Parecés un personaje de Jane Austen, dijo. Algo así.
La primera sorpresa no fue esa, sino que accediera a recibirnos. O que fuéramos a Argentores, con Gladys, una chica que estuvo solo un par de meses en el colegio, compañera de quinto año del comercial, creo que se llamaba Gladys, no recuerdo su apellido, y que pidiéramos su dirección. Como si tal cosa. Como si tuviéramos derecho a tenerla. En Argentores, nos preguntaron y explicamos. Era para un trabajo de literatura. Teníamos un cuestionario para un trabajo grupal de literatura. A otras chicas les había tocado Poldy Bird. Eran pocas preguntas. Se suponía que Gladys iba a llevar la cámara de fotos y un grabador, pero el padre no la dejó llevarse ni el grabador ni la cámara. Así que fuimos a comprar una libreta para anotar las respuestas. Llevábamos una carta del colegio también. El asunto es que ella accedió a recibirnos sin problemas. El hombre que la telefoneó ni siquiera le tuvo que dar las explicaciones que nosotros ya le habíamos dado a él. Dijo que sí, que estaba encantada y que nos esperaba en media hora. Era bastante cerca, fuimos caminando. La entrada del edificio era acorde a la avenida, señorial y de una elegancia sin estridencias. Planta baja. Nos abrió una señora y nos hizo pasar a esperar en unos silloncitos. Gladys se sentó en un silloncito individual, yo en el otro, para dos personas. Lamenté no tener la cámara, pero de todos modos creo que sin permiso no me hubiera atrevido a sacar fotos. Había fotografías en las paredes. Beatriz Guido apareció con un vestido de terciopelo verde oscuro. Con un collarcito de perlas. Por un momento no pude decir nada. Ni siquiera la saludé. Ella se sentó. Sonrió. Creo que todo mi ser luchaba por decir alguna cosa. Me miró y dijo eso. Parecés un personaje de Jane Austen. Ni Gladys ni yo decíamos nada. Deseé que el sillón me fuera tragando lentamente hasta desaparecer, sin embargo, ella dijo que también era tímida, que no me preocupara y eso fue como un bálsamo. Tomó la lista de preguntas de la mesa ratona y nos respondió todo y más. Tomamos el té juntas, firmó los dos libros que yo había llevado: Fin de fiesta y La casa del ángel, y cuando ya nos íbamos, de una pasada fugaz, abrió una puerta y dijo, ¿Babsy? Él no respondió, pero levantó una mano a modo de saludo. Gladys y yo nos miramos sin poder creer que habíamos visto a Leopoldo Torre Nilson. Y nos fuimos.
Por supuesto que fue la única vez. A veces lo recuerdo con la nostalgia de no haber abrazado esa experiencia, con la pena de no haber sido totalmente consciente de lo que estaba viviendo. Éramos chicas, ya lo sé.
Gladys se llevó los libros para leerlos y nunca los devolvió. Mi mamá se enojó. Sobre todo por la dedicatoria.
Leopoldo Torre Nilson murió pocos meses después. Sentí pena por Beatriz Guido, la imaginé en su departamento, sentada en el sillón que conocí, en ese pedacito de su casa. Triste. Cariñosa, elegante y muy amable.
Katy Herendi
13 de diciembre de 2022
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