lunes, 4 de noviembre de 2024

Reflejo

 En mi casa no había espejos, salvo el del botiquín del baño. Un espejo en el centro un poco más grande que los dos angostos de los costados. Los tres espejos eran puertas en donde las mañanas de mi padre comenzaban. 

En el resto de la casa no había espejos. No sabía cómo me quedaba la ropa, el uniforme de la escuela, el vestido para esa fiesta de 15, o el anorak que por fin me compró mi madre. 

Mi madre era quien decía cómo me quedaban las cosas; aburrida, con el acápite acostumbrado, Justo ahora que estoy ocupada. 

Seria, distante, sin adjetivos. Así estaba ella después, cuando mi papá se nos murió.  

Pensaba que un día sus exclamaciones de admiración aparecerían de improviso, repentinas como las mariposas en primavera o las golosinas de las piñatas y que su algarabía nueva se nos pegaría a la ropa y al pelo, lentejuelas plateadas y serpentinas alucinadas. 

Yo pensaba.

Esperaba. 

Pero me dejaba sola sin espejos sin verme reflejada en ninguna parte preguntándome cómo era que otra vez la había defraudado. 

Todavía hoy cuando veo mi reflejo en cualquier espejo, o alguna vidriera se pone en mi camino a devolverme mi imagen, me pregunto si está bien que esa sea yo. Si hay algo que no estoy viendo bien, si hay algo que no entiendo. Me da vergüenza verme, no logro reconocer a esa persona en el reflejo. No sé quién es y le pregunto. Pero el reflejo está ocupado en reflejar otras cosas y hace de cuenta que no me escucha. 


Katy Herendi, 2024

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(Foto web)

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