esas ventilaciones de hierro, bien bonitas, cuadradas, de fundición, típicas de la época, en la parte baja, cerca del piso. Si estaban esas tapas entonces, ya se podía deducir que habría un sótano, que el piso sería de madera, las pisadas sonarían huecas y los martes habría olor a cera. Ese tipo de casa, con malvones y alegrías del hogar. Y casi seguro que jazmines; de los que trepan y de los otros. De los otros, mi madre ponía pequeños recipientes con uno o dos jazmines por toda la casa, incluso en el baño. Otra época. Sólida, como eran las cosas antes. Las cosas, las casas. Las personas. Me imaginaba viviendo ahí, en esa casa que ahora la primavera me ocultaba. Cómo sería eso. Vivir así. Pasar las tardes con un libro en el porche, tomando té con scones tibios. A veces pensaba en voz alta, no muchas veces, pero sí de vez en cuando. Ella igual no prestaba atención.
Cómo se verá la vereda desde aquel porche, le preguntaba en esas veces y me imaginaba su respuesta, alguna respuesta cualquiera; y la lluvia, y una noche con estrellas, cómo se verán. Saludar a algún vecino. O al cartero. Ver el mundo con arabescos desde atrás de las rejas altas, trabajadas con todo ese arte. ¿Hay carteros para saludar todavía? Ya no hacen rejas así, le dije. Al jardín delantero le vendrían bien dos canteros llenos de plantas a los costados, dije. Un bebedero para los pájaros. Un jazmín para perfumar la Navidad, dije. Seguramente había uno ya. No sabía qué calle era. Quizás ya había pasado por ahí montones de veces, en todo este tiempo, y no me daba cuenta. Siempre me ganaba la tristeza a medida que me acercaba a la clínica. Todos los días. Llegaba con el susto de que me dieran una mala noticia, de encontrar la cama vacía de sábanas. Sobre todo vacía de ella. Y cuando al fin empujaba la puerta del cuarto, que siempre estaba entornada, la veía y sentía en el aire su aroma familiar. El mismo que había en su casa Y no era un perfume, era ella. Ella me miraba lo mismo que se mira a una mosca, a veces. Sin registro. Otras, se quedaba viendo cómo dejaba mis cosas sobre la silla, o colgaba mi campera en el placard. O le decía algo sobre el clima y le daba un beso. Ahí siempre hacía calor. Había veces que ella cerraba los ojos un momentito cuando le daba un beso y la miraba. Después sus ojos, enormes, muy abiertos, volvían al televisor. Había un mundial de fútbol ese año; siempre estaba sintonizado en un canal de deportes. Yo buscaba el canal de Disney, musicales, algo alegre, pero al otro día estaban los deportes. De repente, ella lloraba. Había muchos días así. Lloraba como una niña, abierta, con toda la cara. Eso me desesperaba porque ni sabía porqué, ni cómo calmarla. Le acariciaba la cara, la cabeza, los brazos, las manos. A veces masajeaba sus pies. Llorábamos las dos. Otros días no quería ni que la tocara ya desde que llegaba. Muchas veces estaba dormida o se dormía, y yo miraba por la ventana lo poquito que se alcanzaba a ver. Aquella casa bonita. Una parte. Me hacía acordar un poco a nuestra casa, la nuestra mucho más chiquita. La clínica tenía tantos recovecos y vueltas hasta llegar al ascensor, y después a la habitación, que me resultaba difícil orientarme con respecto a la calle. Había pensado muchas veces en pasar por el frente de esa casa, buscarla, era rodear la cuadra simplemente, pero era una de esas cosas que decidía hacer y que después, cuando me iba de la clínica, olvidaba por completo. Eso hacía mientras mi madre dormitaba, de a ratos, como solía hacer. Pensar. Al televisor, que siempre dejaban encendido, le bajaba el volumen así ella podía dormir sin ruidos. Las ventanas cerradas filtraban los sonidos de la calle. Los cuartos de las clínicas siempre parecen pertenecer a un mundo ajeno, como un invernadero, un búnker, algo aparte. En la habitación siempre hacía calor. Esa tarde me puse a destrabar una de las hojas de las ventanas para que corriera un poco de aire natural,a pesar del cartelito de “No abrir las ventanas”. Había un intenso perfume a flores en el aire, afuera, en la calle. Quería algo de eso en su cuarto. Finalmente logré abrir unos centímetros y enseguida una brisa tibia se deslizó y movió las cortinas blancas. Fue en ese silencio que ella dijo, No. Mi madre. Su voz. El sonido suave, por completo inesperado, apareció de pronto, como un pequeño fogonazo que quedó flotando perdido en la habitación, ahora un poco soleada, del segundo piso. El sonido nos tomó por sorpresa. A mi madre y a mí. Ella me miraba perpleja, como si la palabra hubiera brotado expulsada de su boca como un pequeño géiser. Me acerqué hasta la cabecera de la cama; le repetí, ¿No? Sentí que era un milagro. Que quizás se estaría recuperando, si no era una señal, algo bueno tenía que indicar. Había hablado. Dijo No. Busqué alrededor un testigo, a ver si alguien más había escuchado eso: una enfermera, un asistente, una kinesióloga, un camillero, una visita. Alguien. Me asomé a la puerta. Solía haber tanta gente dando vueltas siempre por ahí. Pero estábamos solas: mi madre, la señora de la cama de al lado, que también había sufrido un ACV, y que además en ese momento dormía, y yo. Hubiera querido compartir esa alegría repentina, sobre todo inesperada. Mi madre estaba con la vista en la pantalla del televisor, de nuevo. Me quedé mirándola. Esperaba que me devolviera la mirada, un gesto pequeño que tuviera el significado de que habíamos compartido un momento especial. No sé por qué recordé cuando hacía un par de semanas antes había aparecido en la ventana un gorrión. Se había acercado al vidrio, extasiado ante su propia imagen. Su cabecita ladeada se movía con interrupciones, movimientos marcados, como un robot. El pequeño pájaro se quedó un rato viendo su propio reflejo, a escasos centímetros de la cara de mi madre, tan cerquita. Ella ni lo miró. No pudo, no registró el hecho. Después el pájaro desapareció. La tristeza hizo una pelota en mi garganta; cuánto le hubiera gustado a ella darse cuenta. Pensé que eso no volvería a suceder. Lo mismo que lo de la palabra. Ese No, había sido un regalo. Una especie de yapa. Un remanente que salía a la luz.
Ella había dicho No, y ya había pasado el momento, pero la habitación fue distinta con el paso de su voz. Con la aparición de su tono resonando entre esas paredes, y en mí. Miré a mi madre, la quería grabar en mi cabeza, ese día de la voz: no con los cables, la sonda, el suero, las estampitas, nuestras fotos, ni ese tablero de luces, el olor inalterable a desinfectante, o comidas, el ruido del carrito que las lleva y las mantiene calientes, desde la cocina, y que nunca eran para ella. No con los ruidos de las puertas de los ascensores, no; no eso: ese instante preciso quería grabar, guardarme para siempre: la temperatura de la habitación, la tibieza de sus manos, la sorpresa en su mirada, la luz de la tarde, el sonido bajo y continuo de la tele, el olor de la primavera, mi madre. Mi madre, que después de seis largos meses había vuelto a tener voz, una vocecita, efímera, fugaz, pero que le pertenecía. Su propia voz. La voz que me era tan familiar, la voz de mi mamá. Ahora parecía una niña después de haber hecho una travesura sin querer; los ojos abiertos tan grandes. Mi madre. Quise creer que estaría haciendo un gran esfuerzo por coordinar cada uno de los músculos de la mitad de su cara para repetir eso diminuto. Ese sonido que había nacido en el nido de su boca como un pájaro. Pero no. Ella no hacía el esfuerzo. Miraba la tele sin registro de lo que acababa de pasar. Hacía meses que no escuchaba su voz. Tantos y tantos días. Su tono, la musicalidad que conocía desde siempre, concentrada en dos letras. No. Me dí cuenta de que perdía el registro de su voz. El sonido me había sorprendido como un recuerdo demasiado lejano. Una nota guardada en un libro de infancia, encontrada por casualidad. El aroma del arroz con leche y canela. La cascarita de limón. Algo así. Entonces, pensé que era probable que no volviera a escucharla. Y eso pasó, ya no volví a escucharla nunca más. Pero ella todavía estaba, ahí, con toda su tibieza. Con su mirada muchas veces esquiva. Sin ser del todo ella pero conteniendo lo que había sido. Lo bueno y lo otro. No la iba a escuchar más. En ese silencio recordé nuestras peleas, en cómo nos habíamos dicho atrocidades, con la misma voz de decir te hago un té, con las mismas voces de desearnos feliz navidad. Hubo un tendal de heridas sin cicatrizar en nuestra relación. Nuestras bocas estaban llenas de espinas. Lástima que nos queríamos tanto. Después salí a la calle y di la vuelta para buscar la ventana de la habitación donde ella estaba. Ahí nomás. Estaban los fresnos brotados con sus hojas nuevas y brillantes. Apenas se alcanzaba a ver un ángulo de la ventana del segundo piso. Había luz ahí, claro. Pensé que mi madre, si hubiese podido, se hubiera asomado para verme; su mano estaría agitándose para saludar, como antes, como cuando me iba de su departamento y me saludaba desde su balcón con plantas. La imaginé saludando y saludé también. Me di cuenta de que detrás de mí, en la vereda de enfrente, estaba esa casa vieja. Crucé a verla, como si nos conociéramos de antes. Había un jazmín. Una mesita en el porche. Le hubiera gustado la idea de tomar el té ahí. Seguramente. Hubiera bordado mantelitos. De pronto me vino a la memoria su voz. Su voz contándome un cuento o cantando en húngaro para que me durmiera; esas canciones tan tristes, casi susurradas en la oscuridad. Quizás recordando su tierra. Su voz se iba haciendo espaciada, apenas musitada. Las letras desaparecían reemplazadas por un sonido con la boca cerrada que seguía solo la música. Después tampoco la música. Solo silencio. Yo no decía nada porque me daba cuenta de que lloraba y no la quería molestar. Nos quedábamos calladas en la oscuridad. Sus lágrimas mojaban mi almohada. Empecé a imaginar, viendo aquel porche, cómo iba a ser el mundo sin ella.
©Katy Herendi
(noviembre,2014) (junio, 2022)
(*) “Pájaro pequeño, pájaro pequeño”, una vieja canción húngara.

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